Noches largas y mañanas tristes

Así reflexionaba el gran entrenador argentino Carlos Salvador Bilardo cuando veía esas caras largas y trasnochadas, de miradas lívidas e inertes en sus jugadores, antes de empezar un entrenamiento después de una noche de desenfreno.

El ambiente al interior de La Moneda debe ser parecido. Con una gran diferencia: la farra se la pegaron otros y la resaca y el entrenamiento lo van a tener que enfrentar los que llegaron.

La “lesera” en que nos metió el programa tuvo el destino de toda mala farra. Mirarse al espejo en la mañana, reconocer la cara de adefesio, lavarse bien y salir a trabajar, tratando de que no se note mucho el carrete.

Los primeros arribaron con cara de juerga, brindando arriba de una retroexcavadora, blandiendo en ristre el programa. Era como ese comercial de una tarjeta de crédito que tenía superpoderes para aplacar cualquier reclamo. Si la suegra alegaba por la tele, paff!!!: tarjetazo; si el hijo pedía bicicleta, paff!!: otro tarjetazo. Y así con el programa se aplacaba todo intento de reclamo. Si a usted le parecía mal hecha la reforma tributaria, paff: “programazo”, como quien le pega con el diario a un perro. Pero como toda farra, el tiempo transcurre inexorable, empieza a amanecer, el maquillaje se desvanece, el copete empieza a saber mal, la belleza de las bailarinas es opacada por el hedor a alcohol y la luz matinal desnuda nuestra naturaleza imperfecta.

Ahí es cuando llega la dueña de casa; la gente del aseo y uno que otro apoderado que viene a buscar a sus querubines que desfallecieron en un coma etílico. Llegó la Caballería tocando la corneta. Lo mismo ha pasado en La Moneda. Burgos y Valdés han tomado la conducción de la retro para echarle tierra al programa. Cuales tramoyeros incansables, tienen que limpiar el desastre que la diletancia e irresponsabilidad de sus predecesores les dejaron. Los ternos de Atilio, al hoyo de la retro; los amigotes en buenas pegas estatales, a ganarse la vida al sector privado; la reforma tributaria a revisión para simplificarla y arreglarla.

La educación “gratuita y de calidad” en todos los niveles se transformó en un “presente griego” o “a la griega”, pero sin alemanes que la financien. Ahora hay que ver cómo abandonar esa idílica utopía, imposible de implementar, porque no se puede financiar, y no hay ninguna seguridad de que el Estado pueda administrar y generar calidad como pretende.

La idea de los derechos sociales que nacen de nuestra calidad de ciudadanos está muriendo en el altar de las libertades personales y el sentido común. Son derechos que posan de progresistas, pero son retrógrados y antilibertarios. Los derechos sociales suponen exigir y obligar a que los demás financien nuestras preferencias y necesidades, y eso limita con los derechos personales; la libertad y el patrimonio del prójimo.

Las inexorables leyes de la economía terminan por desnudar cualquier utopía. Debilitar el derecho de propiedad hace arrancar la inversión; comprometer gastos futuros apostando a los ingresos futuros que no se dan genera un déficit que hay que financiar; si no, lo terminan pagando los pobres, con inflación y desempleo. Todo lo hemos visto y vivido en nuestra historia; en países vecinos y ahora, paradójicamente en Grecia, la cuna de la democracia.

Así, de a poco va quedando desterrada la idea de que a los chilenos les puede ir bien aunque al país le vaya mal. Sin crecimiento para todos nos hay prosperidad para todos; a lo más habrá mejora para algunos a costa del empeoramiento de otros. Si no se recapacita a tiempo, seremos protagonistas de la lucha para repartirse “lo que hay o lo que va quedando”, porque sin inversión, la torta se empieza a achicar y comienza el juego de suma cero que tanto daño le ha acarreado a Latinoamérica.

La “lesera” en que nos metió el programa tuvo el destino de toda mala farra. Mirarse al espejo en la mañana, reconocer la cara de adefesio, lavarse bien y salir a trabajar, tratando de que no se note mucho el carrete.

Y así, como decía Serrat, “se acabó la fiesta”, y finalmente la retroexcavadora se está usando para enterrar el programa y, ojalá, algunas de las muchas malas políticas públicas que le daban sustancia.

Por Gerardo Varela

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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