Matando al mensajero

Ninguno de nosotros podría tener al vocero de gobierno anunciando que defenderemos nuestra honra.

Caval se hizo insoportable para la ciudadanía. Tan insufrible se volvió, que terminó por romper los límites entre la investidura presidencial y la persona detrás del cargo. Michelle Bachelet perdió la compostura dignataria que mantuvo, frente a cada nueva revelación del caso, que afectaba directamente a su hijo y nuera.

Más por arrebato que por otra cosa, a la vieja usanza monárquica, ha decidido intentar matar al mensajero que trae las malas noticias. Vieja tradición que se ha civilizado un poco, pero que mantiene su raíz esencial: los que gobiernan jamás aceptan nada que los pueda mostrar en su imperfecta humanidad. Solo les gusta escuchar cosas buenas de ellos, que los halagan y los divinizan.

La querella contra una revista, por filtrar los dichos telefónicos de un encausado en el caso Caval, no es el simple ejercicio del derecho a defender la honra, sino que es expresión clara del poder puro y duro que se esconde tras la investidura presidencial.

Porque ninguno de nosotros, sujetos comunes y corrientes, podría tener al vocero de gobierno anunciando, a todos los medios, que defenderemos nuestra honra en tribunales frente a la eventual blasfemia de un sujeto, incontinente verbal o brutalmente honesto. Solo un gobernante, un rey o reina, tiene ese privilegio al filo del abuso y el capricho, de pretender silenciar a los que acarrean las malas noticias.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: