Nueva constitución, del dicho al hecho

Un 28 de enero de 1919, el sociólogo alemán Max Weber se dirigía a la Libre Unión de los estudiantes en Berlín, dictando la conferencia ‘Politik als Beruf’, un texto clave para cualquiera que busque entender la política y también para quienes quieren dedicarse a esta de forma seria. Ahí les dijo a los naturalmente impetuosos jóvenes de esa época que ‘La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura’. Casi como un triste vaticinio de lo que se vendría después, Weber advertía que la política regida por la pura pasión desbordada termina convertida en burdo fanatismo.

Al igual que en tiempos de Weber, son momentos difíciles para la política y la mesura. Predominan la demagogia, el simplismo, el maximalismo y la inmediatez en función de las redes sociales. Las distancias temporales y físicas que favorecen la reflexión, la deliberación y el diálogo, han sido reemplazadas por el postureo ético, el moralismo extremo y exigencias inmediatas como las pataletas de quien pide su cuarto de libra aquí y ahora. Eso alimenta a narcisos que ven en la política una forma de figurar a punta de cancelar y oficiar de santos patronos de la moral revolucionaria. Es posible que si esas pasiones desbordadas predominan durante las discusiones constitucionales, bordeando (mejor dicho amenazando) la convención como pretenden los comunistas, la nueva carta fundamental termine generando nuevas decepciones. Porque nadie se satisface a punta a atracones de hamburguesa. En el papel se pueden incluir todos los deseos, sueños, derechos e incluso los caprichos más nefastos de parte de ciertos grupos, pero eso no resuelve mágicamente muchos de los asuntos que tenemos pendientes como país en desarrollo.

En Chile podríamos escribir la mejor constitución del mundo y sin embargo, mantener problemas como la desafección, el clientelismo, la política pendenciera, la desconfianza institucional y la crisis de autoridad que afecta todos los niveles. Quizás porque, como decía el gran Norberto Bobbio en un artículo publicado en 1978 en el contexto del trigésimo aniversario de la constitución italiana, titulado La constitución no tiene la culpa, las reglas del fútbol no hacen buenos a los malos jugadores. Esto lo decía el jurista italiano a propósito del afán de culpar a la constitución italiana de todos los males, una práctica que se ha hecho común en Chile en los últimos años, incluso de parte de quienes ni siquiera han leído un artículo de la constitución chilena.

En un libro recién publicado y que todo aspirante a constituyente debería leer por responsabilidad, La hora de la re-constitución, el profesor de Derecho Constitucional

Sebastián Soto, hace una advertencia similar al indicar que el marco constitucional no necesariamente resuelve todos los asuntos que nos aquejan como sociedad. La desconfianza, la banalización de la actividad política, la crisis de los partidos, e incluso la laxitud frente a las normas o la demagogia, no desaparecen bajo una nueva constitución, sino que dependen de la cultura política que se promueva. Una mesurada como aconsejaba Weber para hacer buena política o una basada en burdas pasiones desbordadas como las que permitieron el auge de un desquiciado como Hitler.

En su libro Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional, Luigi Ferrajoli ha advertido, siguiendo a Montesquieu, acerca del riesgo que implican los poderes sin contrapesos para las democracias. El riesgo proviene, dice Ferrajoli, desde arriba por parte de los representantes y desde abajo por parte de los representados, que de alguna manera buscan liberarse de límites y contrapesos, ya sea como tribunos del pueblo, los demagogos por excelencia, o como masa anómica que, como una masa de borregos, se somete a un caudillo sin asumir ninguna responsabilidad. Es decir, que se convierten en poderes salvajes pasando a llevar todo marco.

El cambio constitucional no debe ser visto como una liberación del deseo de las masas. Con ello se corre el riesgo de olvidar las propias limitaciones de las normas y las reglas en relación con nuestras expectativas. Es decir, la democracia puede degenerar en una pleonocracia, ‘una suerte de autocracia mayoritaria’ como advierte Michelangelo Bovero. Podríamos llenarnos de derechos sociales escritos en el papel, sin que por eso mejore la calidad de vida de miles de ciudadanos en la realidad. No considerar esto conlleva el riesgo de caer en los peores maximalismos. Y con ello, en las peores frustraciones de todo tipo. Y todo bajo el mando de populistas y demagogos de todo pelaje.

Siguiendo a Bobbio surge la pregunta ¿Tendremos buenos jugadores para el partido que se aproxima? ¿Tendrán el temple necesario para actuar con pasión pero más importante aún con responsabilidad?

La duda es razonable si miramos los modos en que, en los últimos años, se ha hecho política. Porque como decía Weber: ‘Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un ‘sin embargo’; sólo un hombre de esta forma construido tiene ‘vocación’ para la política’.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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