Liberalismo y Colusión

¿Qué tienen que decir los liberales frente a los casos de colusión? Dejemos que conteste Adam Smith, padre del liberalismo clásico: “El interés de los dealers en cualquier rama del comercio o de las manufacturas es siempre distinto e incluso opuesto al del público. Ampliar los mercados y cerrar la competencia es siempre el interés del empresario… la propuesta de cualquier regulación que venga de este orden de hombres… viene de un orden de hombres cuyos intereses nunca son exactamente los mismos que los del público y que, en general, tienen el interés de engañar y oprimir al público”.
 
Los liberales siempre han entendido que los seres humanos actuamos, en buena medida, motivados por nuestro propio interés, no solo en el mercado, sino también en el Estado. La colusión entre políticos y grupos de interés sindicales, empresariales o de otro tipo, o la colusión entre privados para derogar las reglas de competencia son producto de ese impulso, así como también lo es la captura del Estado por parte de sus funcionarios, como prueba el caso dramático del Registro Civil.
 
Es para evitar lo más posible este tipo de desviaciones, canalizando fértilmente el interés propio, que los liberales promueven, por un lado, una fuerte conducta ética, y, por otro, la desconcentración del poder económico y político.
 
Sobre el último punto, en su libro “A capitalism for the people”, el profesor Luigi Zingales, quien visitará pronto nuestro país, ha explicado cómo en la medida en que más crece el tamaño del Estado, más corrupto se vuelve el sistema. La razón es que más grupos de interés buscan su protección y hacen lobby para obtener parte de los cuantiosos recursos que este distribuye.
 
En el Estado, una forma de disminuir abusos, además de limitar su tamaño, es con la división de poderes, la que implica que exista competencia y fiscalización mutua entre ellos – check and balance . El caso de la colusión entre privados no es muy diferente: para minimizar abusos se requiere de una amplia libertad de entrada y competencia tanto local como internacional. Lo cierto es que es casi imposible sostener colusión en un mercado con múltiples actores y fácil entrada, porque los incentivos están puestos para que entre un nuevo competidor cuando los que ya están se han vuelto ineficientes y caros.
 
Lamentablemente, es el mismo Estado -ese grupo de personas de carne y hueso que también persiguen su interés- el que mediante sus innumerables y complejas regulaciones pone barreras a la entrada para nuevos actores, facilitando la colusión entre los que ya están. Cualquier emprendedor ha vivido esto en carne propia en nuestro país. Quienes abogan por una mayor intervención estatal para prevenir casos de colusión, entonces, proponen exactamente la receta que favorecerá su multiplicación.
 
Pero un mayor sinsentido incluso es condenar al mercado por estos casos. La libertad siempre implica la posibilidad de abuso, si no, no sería libertad. Y así como no tiene sentido condenar al fútbol, en tanto deporte, cuando un futbolista es sorprendido con dopaje, no tiene sentido condenar al mercado, en tanto juego de intercambios, por el abuso cometido por uno o más de sus jugadores. Lo importante, salvaguardando siempre la presunción de inocencia, es que existan sanciones inteligentes para estos casos, pero por lo demás la libertad debe ser la regla.
 
En una sociedad abierta, debemos insistir en esto, ni la libertad de expresión e información, ni la libertad económica ni ninguna otra genera solo beneficios. Y así como sería un grave error limitar a priori la libertad de expresión para prevenir sus efectos indeseados, también lo sería limitar a priori la libertad de empresa para intentar prevenir cualquier abuso.
 
La historia nos enseña que, a pesar de sus costos, es solo en libertad que puede existir auténtica expresión e información, y es solo en libertad que pueden florecer el espíritu emprendedor y la competencia que fundan nuestro progreso y bienestar. Los casos de colusión, que nos escandalizan hoy como a Smith en su tiempo, son agresiones a la libertad, y su solución, como explicó el mismo Smith, malamente puede ser agredir la libertad aun más, pues en ese caso no habría diferencia entre la naturaleza del mal causado y la del remedio propuesto.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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