Notable panorámica del castrismo

Si alguien desea conocer los orígenes y las etapas del castrismo, debe leer la excelente “Historia mínima de la Revolución cubana”, del destacado historiador exiliado cubano Rafael Rojas. La obra, de reciente aparición, entrega una visión sintética, documentada y equilibrada del proceso, y es difícil hallar otra que cumpla esa tarea tan ambiciosa en menos de 150 páginas. Ágil, bien escrito y sólido, el libro es un must para quien planee visitar la mayor de las Antillas.

El acierto de Rojas consiste en que no escribe “contra” la dictadura comunista ni agobia con exceso de información erudita, y deja que la historia transcurra ante nuestros ojos. Y así vamos desde los jóvenes rebeldes -Fidel, Raúl, Che, Cienfuegos, Echeverria, Frank País, el heterodoxo movimiento estudiantil antibatistiano- hasta la lamentable realidad económica y política de la Cuba de hoy. Rojas muestra cómo Fidel Castro, que se rebela contra la dictadura de Fulgencio Batista cuando ésta cumplía tres años (duró siete), conquista el poder e instala otra dictadura, una que lleva 57 años.

Una de las fortalezas del libro radica en que expone mediante datos y documentos la diversidad ideológica, social y política de los antibatistianos, entre los cuales los comunistas eran minoría ínfima. Muestra además cómo Fidel, aliándose con los comunistas históricos (Fidel no era comunista cuando toma el poder) y valiéndose del nuevo ejército, el espionaje y la represión del gobierno revolucionario, termina por monopolizar todo el poder y reducir a la vasta alianza antibatistiana en un nuevo partido comunista, que él controla.

Se trata de un proceso sorprendente por su eficacia: gracias a la cooperación del pequeño pero bien organizado partido comunista histórico y la diplomacia de la Unión Soviética, Castro se adueña del poder, reprime, fusila, encarcela y exilia a 200 mil cubanos (hoy el exilio supera el millón), y nacionaliza en los primeros 18 meses de gobierno prácticamente toda la economía nacional.

Rojas divide la revolución cubana en varias etapas, y ubica el fin de ésta en 1975, cuando se celebra el primer congreso del partido comunista. Hasta entonces Castro no sólo no celebraba elecciones ni de partido único, sino que tampoco consultaba al partido comunista, que supuestamente “conducía” la revolución. A juicio de Rojas, la revolución muere cuando se inicia la etapa de la “institucionalización” y de la identificación con la Unión Soviética. Cuba ingresa en esos años al mercado común comunista como suministrador de azúcar y níquel, y pasa a integrar la órbita soviética.

Hay dos aspectos esenciales en esa primera etapa, según Rojas: las tensiones entre Ernesto Guevara y el campo socialista, por un lado, y la libertad que le deja Moscú a Castro para que intervenga en la política interna de los países latinoamericanos, por otro.

En efecto, en los sesenta el Che discrepa de la Unión Soviética y sus satélites porque estima que el empleo de los estímulos materiales en la producción estatal no ayuda a crear al “hombre nuevo”. El Che, moralista extremo, estimaba que debía premiarse a las personas sólo mediante estímulos morales (en el fondo, hacerlas trabajar para el estado con salarios mínimos, sin pagar horas extras ni rendimientos por sobre la norma) para convertirlas en seres humanos “nuevos”, “revolucionarios”, “conscientes”, lo demás eran “deformaciones capitalistas”.

Rojas muestra también cómo Moscú le deja la mano libre a Castro para instigar, formar y apoyar la lucha armada en el continente, ejemplo de esto en Chile lo representan el MIR y el Frente Manuel Rodríguez, adiestrados y financiados en gran medida por La Habana. Aunque esa política militar no coincidía con la estrategia de la Unión Soviética, interesada en los setenta en la convivencia pacífica con Occidente, Moscú tolera la injerencia cubana como una concesión a Castro.

En este sentido, Rojas nos recuerda algo esencial y poco conocido: la cooperación económica entre la dictadura cubana y la dictadura argentina de Videla. Las evidencias son claras: mientras desaparecían miles de argentinos, Cuba intensificó su comercio con Argentina y jamás condenó a su dictadura en foros internacionales. Tampoco lo hizo la Unión Soviética, que mantuvo excelentes nexos con los dictadores argentinos. La Habana y Moscú atacaron, sin embargo, a la dictadura chilena y Cuba respaldó y financió acciones para derrocarla.

El historiador cubano sostiene que si la revolución cubana terminó en 1976, “en los últimos tres años, el orden socialista, creado por el cambio revolucionario, comienza a ser removido”. Dice que Raúl Castro aceptó que es hora de hacer cambios en una sociedad cada vez más heterogénea y  globalizada, pero apunta que excluyó de los cambios “el régimen político de partido único, la ideología de Estado y el control gubernamental de la sociedad civil y la esfera pública”. Sí es un hecho que la dictadura castrista está cambiando de aspecto y cambiará aun más a partir de 2018, cuando el menor de los Castro abdique del poder, como lo anunció.

Historia Mínima de la Revolución Cubana es un libro imprescindible para entender en forma sucinta la génesis del castrismo, su consolidación y gradual derrumbe, para visualizar esa tragedia que los cubanos soportan ya casi durante seis decenios.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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