Los pecados del Ché

Durante la llamada Revolución Cultural china en los arios 60 del siglo pasado, una de las prácticas habituales de los adeptos al comunismo fue denostar públicamente a artistas, académicos e intelectuales que no se ajustaran a los designios ideológicos impulsados por Mao. De forma similar a las condenas públicas durante las cacerías de brujas, los acusados de ser “enemigos de clase” eran humillados y obligados a rendir pleitesía al líder comunista, arrepintiéndose de sus faltas, entre las cuales estaba pensar por sí mismos y opinar libremente. Así, se seguía el mismo proceder que tuvieron los soviéticos en los años 30 del siglo XX durante las purgas en que artistas y escritores eran sometidos brutalmente para arrepentirse de sus desviaciones ideológicas o en caso contrario ser deportados a campos de trabajo forzado o directamente enviados a paredones de fusilamiento y luego a fosas comunes. Igual que los juicios inquisitoriales de la Edad Media, abundaban las calumnias e injurias, las acusaciones sin sustento y las auto inculpaciones frente a mojigatos y muchedumbres ansiosas de sangre. Ni pensar en la presunción de inocencia.

En Chile muchos podrían pensar que vivimos una especie de revolución de la conciencia, como dijo de manera cursi Kramer en su última presentación en Viña. Muchos deben pensar que estamos evolucionando para ser mejores, que se instala una nueva moral en la sociedad bajo el reinado de los llamados índigos. Porque las últimas generaciones han sido criadas bajo la idea de que son especiales y con un propósito astral. Lo cierto es que si estamos ante una revolución de esa clase, esta no se visualiza muy promisoria. Porque no estamos siendo ni más evolucionados ni más tolerantes, sino más sectarios, más polarizantes, más tribales. Esto es apreciable sobre todo entre las generaciones más jóvenes, frágilmente intolerantes y peor aún mojigatas. Y eso ha sido posible de apreciar durante el último Festival de Viña del Mar.

Al igual que esas condenados por el maoísmo o el bolchevismo, que se auto inculpaban para evitar el cadalso, Ernesto Belloni se ajustó al nuevo discurso correctamente político mostrando arrepentimiento para no convertirse en un paria.

El caso del humorista, conocido como Ché Copete, cuyo humor es sin duda básico con sketches propios de kermesse escolar, pero elevados de tono, es un ejemplo notorio del fenómeno puritano que vivimos como sociedad. Su auto inculpación por no se sabe qué cosa, transmitida por televisión a millones de personas, denota el clima de opinión reinante más propio de la época de los cazadores de brujas que de una sociedad abierta y tolerante del siglo XXI. Al igual que esas condenados por el maoísmo o el bolchevismo, que se auto inculpaban para evitar el cadalso, Ernesto Belloni se ajustó al nuevo discurso correctamente político mostrando arrepentimiento para no convertirse en un paria. Así, al igual que el poeta Heberto Padilla, caído en desgracia bajo la dictadura de Fidel Castro y sometido a la censura del régimen, Belloni repudió su propio trabajo como humorista de forma forzada, más por miedo al juicio de los nuevos inquisidores, más moralistas que la reina Victoria, que por simple convicción personal.

Ché Copete se ajustó a ese discurso políticamente correcto de quienes se presumen progresistas y tolerantes pero que dividen entre buenos y malos según las opiniones; que enrostran orígenes humildes aunque se dicen contrarios al clasismo; que son asiduos para denostar facciones aunque se dicen contrarios al racismo; que hablan de violencia simbólica a cada rato pero son profundamente hipócritas frente al insulto (sobre todo a mujeres), la violencia, los DD.HH. En definitiva, Ché Copete se ajustó a esa corrección política reinante que, cuando encuentra una nueva víctima de su odio y humillación, se traduce en funas virtuales constantes con memes insultantes, burlas descarnadas e irresponsables, que también se convierten en abucheas cobardes desde la galucha y la platea contra quien sea que este arriba de un escenario. O peor aún, se traducen en piedrazos, como ocurrió con otro humorista que emula a un campesino llamado Filomeno.

Ché Copete se ajustó a ese discurso políticamente correcto que impera, que se presume progresistas, tolerante y respetuoso pero que supone que la cultura es un simple instrumento de propaganda política, donde los artistas, intelectuales y también los humoristas prefieren auto acusarse y pedir perdón por nada, esperando evitar una próxima acusación de los inquisidores de la nueva moral.

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