Lastarria, Boric y Loncón: Máscaras de la violencia

En estos días han ocurrido tres casos que, a simple vista, parecen estar desconectados entre sí, pero que, cuando se les mira de cerca, tienen un nefasto denominador común: la violencia y sus distintas máscaras. Pues bien, primero, pudimos ver cómo vándalos destrozaban el Barrio Lastarria; segundo, cómo violentistas e internos del Penal Santiago 1 agredieron al diputado Gabriel Boric; y, tercero, el domingo la presidenta de la Convención Constitucional Elisa Loncón, al ser interpelada si “¿estaría dispuesta a hacer un llamado a sus hermanos mapuches para que bajen las armas y dejen de cometer atentados?”, ella declaró “yo no tengo el estándar de Mandela en este momento para pedir que bajen las armas”. Veamos cómo estos eventos y declaraciones se relacionan entre sí.

El caso del Barrio Lastarria es triste, pero no debería sorprendernos. Desde octubre del 2019 que el país vive en un espiral de violencia intermitente que a ratos escala de forma descontrolada —como en octubre del 2020— y a ratos se estabiliza. No obstante esta intermitencia, el ir y venir violentista ha azotado el centro de Santiago, destruyendo sus barrios, sus espacios públicos y deteriorando la vida de sus vecinos. El auge de violencia ha sido tan grave, que Chile ha caído de forma abrupta en el Índice de Paz Global, elaborado por el Institute for Economics and Peace (IEP). Pues bien, antes del 18-O, Chile se ubicaba en el puesto 29 del mundo dentro de los países más pacíficos, incluso superando a países como Estonia. Ahora, en el 2021, Chile ha caído al puesto 49 del ranking, a niveles de países como Vietnam y Senegal.

Lo que sí resulta extraño del caso Lastarria es que el nivel de violencia y destrucción fue considerablemente alto y fuera de lo normal. Pues la protesta realizada “a favor” de los supuestos “presos de la revuelta” fue mucho más allá de la meras barricadas y consignas, ya que se volcaron contra los restaurantes para destruirlos. Como señalaba un comerciante del barrio: “Ni en los peores días del estallido fue tan violento, venían preparados para destruirlo todo”. Lo preocupante de esta acción es que, como bien señaló el presidente de la asociación gremial de Emprendedores de Lastarria, Alfonso Molina, esta vez “se atacó al ciudadano, se atacó a la gente que estaba en las mesas, o sea, ellos venían con una idea muy fija de destruirlo todo y quemarlo… tres restoranes… fueron destruidos en su totalidad, o sea, tirando los platos de la gente al suelo, las mesas empujándolas, había crisis de pánico de varias personas, llorando en la cuneta”.

Lo preocupante de todo esto es que nos evidencia que la violencia es como una caja de Pandora, ya que, una vez abierta e incitada por los políticos e intelectuales en las redes sociales —que la avalan, la justifican y la fomentan—, esta pierde el control y tiende a naturalizarse y a formar parte normal del país. Así las cosas, la violencia se ha rutinizado e internalizado por muchos jóvenes, como si fuera un ritual necesario y que debe realizarse sagradamente como un sacrificio todos los viernes en desmedro de los vecinos, los trabajadores y los pequeños empresarios del barrio. Poco a poco la normalización de la violencia hace que esta vaya creciendo y manifestándose, primero contra los espacios públicos, segundo contra los negocios y espacios privados, y, finalmente, contra los mismos ciudadanos y vecinos.

La violencia es como una caja de Pandora, ya que, una vez abierta e incitada por los políticos e intelectuales en las redes sociales —que la avalan, la justifican y la fomentan—, esta pierde el control y tiende a naturalizarse y a formar parte normal del país.”

La violencia es como cáncer metastático que contagia de irracionalidad e ira a un sector radical de la población, pero que luego termina por permear al resto de esta, pudriendo a la sociedad como ya nos ocurrió durante las décadas de los 60 y 70, y como lúcidamente lo advertía Jorge Millas en sus ensayos respecto a la violencia. Dicha naturalización de la violencia nos señala además que ni siquiera una Nueva Constitución y una nueva alcaldesa comunista en el centro de Santiago son capaces de poder domarla. Por lo demás, resulta inverosímil que la alcaldesa de Santiago Irací Hassler haya hecho un comunicado después de lo ocurrido en Lastarria culpando de lo sucedido al Estado de Chile y a Carabineros, en vez de condenar la violencia y a los violentistas que se esconden tras las máscaras de esta.

Segundo, lo ocurrido con Gabriel Boric en el centro penal es otra manifestación de la violencia y sus máscaras en nuestro país. Pues bien, el candidato presidencial del Frente Amplio, en otra de sus ambivalentes acciones coqueteando con la justificación de la violencia, trató de visitar a los reos del 18-O, mostrado su apoyo a un controvertido proyecto de ley que pide indultarlos. Es decir, el indultar como si nada a varios acusados o condenados por graves delitos de desórdenes públicos en el 18-O, como saqueos y quemas del espacio público y de locales. De esta manera, Boric acudió al Penal Santiago 1 con el objetivo de reforzar su imagen con la izquierda más radical y mostrar su compromiso con dicha iniciativa de indulto.

Boric no fue muy bien recibido ni por los reos ni por los familiares y “amigos” de los “presos de la revuelta”, ya que fue funado, insultado y recibido con violencia. Más preocupante aún es el hecho de que dicho caso, en vez de ser condenado por toda la izquierda, haya sido incluso hasta celebrado por Constituyentes de la Lista del Pueblo. De hecho, su vocero, Rafael Montecinos, justificó la agresión contra el candidato presidencial del FA al declarar: “Hoy [Boric] quiso ir prácticamente a reírse de los presos políticos … Hoy [Boric] va hacia el módulo 12 de Santiago 1 y bueno, nosotros pensamos que lo que le realizaron los presos políticos a él fue una reacción totalmente justa [sic]”.

Lo más inverosímil de toda esta situación es que —al igual que la alcaldesa comunista Irací Hassler— el propio Gabriel Boric haya sido incapaz de condenar la violencia que él mismo sufrió. Pues bien, Boric, después de sufrir insultos y hasta una bofetada declaró: “sufrimos una agresión menor, frente a la cual hemos solicitado que no se instaure ningún tipo de sanción, porque lo que se está viviendo al interior de Santiago 1… ya es suficientemente grave e injusto”.

Boric entonces cae en una trampa de enmascarar la violencia al tratar de justificarla, en cuanto supuestamente el que la realizaría vive bajo una condición injusta. Sus declaraciones nos sugieren que, ejercer la violencia —incluso contra su propia persona— sería justificable en la medida en la cual el violentista viva una situación de injusticia. La condición de injustica entonces, para Boric, daría así un piso moral para poder justificar cualquier forma de violencia. Bajo esta forma de enmascararla, todos aquellos delincuentes que cometieron delitos y destrucción durante el estallido social serían ahora víctimas del Estado y, por consiguiente, podrían justificar sus respuestas violentas ya que se encuentran en situación de injusticia. Si uno se considera víctima de algo, pues resultaría correcto —según el análisis de Gabriel Boric— que se reaccione con ira, con descontrol y con violencia. Dicha lógica nos ayuda a entender conceptualmente el triste caso del barrio Lastarria y cómo políticos como Boric y Hassler le dan un sustento moral y filosófico al tratar de enmascararla.

Tercero y finalmente, la guinda de la torta proviene de la presidenta de la Convención Constitucional Elisa Loncón, quien declaró: “yo no tengo el estándar de Mandela en este momento para pedir que [los hermanos mapuches] bajen las armas”. De esta forma, Loncón se suma a Boric y Hassler al ser incapaz de condenar la violencia venga de donde venga, dándole un piso moral y justificatorio en la medida en que esta sea ejercida por personas que pertenecen a afinidades culturales, ideológicas o políticas, o simplemente por aquellos que se consideran meras víctimas. Loncón, al igual que en los otros dos casos, entrega así una base retórica y moral a la violencia al tratar de enmascararla en justificaciones y dichos en cuanto esta es ejercida bajo una causa supuestamente noble. Este estado de postración y extravío intelectual en Chile es precisamente lo que el filósofo chileno Jorge Millas, en su libro Filosofía de la Violencia (recientemente editado por la Fundación Para el Progreso), advertía que debemos evitar a toda costa. Debemos evitar el enmascarar la violencia y el filosofar sobre esta con el fin de ocultarla y de justificarla, tal como ha ocurrido en estos tres casos. Millas hace un llamado a ser responsables y a pensar la violencia desde las víctimas, cosa que Hassler, Boric y Loncón parecen estratégicamente desconocer, ayudando así a cultivar lo que el filósofo chileno denominaba una “antifilosofía de moda”. Jorge Millas nos advertía que, al coquetear con estas mascaras justificatorias, la violencia trasciende, anestesiando nuestra sensibilidad para con las víctimas y distorsionando la realidad, finalmente acabando con la convivencia pacífica y la democracia. En síntesis, como bien dice el refrán “quien siembra vientos, cosecha tempestades” —parece que en nuestro país la cosecha será abundante.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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