¡Los ricos no pueden esperar!

Por compromisos laborales hace unos días me tocó visitar un conspicuo barrio de Vitacura y, hace un mes, hice lo mismo con otro lujoso de Lo Barnechea. Grande fue mi sorpresa al ver que, tras meses de estallido, sus calles estaban impecables, ningún rayado adornaba los bien pintados muros y la luminaria pública no había sufrido deterioros.

Quizás, esto explica la indolencia de las élites a la hora de garantizar el orden público: el caos todavía no ha tocado sus puertas. Hay un chiste que dice que en dos pasos se puede encontrar la cura definitiva del cáncer: 1° contagiar a Bill Gates de la enfermedad y 2° esperar. Creo que lo mismo podría pasar —por ejemplo— para salvar al Instituto Nacional: 1° meter a los hijos del alcalde Alessandri en el emblemático establecimiento y 2° esperar.

Quizás, esto explica la indolencia de las élites a la hora de garantizar el orden público: el caos todavía no ha tocado sus puertas.

Lo cierto es que desde el 18 de octubre las élites han mostrado mucha empatía mediante sendos mea culpa que nada tienen que envidiarle al proferido por Ernesto Belloni en Viña 2020, pero también lo es el hecho de que poco les ha afectado el estallido. Los colegios “allá arriba” siguieron funcionando con normalidad —lo que siempre será un alivio para los padres— y sus hijos que estudian una carrera en universidades de la “cota mil” terminaron su año académico sin sacrificar vacaciones de verano. En lo personal, me alegra infinitamente que el orden siga operando con normalidad en una pequeña porción del país y desearía que lo mismo pasara en el resto del territorio. La madre de las desigualdades en Chile es la desigualdad en la aplicación de las normas y la principal causa de esto es una élite que cree que el imperio de la ley depende de la condición socioeconómica de los ciudadanos, solo esto explica que sea tolerable una toma en el Instituto Nacional e inimaginable una en el San Ignacio del Bosque.

Regocijándome del paisaje del sector oriente, pasé de repente de la emulación a la conmiseración. Al ver los muros prístinos de las casas me dije: «¿¡dónde está el arte urbano!? ¿¡Dónde la catarsis, la interpelación y la liberación de los rayados!?». ¡No vi un solo semáforo roto! ¿Dónde están los vestigios de la movilización ciudadana y la participación política? El alumbrado público sigue cumpliendo su función en las noches ¿Cómo llegará el nuevo amanecer de Chile si nunca estuvieron a oscuras como en Plaza Italia? Ver tanto orden y limpieza me causó lástima, porque, de ser cierto lo comentado por grandes personajes de la cultura y las artes, los sectores más acomodados del país han sido marginados de las manifestaciones gráficas del despertar de Chile. No tienen acceso a esta clase de arte y, para todo aquel que se alboroza al ver las obras de cantera de la primera línea en Baquedano ver que todo está en su lugar en Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea debería provocarle un cierto dejo de pena.

Estoy seguro de que Joaquín Lavín —que siempre va un par de pasos adelante— ya debe estar craneando una especie de primera línea en Las Condes con sede en Plaza Perú o el Parque Araucano. ¿Cuándo llegarán las manifestaciones al sector oriente? ¿Cuándo las marchas cruzarán avenida José Alcalde Délano? ¿Cuándo llegará la destrucción que construye el nuevo Chile? Esta clase de “progreso” debe llegar cuanto antes a dicha zona. Basta de marginar por condición económica ¡Los ricos no pueden esperar!

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