Lo bueno del pesimismo

Está enredada la elección presidencial. Pocos saben por quién votar y menos quién va a ganar. Además, la esquizofrenia electoral que nos ataca hace todo más complicado y volátil. Y los candidatos no ayudan mucho en todo caso. Empeoran todo la verdad.

Dicen que en política se vota por el mal menor, pero quizás sería mejor, o más preciso, decir que lo que hay que hacer es evitar el optimismo: hay que pensar derechamente qué pasaría si sale todo mal. Es evitar lo que un filósofo inglés llamaba la “falacia del mejor caso posible”. Se puede soñar con que al candidato le sale todo bien —el mejor caso posible—, pero no olvidarse de qué pasaría si las cosas le salen mal. No hay que ser como el personaje de El Jugador de Dostoievski. Éste no toma riesgos, sino que simplemente no los considera. Estos apostadores “entran al juego arrastrados por sus ilusiones y disfrutando una irreal sensación de seguridad”, son unos “optimistas inescrupulosos”. Y estos inescrúpulos se exacerban en política porque ahí paga moya, ¿quién ha respondido por el Transantiago o el Sename? Este optimismo inescrupuloso sirvió de marea emocional para que muchos apoyaran el primer retiro sin pensar en la puerta que se estaba abriendo —ni pensar en las las pensiones de los chilenos—. Y es lo mismo que se hace apoyando a un candidato comunista. Por suerte ya se fue Jadue, pero igual sigue aliado a Boric. ¿Qué pasa si llegan a dominar? A mucha gente le da con que Jadue, Camila Vallejo y el PC en verdad no “son comunistas”, serían “comunistas modernos”. No sé qué pensamiento mágico les hace renegar tanto de la realidad, pero después de la primera vuelta, en todo caso, varios se echaron para atrás. Jadue había mostrado demasiado sus cartas como para escapar: no creía en la libertad de expresión, mintió como condenado y su partido fue claro en apoyar a la dictadura cubana. En Cuba la gente se manifiesta más libremente que en Chile, dijo Jadue. Una locura. Incluso Vallejo y Cariola se hicieron las locas con lo que pasaba en Nicaragua.

“Bertrand Russell, que también hablaba del “comunismo moderno”, decía que para analizar programas o doctrinas políticas uno se debía preguntar dos cosas: primero, si es que los supuestos en los que se basaban esas políticas era verdaderos y, segundo, si es que sus políticas, bien aplicadas, iban a aumentar la felicidad humana. Y cuando se preguntaba por el comunismo, Russell respondía a las dos con la misma repuesta: no

Todo esto se ha ido difuminando. Una especie de aura sagrada rodea a Boric. En los años 50, Bertrand Russell, otro filósofo inglés y premio Nobel de Literatura, que también hablaba del “comunismo moderno”, decía que para analizar programas o doctrinas políticas uno se debía preguntar dos cosas: primero, si es que los supuestos en los que se basaban esas políticas era verdaderos y, segundo, si es que sus políticas, bien aplicadas, iban a aumentar la felicidad humana. Y cuando se preguntaba por el comunismo, Russell respondía a las dos con la misma repuesta: no. El comunismo se basa en supuestos falsos como la idea del valor-trabajo, que Jadue no para de defender, son “pura mitología” decía Russell. Y, además, la aplicación de sus “máximas solo producirán un inconmensurable aumento de la miseria humana”, nada de felicidad. No se equivocó.

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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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