Publicado el 23.11.2015

Malos tiempos para la libertad y la tolerancia

El 10 de mayo de 1933, frente a la universidad Alexander Von Humboldt de Berlín, los estudiantes nazis quemaron libros de autores considerados anti alemanes o antinazis o simplemente por ser judíos. Hoy, en ese mismo lugar, hay una obra-memorial. En la plaza, una ventana en el suelo nos abre una entrada a un submundo donde solo habitan libreros vacíos. Estanterías yermas que extrañan los libros que alguna vez les dieron vida. Es sobrecogedor por sí mismo. Pero para culminar el momento, sobre el suelo yace una inscripción con la frase del poeta alemán Heinrich Heine: “Donde se queman libros se termina quemando personas”.
 
La libertad y la tolerancia son una excepción en la historia de la humanidad. No solo los nazis y los comunistas fueron sus principales verdugos. Las religiones medievales hicieron lo suyo; los nacionalismos tampoco son inocentes y qué decir de los populismos en nuestros lares. Hoy, al mundo de libertades personales, que fundan la sociedad occidental, lo amenaza el fundamentalismo musulmán, el militarismo ruso, el populismo latinoamericano y una suerte de revival de la peor versión del socialismo.
 
Hoy Chile pasa por uno de esos momentos oscuros en nuestra historia. El dueño de la librería “Qué leo” decide censurar los libros de un autor con quien no comparte opiniones; la candidatura de izquierda de la Universidad Católica quema muñecas de sus contendores; la empresa del presidente del CEP, que tanto hizo por nuestra libertad, se ve confrontado a un caso de flagrante desafío a todo aquello por lo cual él mismo ha luchado una vida. Y la última estocada: mi alma máter, la Escuela de Derecho de la U. de Chile, veta las exposiciones de representantes israelitas.
 
Los estudiantes de la Universidad de Chile deben haberse inspirado en ese famoso decálogo de la asociación de estudiantes nazis que precedió a la quema de libros que, entre otras perlitas de tolerancia, incluía la siguiente: “Exigimos de los estudiantes alemanes la voluntad y la capacidad para superar el intelectualismo judío y las ideas decadentes liberales asociadas a la vida espiritual alemana”.
 
No se trata solamente de insultar la tradición de libertad y tolerancia que todos los que hemos pasado por esas aulas intentamos honrar, promover y respetar. Estos jóvenes de hoy, en la U. de Chile, han traicionado el sentido republicano de una escuela por la que han pasado Lagos, Prat y Aylwin. Bárbaros que no hacen sino evocar los fantasmas de Freisler, Vyshinsky o Torquemada se atreven a vetar ideas y a las personas que las defienden. Su decisión ensombrece la civilización y constituye una invocación a la barbarie que solo honra los peores valores humanos de ignorancia, frivolidad e intolerancia.
 
Mientras tanto, en el otro lado del mundo, fanáticos religiosos -pero esta vez armados- asesinan a más de 100 personas. No es trivial el lugar elegido. La Francia que ha sido al mismo tiempo el baluarte del catolicismo y del laicismo, de la República y de los derechos humanos, que ha acogido inmigrantes de todas las religiones, es atacada. Esos intolerantes, de los cuales los nuestros son aprendices, atacaron el alma de Occidente, el corazón de la igualdad, la libertad y la fraternidad.
 
La civilización democrática occidental se construyó sobre tres pilares: la Carta Magna inglesa, la Constitución de Estados Unidos y la Declaración de los Derechos del Hombre de Francia. El terrorismo ha atacado a los tres; nuestros intolerantes locales, también.
 
Los mismos estudiantes que celebran a violadores de los derechos humanos como Castro o Maduro, los mismos que engalanan sus dormitorios con afiches de criminales como Guevara, son los que en otras latitudes gritando “Alá akbar” atacan todo aquello que apreciamos: la libertad, la tolerancia y la majestad de la ley. A ellos les recomiendo el libro reciente de Roberto Ampuero y Mauricio Rojas “Diálogo de conversos”, donde pueden aprender los valores de tolerancia y libertad que defienden en su madurez aquellos que estuvieron dispuestos a destruirlos en su adolescencia.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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