Lavín y el tiempo

Las encuestas perfilan a Joaquín Lavín como el seguro sucesor de Sebastián Piñera. A estas alturas del partido —quedando todavía mucho por jugar— el alcalde de Las Condes parece tomar una ventaja considerable frente a sus virtuales oponentes que no terminan de ofrecerle una digna competencia. Sin embargo, no tiene sentido dar por ganada una carrera que todavía no ha partido. En el caso de Lavín, el tiempo jugará un rol fundamental y su llegada a La Moneda dependerá en buena medida de su capacidad de interpretar su presente para enfrentar un duro futuro a causa de un pasado indeleble.

El presente de Lavín no podría ser más auspicioso: goza de una tribuna inmejorable que le permite mostrar a diario sus innovaciones sin recibir el menor cuestionamiento por parte de periodistas que solo se limitan a acompañar con palmas cada una de las peculiares soluciones que ofrece el edil. Hoy, Joaquín Lavín es más rostro televisivo que político; su perfil se asemeja más a Pancho Saavedra que a Sebastián Piñera. Es una figura que no corta ni pincha; que no despierta rencores, solo cuentas parodia e imitaciones de Kramer. En este sentido, Lavín debe aprovechar cada segundo de pantalla consciente de que la fama es efímera y siempre abandona a las celebridades antes del tiempo esperado y deseado por ellas.

Joaquín Lavín es más rostro televisivo que político; su perfil se asemeja más a Pancho Saavedra que a Sebastián Piñera.

Lavín debe enterarse pronto que todo es mentira en el mundo de la televisión; que sus ideas no son tan espectaculares como la pantalla chica nos quiere hacer creer; que no es tan amigo de Francisco Vidal y que, de no mediar cámaras, no le hubiera nacido cantar villancicos y hacer galletitas navideñas con él. Le vendría bien ver —o volver a ver— Network de Sidney Lumet y preguntarse cuánto de su momento actual se parece al de Howard Beale en la cresta de la ola o si él es quien se aprovecha de la televisión o es la televisión la que se sirve de él.
Apenas Lavín vuelva a la política de verdad, ¿cuánto se demorará la izquierda en exhibir Opus Dei: una cruzada silenciosa? ¿Cuánto tardarán en mostrarlo como la figura del “Sí” o como el que ganó plata con la Universidad del Desarrollo? De poco le servirán futuros actos de contrición porque nunca le han servido en realidad. Al frente no tiene un Dios con el cual reconciliarse sino un adversario político que se regocija con su eterna penitencia. Se avecina un duro futuro, peor todavía que lo sufrido en 1999, y será producto de un pasado indeleble que en su momento renunció a explicar pensando que “los problemas reales de la gente” se harían cargo de eclipsarlo. Solo el tiempo dirá si su apuesta fue la correcta.

¿Aguantará Lavín los seguros embates que la izquierda reserva para las presidenciales? ¿Tendrá un proyecto político que ofrecerle a Chile o solo bastará con la pirotecnia a la que nos tiene acostumbrados? En poco más de un año sabremos si estará de vuelta el “gallo de pelea” o si las luces de la fama terminaron por enceguecerlo.

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