No necesitamos un Bukele

Sospecho profundamente de los analistas internacionales y mi suspicacia se refuerza cada vez que los leo, veo o escucho. Sean extranjeros opinando sobre Chile o chilenos opinando sobre otro país, sus observaciones son tan básicas que se pueden resumir en la construcción de héroes o villanos: «Emmanuel Macron, bueno/ Ron de Santis, malo». Pura farándula política, con perdón de la prensa rosa, la cual, muchas veces es capaz de entrar en más honduras que la prensa internacional. 

De seguro la mediocridad de los análisis se deben a la imposibilidad de la empresa y no a defectos personales de quienes rara vez la emprenden correctamente. Si con suerte somos capaces de opinar sobre la política de nuestro país, es muy difícil hacer lo propio con otro si no leemos a diario su prensa más importante o escuchamos a sus líderes de opinión más relevantes. Quien no sea capaz de hacer eso, la verdad es que no está comentando la realidad política de un país, solo se está refiriendo a un espejismo construido por los intereses y los prejuicios de otros. Dado que el tiempo es escaso, es imposible que una persona sea capaz de seguir con mediana profundidad el acontecer político de más de tres países. Por eso sorprende que algunos un día hablen de las presidenciales en Brasil y al otro día hagan lo propio con las elecciones de medio término en Estados Unidos. O son superdotados o son unos embusteros. 

Por esta razón, soy muy escéptico de todos los análisis que se han hecho en torno de la figura del presidente de El Salvador, Nayib Bukele. Quienes escriben sobre el país centroamericano: ¿conocen la realidad política de El Salvador? ¿Leen a diario El Mundo o La Prensa Gráfica? ¿Podrían decir sin repetir ni equivocarse quiénes fueron sus últimos cinco presidentes? ¿Sabrán cuáles son los partidos políticos más importantes del país? Lo dudo. No estoy pidiendo mucho, para conocer un país a cabalidad es necesario no solo dominar su política, sino también su historia y su cultura: leer a sus autores más notables, estar al día con las informaciones de la liga de fútbol, etc. En suma, podríamos decir respecto de El Salvador que no basta con conocer a Jorge «el mágico» González o haber leído algo de Roque Dalton para hablar con propiedad. 

Con todo, si bien es dudoso que podamos analizar a Nayib Bukele en realidad desde tan lejos y con tan pocos medios sí podemos hacerlo con el arquetipo que se ha construido en torno a su figura y, así, considero que se puede realizar un ejercicio de comprensión más interesante. Por esto, esta columna se llama «No necesitamos un Bukele» y no “No necesitamos a Bukele».  

En virtud de lo que se nos presenta en las redes sociales y en la prensa, el Bukele arquetípico representaría a un político capaz de combatir efectivamente a la delincuencia y al crimen organizado, pero con un débil compromiso con las instituciones de su país. Es un modelo que nos lleva a un dilema que nos obligaría a elegir entre la democracia o la seguridad. 

Se trata de un falso dilema, dado que la democracia liberal cuenta con todas las herramientas para combatir de modo eficiente la delincuencia y el crimen. Si existe un problema, este estaría en sus líderes que no están dispuestos a obrar con justicia en contra de los criminales, lo cual, no es otra cosa que abusar del poder político por omisión. 

También es falso el dilema que nos plantea la última encuesta Criteria, en virtud de la cual un 68% de los encuestados —y el 71% de las mujeres— eligió la seguridad como un valor más importante que la libertad. No solo se trata de un falso dilema, dado que la seguridad es una condición necesaria para la construcción de una sociedad libre si entendemos por seguridad el efectivo cumplimiento de la ley en contra de sus infractores. 

«A la hora de hacer valer el imperio de la ley, no deberíamos buscar un salvador —y salvadoreño, como en este caso—. Basta con ser exigentes con nuestras autoridades que elegimos periódicamente».

En esta línea, Hayek señala que no es la libertad a secas la que es capaz de beneficiar los esfuerzos individuales «sino las instituciones desarrolladas para asegurar «vida, libertad y prosperidad”». Si bien la defensa de la «rillantez la tradición liberal clásica, forma parte del sentido común universal. Pocos han manifestado mejor la relación causal entre ley y libertad como el padre de la patria de Colombia, Francisco de Paula Santander y su célebre frase: «colombianos, las armas os han dado la independencia, pero solo las leyes os darán la libertad». 

Por esto, a la hora de hacer valer el imperio de la ley, no deberíamos buscar un salvador —y salvadoreño, como en este caso—. Basta con ser exigentes con nuestras autoridades que elegimos periódicamente. Ni siquiera necesitamos políticos «con pantalones» y «mano dura», urgen políticos medianamente responsables que sean capaces de cumplir y hacer cumplir las leyes. Nuestro déficit no es de autoridad, es de autoridades. 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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