Malos liderazgos y malas ideas

En relación a la praxis política, en Chile se ha hecho evidente una tendencia preocupante: en los partidos predominan liderazgos deficientes o lisamente malos, que además tienen malas ideas o carecen de ellas. Eso se constata diariamente en el deterioro del debate público y legislativo, donde prima el voluntarismo de las retroexcavadoras, la legislación compulsiva, o el maniqueísmo reaccionario. El riesgo detrás de esto, seguir empeorando el embrollo, donde la guinda sería un líder populista prometiendo limpiar todo.

El deterioro en la calidad de los liderazgos tiene relación con un proceso subterráneo de menoscabo a nivel de ideas. La lógica del operador político se ha impuesto como praxis, ya sea para acceder a las cúpulas de los partidos, hacerse de un cargo burocrático en el gobierno de turno, o al menos hacerse caudillo –como cola de león- de sus élites locales. Ahí las ideas no son importantes, ni la ética ni la coherencia entre discurso y acción política. Es tal el nivel de incoherencia que ni siquiera lo proclamado o promovido en el discurso por algunos, se condice con el nombre de sus partidos. Eso se ha traducido en la predominancia de malos liderazgos o liderazgos deficientes, que se han expresado a través de una clara incapacidad de entender el debate político como algo basado en el pensar, sino en el burdo voluntarismo, la mera vocación de poder. Esa deficiencia también se refleja en la nostalgia con que algunos, ante la crisis del propio gobierno, miran hacia los viejos políticos, lo que refleja la notoria ausencia de liderazgos nuevos y con ideas claras en todos los partidos.

El predominio de la política de los operadores, de los muñequeros, los macuqueros, los maquinadores, se traduce en una praxis política carente de ética donde la lógica de la acción es el poder por el poder. De ello no sólo surge un cierto cinismo frente al poder sino claras tendencias colectivistas, donde la lógica de masas es más importante que la ética de las ideas. Eso en parte explica la disposición generalizada a nivel de partidos, de vulnerar o contravenir normas legales o éticas en diversos ámbitos, desde campañas a asesorías o acceso a cargos. Todo, mientras desde una supuesta superioridad moral –y sin sonrojarse como actúan algunos arrogantes igualitaristas ante sus incoherencias discursivas y prácticas- se busca proclamar leyes para tutelar la vida de los ciudadanos.

No es raro que tras esta lógica del operador comiencen a predominar opiniones e ideas basadas en nociones arcaicas de lo político, de carácter tribal y colectivista. En ese contexto, se refuerza la noción de un poder personalista y a la vez paternalista, donde el culto ciego al líder y la fuerza para imponer las voluntades, priman por sobre la razón y el debate. La retroexcavadora fue la metáfora que mejor reflejó esa noción arcaica de lo político por falta de ideas y mera vocación de poder, que tienen algunos de esos liderazgos hoy predominantes.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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