Publicado el 21.10.2014

Lucrando contra el lucro

El dinero es un commodity que todo el mundo acepta como medio de pago y que permite resolver esos problemas. Pero al final representa un reclamo por bienes y servicios producidos en la economía. De nada sirve el dinero si no puede comprar algo con él, es decir, intercambiarlo por algo real. Teniendo claro que quien recibe dinero solo recibe indirectamente producción real a cambio de lo que este a su vez produjo, analicemos ahora un caso actual de lucro: el de la educación.

Cuando el estudiante va a la universidad espera que esta le provea un servicio que este valora, es decir, algo que lo beneficia. ¿Lucra entonces el estudiante? ¡Obviamente! Si no existiera el dinero, el estudiante o sus padres tendrían que ofrecerles a los profesores algo que han producido a cambio del servicio de educación. En esta situación se haría un trueque de manera directa en el que, sin duda, ambas partes lucran, es decir, se benefician. Que hoy se haga mediante dinero en nada afecta este hecho.

Ahora bien, ¿qué pasa si el estudiante quiere que los profesores le den gratis su educación bajo el pretexto de que es un “derecho”? En ese caso no queda más que obligar a los profesores a trabajar por la fuerza para él sin que estos reciban algo a cambio. Aquí ya no hay intercambio sino confiscación, no hay acuerdo voluntario sino imposición violenta. Que sea el Estado -los políticos- el que provee el “derecho” a educación en nada cambia el problema, pues este debe quitarle parte de su producción a algunos por la fuerza para permitir que los estudiantes se beneficien sin otorgar nada a cambio. Así las cosas, el reclamo por educación y derechos gratuitos no es otra cosa que un reclamo por lucro unilateral. Es querer obtener un beneficio provisto por un tercero sin dar nada a cambio a ese tercero.

Ciertamente, la clase política, en una sociedad con altos niveles de riqueza, que no es el caso de Chile donde solo debiéramos ayudar a los que de verdad lo necesitan, puede por un tiempo darse el lujo de regalar cosas a diversos grupos. Lo que no puede hacer es pretender que quienes reciben ese regalo -así como los políticos que se financian con impuestos- no están lucrando a expensas de los demás. Una cosa es creer que hay un derecho sobre los frutos del trabajo ajeno y otra muy distinta es pretender que una vez establecido ese derecho el que se beneficia de él no se beneficia. Más aún, es precisamente porque unos se benefician a expensas de otros, es decir, lucran, que tiene sentido crear derechos a gratuidad. Y esto significa que finalmente -oh paradoja- nadie lucra más que aquellos que se oponen al lucro.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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