Los nuevos herejes

La derrota presidencial de la derecha ha dejado en evidencia su carencia de un proyecto país que trascienda a un candidato. En ese sentido, es claro que está desarraigada material e ideológicamente de la ciudadanía. Esto se ve reforzado por el claro distanciamiento de los partidos políticos y sus dirigencias con respecto a sus bases. Pero ello indica algo más profundo, no solo está desconectada de los asuntos que afectan a los territorios, sino que no ha comprendido la reconfiguración cultural que se ha producido bajo el proceso de modernización de las últimas décadas en la sociedad chilena.

La derecha en parte comprende que los mercados se prestan a procesos dinámicos y multiplicadores, revoluciones creativas que dejan en la obsolescencia a viejos oferentes, pero al ser tan asidua a la razón instrumental, parece no querer considerar que lo que ocurre en los mercados también se produce en paralelo en la cultura de las sociedades. Bajo la incomprensión de ese proceso dinámico, no es raro que la derecha, aunque económicamente capitalista e incluso privadamente promiscua, termine oficiando políticamente de forma reaccionaria, como si quisiera defender los cánones del ultramontanismo del siglo XIX. Porque, si somos honestos, entre los republicanos, la UDI y los evangélicos RN no hay mucha diferencia a la hora de plantearse frente a una sociedad pluralizada que ya no se define exclusivamente por el catolicismo o lo que ellos suponen como valores cristianos.

La derecha entonces asume el antiguo afán religioso y paternalista de salvar las almas de aquellos que se han desviado del camino de la verdad, ya sea sumiéndose en el consumo o decidiendo vivir sus vidas como les plazca. Y aunque una parte de la derecha chilena no lo dice abiertamente, presumen que su misión es responder a una nueva herejía y salvar a los extraviados del mundo. Los matrimonios deben ser salvados, la familia debe ser salvada, las comunidades deben ser salvadas, los gays deben ser salvados. Así, la República ¿católica, apostólica, romana? debe ser salvada de la degeneración individualista y mercanchifle a la que han sometido a Chile los valores liberales. No es raro que una parte de la derecha vea en todo tipo de vindicación de libertades o autonomía una simple agudización del progresismo o una expresión de un individualismo extremo.

Lo paradójico de lo anterior es que quieren ganar elecciones pidiéndole el voto a todos aquellos que consideran como infieles surgidos al alero de la sociedad de mercado. Esta paradoja, no asumida del todo, es probablemente la más brutal al interior de la derecha. Mientras se liberan todas las fuerzas y energías mediante el acceso a bienes, desatando todo tipo de pasiones buenas y malas, la derecha luego quiere arriar moralmente, bajo los cánones que ella define como valores, lo que surge de aquello. Increíblemente, en esto la derecha se acerca a la izquierda que considera que el mercado disuelve todo y promueve el egoísmo. Esa izquierda que se precia de vanguardia, pero que adopta una postura en extremo moralista, feng shui, y que se alza igual de reaccionaria que la derecha frente al consumo, el lucro, la cultura popular, la democracia e incluso la ciencia.

Lo anterior lleva a una parte importante de la derecha a presumir que todo se trata de un problema de (des) orientación de la sociedad. Ya sea producto de un lavado de cerebros por parte de una izquierda sabandija. Ya sea por la pérdida de la brújula moral producto del predominio del progresismo. En esto estaría la base de la presunción, errada, de la izquierdización de la sociedad chilena y la idea de un sentido común escondido o silenciado que debe ser despertado o envalentonado, frente a la vociferante y culturalmente activa izquierda.

De la matriz anterior surge eso de decir las cosas como son, aunque eso se traduzca en decir cosas tan absurdas como poner en duda el derecho a voto de las mujeres. También surge una noción, algo más sutil pero que sigue siendo un modo de patronazgo, donde se asume que todo se trata de dignificar a los ciudadanos para que, con derechos sociales garantizados, no aspiren a ser élite ni estén disconformes como subordinados. Una réplica del viejo asistencialismo conservador que buscaba evitar los afanes secularizadores de los liberales primero y los afanes democratizadores de los obreros después.

La noción del problema como un asunto de orientación también explica que una parte importante de la derecha suponga que la cultura, por ende la sociedad donde ésta se anida, es una especie de terreno baldío que debe ser cada cierto tiempo desmalezado. La idea de despolitizar tan predominante en el gremialismo es un claro ejemplo de esta noción. Entonces, la relación política entre gobernantes y gobernados se traduce en que los ciudadanos no deben preocuparse de los asuntos políticos y solo deben remitirse a esperar una playa al lado del Mapocho. Ahí nace el populismo suave, centrado en los problemas reales de la gente, de Joaquín Lavín. De esa misma base surge la noción de la cultura como algo estático donde todo se reduciría a un problema de control y gestión respecto a las ideas predominantes. Esta perspectiva adopta dos prismas que presumen el plano de las ideas como algo independiente de otros planos de la vida social. Uno presume que todo radica en la superestructura, la cultura. Es una deriva de un Gramsci leído a medias. La otra es la perspectiva que presume que lo único importante es la estructura, la economía. Un marxismo derechizado que alimentó la fugaz idea del oasis.

Entre medio de todo lo anterior, mientras una parte de la izquierda se vuelve abiertamente reaccionaria, ha surgido una mezcla entre libertarianismo, nacionalismo militarista y catolicismo devoto, que refuerza la postura más reaccionaria de la derecha. El liberalismo ha sido capturado por tales imposturas.

La pregunta entonces es: ¿Qué proyecto político puede surgir frente a estas derivas?

Los sectores liberales deben reflexionar frente a esta coyuntura. ¿Pueden ir asociados con grupos que presumen que están frente a infieles, desviados e ignorantes? La preocupación es necesariamente política, no moral ni técnica. Porque la política no es igual a predicar en una plaza ni tampoco se asemeja a un proceso de vacunación. La política se trata de configurar permanentemente los modos de sentido de valores cambiantes entre una pluralidad de sujetos. Por eso, por ejemplo, cuando se habla de la familia y se acusa que ésta está en riesgo por la existencia de otras formas de filiación, se olvida que todos estamos insertos en familias que no necesariamente cumplen con el canon católico o conservador. Unas son más o menos felices, más o menos funcionales, algunas cambian su fisonomía, pero para cada sujeto inserto en esas particularidades, esa es su familia. La inquisición en ese sentido es moral y no política, pues es tan absurda como si un candidato pontificara respecto a las viviendas que cada uno tiene, por no ajustarse a la de él.

Frente al auge de los nuevos clérigos de derecha e izquierda, el liberalismo debe vindicar nuevamente la libertad de conciencia, la tolerancia y el pluralismo. También debe comprender el modo en que en una sociedad plural se arraigan ideas y valores en un proceso dinámico. Salvo que se crea que la sociedad se compone de cuerpos estancos o clases, tal como lo hace la izquierda tratando de desclasados y fachos pobres a quienes no se someten a los dictámenes de sus ungidos. Ya no sirve presumir que todo se trata de arriar voluntades a la vieja usanza del patronazgo. Por eso tampoco sirve la siempre fútil búsqueda de un mesías que reúna al rebaño o que aclare las mentes de los desviados.

Si hay algo que se debe comprender es que en una sociedad plural el desafío no es convertir infieles ni atraer prosélitos, sino aunar voluntades. Solo así se pueden conformar proyectos políticos en serio.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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