Marcel versus Mazzucato

En la Patagonia, los chilenos heredamos de la demagogia argentina un gran desastre ecológico: las inundaciones causadas por los castores y sus represas de ñirres y lengas taladas con sus dientes. Los castores fueron introducidos en Argentina por Perón, quien introdujo allá también el virus que convirtió al Estado en una divinidad en quien confiar y de quién esperarlo todo, contagiando a todos sus compatriotas.

A los castores, sin embargo, los introdujo solo en Tierra del Fuego, prometiendo, como siempre, lo imposible: dirigir la economía. Ya me lo imagino discurseando acerca de cómo se generaría una “propulsión de la industria nacional”, “más trabajo para los argentinos desde la Argentina” o especulando sobre el mágico futuro de lo que sería la “cuna mundial de la industria peletera, acá, en el fin del mundo”. Y ahí siguen los argentinos, con una industria nacional precaria; exportaciones con impuestos; moneda intervenida; inversiones dirigidas por políticos; ciudadanos cada vez más pobres y con más ganas de salir de su país. Obviamente, todas estas políticas han sido hechas en nombre del bien, del pueblo, para “crear industrias estratégicas” o “por si acaso”, por si aparece una que otra idea de chiripa (no es broma ni exageración). Las mismas ideas con las que llega el Frente Amplio. Veremos si Marcel contiene Mazzucato.

Esa inmigración artificial de castores está creciendo por todo Magallanes, descontrolada, y expandiéndose al norte. Cruzaron el Estrecho no sé sabe cómo, quizás nadando como el mismo Tiburón Contreras. Ahora que tenemos un presidente magallánico ojalá logren controlar a este roedor, aunque que sean “sintientes”, tal como las vacas con las que hacen los churrascos de La Terraza. Lo mismo ocurrió con la inmigración de estorninos europeos a Estados Unidos: llegaron allá gracias a un extravagante alemán que los soltó en el Central Park, en honor a Shakespeare y Europa. Por más nubes de vuelos sincronizados que alimenten Instagram, estos pájaros son una plaga incontrolable que solo trae problemas a las cosechas y competencia para los pájaros nativos. Acá no han llegado, pero ya están en Buenos Aires, desde donde llegó también a Chile otra plaga: la cotorra argentina. Así con los inmigrantes.

La codorniz, en cambio, desde California se adecuó perfectamente a nuestro país, donde parece que no compite con nuestra perdiz. A los gorriones habría que erradicarlos, igual que las cotorras, pero parece que ya es demasiado tarde, y las palomas, que a pesar de lo apestosas que parezcan, son bienvenidas, populares y aportan con sus planeos por la cuenca del Mapocho. Se les podría seleccionar como hacen con nosotros desde Nueva Zelanda o Australia, desde donde hasta nos pedían exámenes de enfermedades ya erradicadas. Ahora que partió el show de fondo de la decadente Convención, quizás nos olvidemos, otra vez, de la inmigración.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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