Nuestros rectores y diputados

Aparecieron nuestros rectores, quijotes de la gratuidad, que siempre hicieron caso omiso a los principales argumentos contra ella: no financiar a jóvenes ricos y educados, porque era mejor hacerlo con niños pobres y poco estimulados. Y lo otro: la plata no era infinita y se iba a tener que controlar la obvia explosión del gasto. ¿Cómo? Controlando la cantidad de estudiantes para ingenieros, agricultores y filósofos. Pero, ¿alguien sabe o siquiera es posible saber—, cuántos diseñadores de hologramas “necesita”, o “quiere”, Chile? Otra manera de controlar el gasto era fijando precios, política siempre desastrosa por buena onda que parezca. Todo esto, además, era una manera oculta de controlar la educación —cuando la calidad y el acceso para quienes lo necesitaban eran lo único que debió haber importado—. Les dio lo mismo. Todo bien, pero no pueden reclamar ahora: Victor Pérez, en su calidad de exrector de nuestra Universidad de Chile, lleva como dos o tres años reclamando por el abandono de los niños en desmedro de la gratuidad universitaria. Admirable. Y ahora aparece el rector Ennio Vivaldi descubriendo América: la fijación de aranceles está controlando y desfinanciando su universidad —y a todas las adscritas a la gratuidad—. Echo de menos a Juan Manuel Zolezzi, rector de la USACh y entusiasta partícipe de las marchas, hoy jefe del vicedecano que afirma que unos simples errores de diagramación en los diarios serían mensajes cifrados para inversionistas. Esperemos que los historiadores ubiquen a nuestros rectores a la altura de nuestro Parlamento, que sigue sin conversar, con políticas demagógicas y en un festival de acusaciones constitucionales faranduleras.

La primera vez que entré a un set de radio venía llegando de estudios en Inglaterra. Era la radio Agricultura y ahí estaba Guillermo Larraín, exsuperintendente de AFP, exsuperintendente de Valores y Seguros, expresidente del BancoEstado y exgerente de estudios del banco BBVA, pero también coautor de “El otro modelo” con Fernando Atria, el organillero de las pensiones. Larraín, con una simpatía pintoresca, decía que en Inglaterra las universidades eran gratis. Yo no entendía mucho a qué se refería, me sentía medio ajeno en un set, un lugar más artesanal que lo que se imagina cualquier mortal. Siguió con la matraca hasta que tuve que decir que eso era falso. Replicó con largas alocuciones, eso es así recién ahora no más, cambió después de las crisis subprime (estábamos en 2016). Falso también. Las universidades en Inglaterra habían empezado a cobrar en 1998, luego de un largo proceso de desfinanciamiento —lo mismo que reclama Vivaldi— y porque estaban perdiendo calidad y equidad. Hoy cobran, focalizan equitativamente y tienen las mejores universidades del mundo. Aunque igual ya aparecieron unos misericordiosos que quieren volver a la gratuidad.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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