Lo que está mal, está bien

El verano de la zona central chilena transmite una pausa energética. Además de los calores que aturden a cualquier ser humano, esté o no de acuerdo con los trece indultos, los zorzales abandonan la intensidad de sus cantos antes del amanecer y los chercanes ya no cortejan hiperkinéticamente arriba de tilos, fresnos y enredaderas. En el campo, los calores insoportables del mediodía son acompañados de los monótonos cantos de las cuculíes, como si le pusieran una sordina al entorno. Todo se pausa. Los chunchos olvidan sus cantos crepusculares y solo nos sacuden con gritos territoriales o peleas, casi siempre con zorzales que protegen a sus retoños. Este verano, eso sí, no se escucharon pollos de peucos santiaguinos nacidos en pandemia. Anduvieron merodeando, inmaduros y mansos, los faldeos del San Cristóbal, el Parque Inés de Suárez y el Bustamante. Deben haberse emancipado.

« Y ojo, falta algo más: el tren no llegará a Valparaíso. Sí, así como las donaciones de Giorgio Jackson no eran donaciones, sino que plata para él, y así como todo lo que está mal, también puede estar bien, el tren a Valparaíso no llega a Valparaíso, sino que Viña ».

Toda esta inconsciente forma de «habitar» (¿?) nuestra tierra se la debo a los calores de otro protagonista veraniego: Llay-Llay. Parece que en mapudungun «Llayllay» significaría algo así como lugar de «mucho viento», «vientos» o «brisa suave», no sé. Hay otros mitos sobre zancudos y unas onomatopeyas, pero es verdad que después de almuerzo, ahí no hay día en que no se levante un viento que hace sonar los árboles, refrescando las tardes de verano. Esa ciudad debe su razón de ser —además de ser un vergel—, al tren, que le trajo desarrollo y un toque de glamour. Llay-Llay nunca había tenido tanta prensa como estos días debido a uno de los anuncios más ridículamente publicitados del último tiempo: el tren Santiago-Valparaíso. En su libro «Chile o una loca geografía», Benjamín Subercaseaux ya reclamaba en 1940 por ese trazado. Decía que esas «dos ciudades tan próximas y de primera importancia» no debían estar «unidas por una vía indirecta, que parece construida con el fin de mostrarnos paisajes y maravillas de la ingeniería durante el mayor tiempo posible». Pero, quizás esa es la idea, que demore lo más posible, descartando el paseo por las viñas del valle de Casablanca, mucho más directo. Yo tomo constantemente los buses que usan ese trayecto y que salen desde la estación Pajaritos. Funciona perfecto, con puntualidad inglesa. Difícil que compitan. Y ojo, falta algo más: el tren no llegará a Valparaíso. Sí, así como las donaciones de Giorgio Jackson no eran donaciones, sino que plata para él, y así como todo lo que está mal, también puede estar bien, el tren a Valparaíso no llega a Valparaíso, sino que Viña. Como Paul, Orwell no está muerto, está vivo. Es todo un delirio. Los de Llay-llay, Til-Til y ¡¿Caleu?! pueden celebrar; el país y Valparaíso parece que no. Ojalá no sea otra «desprolijidad» o impertinencia. Ya todo parece un chiste, pero bueno, por suerte no me queda espacio para seguir escribiendo.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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