“Los reyes malditos” y No+AFP

“Malditos, todos malditos hasta la decimotercera generación”. Así maldijo -mientras ardía en la hoguera- Jacobo de Molay, gran maestre de los templarios, a Felipe el Hermoso y toda su descendencia, más conocida como la dinastía de los Capetos.

¿Qué tiene en común esta historia con nuestras jubilaciones?, fácil: la “codicia”. Felipe el Hermoso y los demás príncipes de la Iglesia codiciaban los bienes de los templarios, matándolos se apropian de todo.

El patrimonio de toda persona que prospera siempre será codiciado por los demás. Por los que viven el momento sin planificar el futuro; por los que exigen imponer por el mínimo para no perder casa y salud gratis; por los apóstoles de la igualdad y los oportunistas de siempre. Por eso cualquier solución previsional debe distinguir entre los “Canitrot ” que no se la merecen y las “Gertrudis o Sra. Juanita” que sí.

Ingresé a AFP Habitat, teniendo 20 años; tengo lagunas y estoy llegando a la edad de jubilarme. La AFP me ha cobrado comisión, pero a cambio ha multiplicado por 3 cada peso que puse. El sistema me ha cumplido porque fue diseñado para un aportante que ahorró con alguna disciplina durante su vida laboral.

El mérito principal de la capitalización individual es que ha divorciado nuestra seguridad social del clientelismo político y ha permitido equilibrar las finanzas del Estado. La verdad sea dicha, quienes no gustan del sistema de AFP no entienden de economía pero sí de política. Porque hoy no se permite que un político decida cuánto pone la Sra. Juanita y cuánto saca Myriam, y tener ese poder es el sueño erótico de un político.

Nuestra jubilación depende del ahorro personal. Administrar esos ahorros es caro, pero no nos cuesta caro por las economías de escala. Criticar a las AFP por las bajas pensiones de los que no contribuyen es como criticar a un actor por una película donde no actuó. Las AFP son administradoras de plata ajena, no son dueñas ni pueden disponer de ella, menos sacarle su plata para dársela a Myriam en el sistema “solidario”. Nuestros fondos de pensiones han sido un aporte fundamental a nuestro desarrollo; han financiado a las empresas que nos dan trabajo; han comprado las letras hipotecarias que nos permiten pagar nuestras casas a 30 años; han financiado las carreteras por las que transitamos y la electricidad que nos ilumina.

Seguir midiendo las pensiones en función de promedios mal calculados es seguir engañando. Una persona que ponga su cabeza en el refrigerador y sus pies en el horno en promedio está a buena temperatura, pero lo está pasando mal. El sistema de pensiones debe mejorarse para hacerse cargo de las personas que no pudieron aportar, pero no de las que no quisieron. Hay que modernizarlo para precaver una generación que vivirá hasta los 100 años. Esa es una tarea para los legisladores que nada tiene que ver con nuestros fondos actuales.

De las propuestas de la Presidenta, se rescata su disposición al diálogo y que -conociendo la trayectoria en políticas públicas de este gobierno- no haya propuesto que se jubilen los niños con cargo a los viejos. Sin embargo, ese 5% “solidario” es buen márketing para un mal producto. Es el mismo sistema “solidario” que tuvimos que degenera en que muchos ponen poco para que pocos saquen mucho. Los chilenos ya vieron la amenaza y, como son vivos, el 63% (Cadem) quiere que otros -no ellos- paguen ese 5%, pero a sus cuentas individuales.

Sigo echando de menos que alguien diga que desde los albores de la humanidad la responsabilidad primordial sobre los ancianos les corresponde a las familias, no al Estado. El cuidado de nuestros años dorados no es una dicotomía entre individuo y Estado. La fría e impersonal seguridad social estatal es una alternativa de última instancia para los que no pudieron ahorrar y no tienen familia. Es cómodo para los que se han dedicado a destruir la responsabilidad individual y la familia endilgarle al Estado que se haga cargo de sus obligaciones, reclamando una “pensión digna” para sus padres, financiada por los hijos y ahorros de otros.

 

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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