Mulas

No sé de dónde viene el chilenismo «mula» pero lo usábamos harto como adolescentes. Con unos amigos, influenciados quizás por los adoctrinamientos hispano-católicos, armamos una «Inquisición» para reírnos de «los mulas». Nos reíamos del que de repente se disfrazaba de artista; del adicto al Nintendo que empezaba con alabar paseos en la naturaleza; del que vagaba con libros en la mano o experto en poesía que no conocía a Vallejo, y así.  La burla no era sobre la ignorancia —doy el aviso, para que no se enojen los jesuíticos—, sino que sobre los alardes. Alardear bondad hacia afuera y abusar de niños por dentro. Hasta apodamos «Le mule» a uno por su alarde del francés, de la cantante de Stereolab y de los sintetizadores, pero nada. En fin. Una canción de esa adolescencia tardía decía, «cuando hablo, pienso antes, hay que hacerse responsable».  

De ahí el cortocircuito por el alarde que ha hecho el gobierno de su política turquesa, esa preocupada de océanos y tierra. Si esto fuese así, si hubiese sido genuina esa preocupación por nuestros mares, cuando el presidente tenía una reunión sobre el tratado internacional más transcendental del mundo sobre los océanos, lo mínimo habría sido averiguar qué países lo habían firmado. Más aún, y el más mínimo de los mínimos, era preguntarse si estaba ahí la firma del país más importante del mundo. Quizás lo asesoraron mal —yo, la verdad, le creo más a un astrólogo que a un «experto internacional»—, pero daba al menos para preguntárselo uno mismo y no hacer ese alarde antimperialista propio del más decadente gobernante latinoamericano —ojo que ya partimos con nuestras «Mañaneras» y «Aló, Presiente»: «Vocería en vivo»—.  

También se autoproclamaron feministas pero se negaron a eliminar el puesto de Primera Dama y ahora nos sorprenden con renombrarlo con el nombre propio de «Irina Karamanos».

También se autoproclamaron feministas pero se negaron a eliminar el puesto de Primera Dama y ahora nos sorprenden con renombrarlo con el nombre propio de «Irina Karamanos». Personifican el poder y, además, le dan funciones que nadie le ha mandatado sino solo el estar enamorada. No voy a seguir dando nombres de autócratas de moda. Y bueno, seguimos: de un día para otro alargan las vacaciones de invierno olvidado por completo a las mujeres. Si hubiese sido genuino ese feminismo, esa —pésima— política se habría aplicado con políticas laterales que los hubiese mostrado conscientes de lo que hacían, pero nada.  

¿Y esa «humildad» del presidente de la que tanto se hace alarde? La expuso, generoso, cuando dijo que no sería tan «arrogante de …hacer un juicio categórico respecto de procesos tan complejos» como ¡el de Venezuela y Nicaragua! Es el viejo truco de no opinar por parecer soberbio, ¿o con defecto de carácter? Daniel Loewe lo comparó con una pobre reacción de Hans Castorp, pero, nuestro “presidente lector”, quizás solo conoce de Davos a través de sus lecturas de conspiranoides como Baradit, Mayol o Atria. Puro alarde. Unos mulas. Simple hambre de poder, en un político, todo bien, pero sus votantes, fúmense un pucho. 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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