Los años del Presidente Lagos

Injusta la odiosa campaña levantada tanto por sectores de la izquierda renovada como jacobina en contra de Ricardo Lagos por su decisión de repostular a la Presidencia de la República. Entre los golpes bajo el cinturón que le propinan, destaca uno: su edad. Cuando cosechamos hoy los ácidos frutos de una administración elegida más por carisma que por programa, alarma la descalificación de un ex Presidente que, más allá de que se discrepe o no de él, se ha caracterizado por plantear contenidos y una visión de futuro del país.

Con su administración, Lagos hizo un aporte significativo a la izquierda: probó, tras el malogrado gobierno de Salvador Allende, que un socialista era capaz de presidir Chile sin polarizarlo ni hundirlo en una crisis económica. Con su primer gobierno, Michelle Bachelet consolidó esa visión sobre la capacidad de los socialistas (en rigor, socialdemócratas) para dirigir de forma adecuada el país, algo que se ve hoy cuestionado por los altos índices de desaprobación a su gestión. Sin embargo, al anunciar en la repostulación su “compromiso” de continuar las reformas estructurales de Bachelet, Lagos se internó por una vía riesgosa: su continuismo no convence a la izquierda jacobina y genera inquietud en el centro y la derecha.

Tal vez una convicción importante que los chilenos deberíamos compartir a estas alturas es que la carrera a la Presidencia no es una competencia de juventud, generosidad, simpatía, popularidad o histrionismo. En esta época de desconfianza hacia la clase política (y todas las instituciones), los ciudadanos tenemos una responsabilidad mayor: examinar con lupa y sentido crítico las propuestas de los candidatos. ¿Cuál programa es el más beneficioso y factible para el país? Del escepticismo generalizado hacia los políticos también es responsable aquel ciudadano que entrega su voto a cambio de una “once”, una sonrisa, un billete, un bono o una selfie .

Muchos de quienes consideran a Lagos “viejo” para postular a la Presidencia, no tienen reparos en celebrar a Fidel Castro (90) y a su hermano Raúl, de 88 años. Otros promueven una nueva beatería con respecto a la juventud, la que carecería de apetitos materiales y sería infalible. La juventud no garantiza de por sí los buenos resultados en política. Tampoco los garantizan la madurez o la vejez. Hace falta mucho más. Jean-Claude Duvalier llegó al poder con 19 años, Muamar el Gadaffi con 27, Kim Jong-un con 28, Fidel Castro con 33. No es la fecha del carnet lo decisivo en el candidato, sino tal vez su formación y trayectoria, honestidad y conocimientos, las metas que promete y la posibilidad de concretarlas. Descalificar a un candidato por sus años busca eludir el debate sobre ideas y propuestas.

Hay otro dato interesante para la izquierda que censura a Lagos y admira a Salvador Allende: cuando este entró a La Moneda tenía 62 años, la esperanza de vida en Chile entonces. Si Lagos asumiera en 2018, tendría 80 años; es mayor, indudablemente, pero está dos años por debajo de la esperanza de vida del país, la más alta de América Latina, lo que también dice mucho sobre el “modelo” chileno.

La descalificación de un candidato por su edad trae a la memoria a la izquierda de 1970. Entonces, junto con atacar al ex Presidente y candidato de derecha, Jorge Alessandri (74 años), la Unidad Popular lanzó una campaña sórdida. A través de sus medios se refería a Alessandri como “La Señora”, aludiendo a su edad y soltería. En un Chile más machista y homofóbico que el de hoy, el mensaje apuntaba a denigrar al ex Presidente y eludir el debate programático.

Ahora la izquierda tendrá que decidir si seguirá atacando a Lagos por su edad y el respaldo que recibe de sectores empresariales, o si optará por una actitud republicana, vale decir, por fundamentar la crítica a los planteamientos del ex Mandatario. Y este, a su vez, deberá resolver la disyuntiva fundamental que le lega Bachelet: seguir presentando al “modelo” como extenuado y desechable, o admitir que ha sido el que posibilitó la aparición del Chile más próspero y celebrado de su historia, y que de lo que se trata hoy es de impulsar, sobre la base del diálogo transversal, los cambios bien pensados y gestionados que permitan construir una patria mejor para todos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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