¿Más felices en 2017?

He conversado este año con numerosos extranjeros de paso por Chile que suelen preguntar si somos felices como país. Una gran pregunta. Para europeos y estadounidenses, esta a menudo se une a otra: ¿cómo podemos ser felices en medio de la desigualdad social? Para los latinoamericanos, en cambio, la segunda pregunta es distinta: ¿por qué no parecemos felices si tenemos más prosperidad y estabilidad que nadie en la región? Para unos nuestro PIB oculta desigualdades, para otros constituye una meta añorada.

En la consulta de ambos grupos subyace una percepción común: comparados con otros países de la región, los chilenos no parecemos felices. En Santiago y otras ciudades perciben extrema agresividad al conducir, temor ante la delincuencia (las mujeres abrazan sus carteras, los hombres disimulan la billetera), indiferencia al entrar a un ascensor, frecuentes brotes de malhumor, desconfianza hacia quien consulta algo y falta de cortesía en servicios y gastronomía. Todo eso, que hace menos grata la vida, desanima a mucho turista que se lleva excelentes recuerdos del paisaje, los vinos y las frutas, pero no tan buenos de experiencias interpersonales.

¿Somos o no felices? Encuestas indican que sí lo somos, y bastante en el entorno familiar, las amistades y círculos inmediatos (trabajo, escuela, banco, etc.), pero no así en espacios públicos. En rigor, hoy nos unen pocas cosas; entre estas, la selección de fútbol, la Teletón y la desconfianza hacia las instituciones. El último Informe de Naciones Unidas sobre Felicidad Mundial nos ubica en el puesto 24, superando a franceses y españoles, mientras que en América Latina solo costarricenses, puertorriqueños, brasileños y mexicanos son más felices que nosotros.

¿Cómo mide Naciones Unidas algo tan difícil de definir? Para hacerlo, parte del supuesto de que los países más felices son aquellos que tienen mayor esperanza de vida, más apoyo social, más libertad para adoptar decisiones, menor corrupción, más generosidad y un PIB per cápita más alto. Al observar el ranking , uno constata que la felicidad no la “otorga” el Estado; que no depende solo de la riqueza o la prosperidad, sino también de la libertad individual para hacer realidad los proyectos de vida, de la interacción con los demás y las expectativas que se tiene de la vida.

¿Es posible aprender a ser feliz? Existe, por cierto, una milenaria tradición filosófica, que se inicia con Job y explora el asunto hasta hoy. Epicuro, Séneca, Schopenhauer, Nietzsche, Russell, Ludwig Marcuse son algunos de los que lo han estudiado. La medición de la ONU pareciera descuidar la dimensión subjetiva del tema, que se vincula con un estado de plenitud anímica determinado por la actividad que se realiza, la retribución que se obtiene por ella, la relación con los seres queridos y la comunidad, y la posibilidad de contar con una red que salve al individuo de quedar abandonado a su suerte en caso de imponderables.

¿por qué no parecemos felices si tenemos más prosperidad y estabilidad que nadie en la región?

Hace unos años, cuando me instalé en un barrio con calles de tierra y casas modestas, en una pequeña ciudad de la V Región, comencé a conocer al Chile profundo. Encontré ahí principalmente a gente de empuje y esfuerzo, modesta, pero al parecer más feliz que la media en ciudades, y también a personas que trabajan solo cuando necesitan dinero. Al comienzo, esto activó en mí los típicos prejuicios que llevan a calificar esa decisión de “flojera”, y luego descubrí que es gente que solo se pregunta por qué trabajar el mes completo si con tres semanas alcanza para lo que necesitan. Sin retórica académica, esas personas hablaban como Epicuro: “No es lo que tenemos, sino lo que disfrutamos lo que constituye nuestra abundancia”.

En una reciente entrevista, la historiadora Lucía Santa Cruz lamenta cuánto ha perdido Chile en términos políticos al descuidar un sector político las humanidades. Creo que también perdió en otro sentido, en el de poder reflexionar sobre identidad, sentido de la vida y realización personal, y quedó imposibilitado para responder a preguntas como la del innovador Clayton M. Christensen: “¿Cómo piensas evaluar tu vida?”. Así como no se enseña hoy en las escuelas a debatir de forma sólida y respetuosa, tampoco se invita a reflexionar sobre la existencia en una sociedad vertiginosa y competitiva, cada vez más diversa y exigente, que enfatiza los derechos, no los deberes, que seduce con un mercado ilimitado y se comunica transversalmente, sin necesidad de los medios ni los partidos políticos, que cuestiona jerarquías y autoridades, y que, al mismo tiempo, va quedando a la zaga en el mundo del conocimiento.

En marzo de cada año, Naciones Unidas publica su informe sobre la felicidad mundial. Veremos entonces si hoy calificamos como un país más o menos feliz que hace un año, y si el puesto en que nos ubican en el ranking nos causa felicidad o desencanto. ¡Feliz Año Nuevo, en todo caso!

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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