Negro sobre blanco

Ante “la hoja en blanco”, además de los límites establecidos en el artículo 135 de la Constitución, algunos autores han añadido a la historia constitucional chilena; el derecho comparado y la opinión de los expertos con el fin de distinguir la hoja en blanco de un proceso construido “de la nada”. Esta distinción me parece absurda, básicamente porque “de la nada, nada se hace” —ex nihilo nihil facit—, por lo que debemos concluir que la hoja en blanco se distingue de la nada por una cuestión ontológica y no por un espíritu republicano que nos invite a confiar en el éxito del proceso constituyente. En palabras de Agustín Squella:

«Una nueva Constitución partiría de una página en blanco desde una perspectiva que nadie tendría por qué temer, puesto que lo que se quiere decir es que quienes la escriban no estarán vinculados al texto de la actual Constitución ni a ninguno de las que hemos tenido antes. Es por eso que se trataría de una “nueva” Constitución, lo cual no significa que vaya a ser estudiada y escrita desde cero. El “cero” no puede existir en un país que cuenta con más de 200 años de vida independiente y que tiene a sus espaldas una historia constitucional, o sea, una completa biografía a la que atender y de la cual hacerse cargo, de manera que antiguas Constituciones, incluida la actual, como también cartas fundamentales de otros países, van a estar sobre la mesa de trabajo de la comisión constituyente, lo mismo que textos de especialistas, el proyecto del gobierno anterior y las propuestas de reformas que anuncian ahora algunos partidarios del Rechazo».

Nótese el título de la columna: “¿Por qué tanto temor?”, con él, Agustín Squella nos quiere persuadir de que nuestras aprensiones ante el proceso constituyente son pura ignorancia. Como si no nos bastara con la ingenuidad que reina en la derecha y los autogoles que nos metemos de puro pánfilos que somos, ahora no solo nos tenemos que hacer cargo de los argumentos del contrario, sino también de las caricaturas con la que nos describen: somos temerosos, ventajeros de las reglas institucionales, frenos del progreso que nos traerá la izquierda, etc. Pura mitología sectaria de la izquierda. Con todo, más allá de la caricatura, ¿tendrá razón don Agustín al decir que este temor es pura ignorancia?

La historia constitucional de Chile es una razón poderosa —aunque no la única— que debe estar presente en el proceso constituyente; en sus sesiones debemos ser testigos de cómo el nuevo texto dialogará con los anteriores. La tradición constitucional de nuestro país, será especialmente útil a la hora de la redacción de la Nueva Constitución para: (1) defender la permanencia de instituciones que han demostrado sobradamente su pertenencia a la Constitución histórica de nuestro país; (2) conservar aquellas disposiciones que han resultado ser exitosas —“si funciona, no lo arregle”— y (3) aplacar el adanismo de los convencionales mostrando los fracasos que hemos padecido a lo largo de nuestra trayectoria por el burdo culto a la novedad —paradójicamente, el adanismo no tiene nada de nuevo—.

Para esto y muchas cosas más nuestra historia constitucional será vital en el proceso constituyente, pero no sirve como un argumento comodín destinado a aquietar artificialmente la incertidumbre que genera este proceso: “Todo va a salir bien, tenemos historia”. Ciertamente, tenemos una tradición, pero eso no garantiza que nos valdremos de ella correctamente. La historia servirá solo si somos capaces de aprender de ella. Tan milenario como el constitucionalismo es la ingeniería y los edificios se siguen cayendo y los países siguen fracasando. Estamos frente a un escenario donde lo único que sostiene el proceso es la voluntad de los convencionales y los pocos límites con los cuales la Constitución le derivó el poder constituyente, de ellos dependerá el éxito o el fracaso en la redacción de una nueva Constitución y pensar que esto “no es” así porque “no debería” ser así, es solamente un autoengaño, tal como lo señala el profesor Alfredo Jocelyn-Holt:

«Saint-Just, el “Arcángel del Terror”, minutos antes de ser guillotinado junto a su socio Robespierre, apunta a la Constitución de 1793, de la cual era su condenado autor. ¡Qué ironía! Cuando estamos ante escenarios así, todo es posible, nada es sagrado, qué cuento con la tradición y sabiduría acumuladas. En el fondo, hágase la idea, el borrón y cuenta nueva puede perfectamente imponerse, y si no le gusta, peor para usted».

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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