Las seis comunas

Si se me ocurriera fundar un colegio Waldorf, ¿por qué el Estado podría prohibírmelo? Las constituciones nacieron para proteger a los ciudadanos contra los abusos de los reyes, así que la nuestra debería tener como principal objetivo protegernos del Estado y los políticos: no debemos pedirles permiso para expresar cualquier forma nuestra individualidad mientras no dañemos al resto. Por eso la Constitución debe prohibir que aparezca una ley que nos impida fundar un colegio, un diario o un club, dejando libertad, eso sí, para las leyes que velen por el famoso mundo mejor: Simce, leyes laborales, ambientales, sanitarias, etc.

Los eufóricos del domingo en Twitter le daban y le daban con que esto era contra la élite. Lo mismo que cuando ganó Trump parece. Volaba también la idea de que por fin ahora se podría privilegiar a la comunidad por sobre el individuo. Se entiende la buena onda de esa declaración, más encima cuando viene del ñuñoísmo que fantasea debajo de sus parrones en contra de esos anticristos que viven en Lo Barnechea, Vitacura y Las Condes, tan diferentes a ellos, los pobres defenestrados e indefensos de La Reina, Providencia y Ñuñoa. Pero es peligroso obsesionarse con esta idea de privilegiar la comunidad —la Iglesia, el partido o la secta— en desmedro del individuo —el abusado, el militante disidente o la guagua asesinada—. Aunque suene pésimo, hay que privilegiar al individuo por sobre el colectivo. Después habrá que defender a la familia, pero a todos los tipos de familia. Quizás una de las leyes más indignas en nuestro país es la del matrimonio. Ya es bien extraño que nos obliguen a regular nuestras relaciones personales mediante formas preestablecidas por el Estado; pero más raro aún es que eso esté fundado en misticismos. Una nueva Constitución debería entonces prohibir esa ley, así como la que no nos deja fundar Waldorfs por su anacronismo —lo que debería ser un halago— o por su ubicación (los dos pretextos de la ley de Bachelet). Ojalá que quedemos con un régimen político dinámico, con fusibles institucionales y donde fluyan todas las discusiones —y que no taponee a los jóvenes, hoy endiosados, pero durante años bloqueados y ninguneados—. Es una paradoja que después del tremendo pape que le dieron a los políticos, éstos anden especulando y esperando darle más poder al Estado, más poder para ellos mismos. Delirantes ellos y quienes los apoyan. “Paradoja animal” se le podría llamar, la necesidad del líder fuerte. En todo caso, más importante que la Constitución será quizás el fortalecimiento de algo que creo más cultural, y que dependerá del virtuosismo de cómo operen nuestros líderes: el Estado de Derecho. Y ojalá se elimine o acote la reelección presidencial, para que, por favor, tengamos hombres y mujeres de Estado, y no deprimentes, grises y eternos candidatos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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