Locos con leche condensada

Un amigo mío dice ‘esto es como comer locos con leche condensada’ respecto de esas cosas que no pegan, cuando ‘no va na’ con na” como dicen en el campo. Me acordé de este dicho cuando vi la instalación de nuestra flamante Convención Constituyente.

La combinación variopinta de personas (muchas sin trayectoria jurídica ni política, con representantes de los pueblos indígenas, con activistas de distintas causas, sin ninguna disciplina partidaria y sin experiencia legislativa) hace de este ejercicio una apuesta muy riesgosa. La elección de una presidente que es partidaria de liberar a los delincuentes que saquearon, quemaron y atropellaron los derechos de otros chilenos, que sacó 11 mil votos para ser elegida y que sin embargo veta a Marcela Cubillos que sacó casi 90 mil y a Cristián Monckeberg que sacó un 50% más de votos que ella, es una mala señal de respeto por el resto de los chilenos y por un proceso que demanda que todo salga bien para que sea exitoso.

Yo voté Rechazo. Y lo que veo y escucho me reafirma en mi convicción de que voté bien. La posibilidad de que tengamos en tiempo récord una Constitución Política que siente las bases para una sociedad moderna, democrática, próspera y pluralista es muy baja como para que valiera la pena correr el riesgo. Pero ya estamos en esta y hoy se lanzó la bolita, así que manos a la obra.

“Es importante que frente a cada regla los convencionales se pregunten: ¿Esto me favorece a mí o favorece el poder de la política? Si favorece el poder de la política sobre sus vidas, propiedad y libertad, pregúntense si es eso lo que quieren”.

Una Constitución es un texto jurídico que requiere formar un todo armónico y sistemático donde no existan contradicciones. Para lograr esa finalidad, una Constitución exige de sus redactores una visión más o menos común del objetivo que persiguen y la forma de lograrlo. Ahí tengo dudas sobre si la cosmovisión religiosa/política mapuche, pascuense o aimara combina bien con un Estado laico o con un Banco Central independiente.

Nos cuenta Aristóteles en ‘La Política’ que las constituciones antiguas tenían que ver con la organización y distribución del poder. Las modernas incorporaron la limitación del poder del soberano sobre las personas, sus bienes, sus vidas y libertad. La Carta Magna (año 1215) es una limitación al poder del rey. El Bill of rights inglés (1689), la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano francés (1789) y la Constitución de los Estados Unidos (1787) todos son documentos que apuntan en esa misma línea. En esto hay coincidencia con la organización política mapuche que siempre fue un pueblo libertario desconfiado del poder. Por eso se defendieron del imperialismo inca y español. No tuvieron rey ni una organización nacional, sino que tribal, y sus jefes militares eran seleccionados por tiempo limitado.

Para lograr ese objetivo de limitar el poder y proteger a las personas, las constituciones reconocen derechos anteriores al Estado y organizan el poder de forma de dividirlo y no concentrarlo. Así la división de poderes tradicional creada por los romanos considera tres poderes separados. La experiencia moderna ha agregado un control adicional como es el Banco Central independiente que busca evitar que el poder y los políticos les roben a las personas de a pie a través de la inflación.

Nuestra actual Constitución logró ese doble objetivo: organizó el Estado en forma coherente y tuvo éxito en proteger a los ciudadanos de la codicia y abuso del poder. Esa organización permitió el progreso de Chile de 1986 a 2014. Fue una Constitución para la gente y no para la política, que se vio siempre limitada y eso la incomodaba. Por eso la combatieron a ella y al sistema de libertades que diseñó para Chile. La forma de impugnarla fue erosionar el sistema, obstaculizar su funcionamiento y después convencer a la gente que la fuente de todos sus problemas era la Constitución y la solución era cambiarla. Como las personas, en general, no son muy versadas en temas constitucionales, compraron el argumento.

Y ahora vamos a redactar una nueva Constitución donde la tensión estará, como siempre, en la política tratando de capturar el poder, versus las personas tratando de limitarlo y defendiendo sus derechos. Por eso, es importante que frente a cada regla los convencionales se pregunten: ¿Esto me favorece a mí o favorece el poder de la política? Si favorece el poder de la política sobre sus vidas, propiedad y libertad, pregúntense si es eso lo que quieren.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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