Publicado el 13.01.2015

Las razones de la decadencia europea

El gran Estado de bienestar de Europa Occidental se construyó sobre elevadas tasas de impuestos y un alto gasto público.

Hace un par de años el entonces flamante Presidente de Francia, el socialista François Hollande, anunciaba un impuesto del 75% para quienes ganasen más de €1 millón. Fue un despropósito que nunca llegó a aplicarse del todo, pero su efecto fue devastador. Hace unos días, como parte del viraje forzado de Hollande hacia el sentido común, se anunció que el tan mentado impuesto desaparecía. Sin embargo, es mucho más que un impuesto lo que debe desaparecer para que Francia y Europa Occidental recuperen su capacidad de progresar.

El Viejo Continente necesita de una verdadera revolución cultural para revivir. Debe volver a la cultura del esfuerzo y el emprendimiento que olvidó bajo el impacto tóxico del Estado de bienestar y la cultura de los derechos. Durante largo tiempo Europa ha estado dándole al mundo una lección insuperable de estupidez: persiguiendo a sus talentos, combatiendo a quienes tienen éxito, condenando a los que sobresalen y se enriquecen con su esfuerzo. Gérard Depardieu le puso rostro a esta estupidez hace un par de años, al exiliarse como respuesta a la tasa confiscatoria anunciada por Hollande, pero este síndrome autodestructivo viene ya de lejos. Para entender lo que ocurre en Europa Occidental hay que retroceder algunas décadas.

Tal vez el lector recuerde que a fines de los años 70 se acuñó el concepto de euroesclerosis, que resumía las dificultades de los países europeos más avanzados para adaptarse a un nuevo entorno global en rápida transformación. Europa reaccionaba lenta y defensivamente ante los cambios. Sus grupos de poder -como los sindicatos y las asociaciones profesionales y empresariales- optaron por la protección de sus intereses, incluso al precio de un alto desempleo crónico y un ritmo de crecimiento lento. Esta actitud se plasmó en una extensa maraña regulatoria y en el surgimiento de grandes estados intervencionistas, cuya función fundamental era garantizar el statu quo y una serie de derechos que la población europea creía que ya había adquirido de una vez y para siempre.

Así, el denominado Estado de bienestar creció desmesuradamente, hasta transformarse en el corazón de lo que se conoció como Modelo Social Europeo. El gran Estado se distinguió por los altísimos impuestos que imponía a fin de ampliar su poder sobre la sociedad y garantizar todo tipo de derechos y privilegios. De hecho, la carga tributaria promedio en Europa Occidental pasó de un 25% del PIB en 1965 al 40% en 1990, para luego seguir aumentando. A su vez, el gasto público también subió espectacularmente, hasta llegar a sus niveles actuales en torno al 50% del PIB. Esto llevó a una serie de problemas, como la pérdida de incentivos para trabajar, invertir en educación o emprender que necesariamente se genera cuando los impuestos alcanzan semejantes niveles.

Así, la política económica europea se orientó más a distribuir la riqueza ya creada que a fomentar la creación de nueva riqueza. Esta forma de actuar terminó transformándose en una verdadera cultura de los derechos adquiridos sin relación directa con el deber o el esfuerzo. De esta manera se debilitó el vínculo entre lo que se hace y lo que se logra, entre la responsabilidad individual y lo que se puede obtener de la vida.

Todas esas relaciones y valores fundamentales se fueron perdiendo en Europa. Las nuevas generaciones crecieron dentro de esta cultura de los derechos y se les inculcó que no tenían que preocuparse por el futuro, porque para ello estaba ese Estado que Margaret Thatcher con toda razón llamó “Estado niñera”. Estos son los célebres indignados que hoy vemos en las plazas de Europa Occidental, pidiendo derechos que ya nadie puede darles y votando por partidos populistas como Podemos en España y Syriza en Grecia, cuyo éxito solo puede acelerar la marcha de Europa hacia el despeñadero.

Estos jóvenes desorientados son las grandes víctimas de las promesas vanas del Estado de bienestar y de que nadie les haya enseñado que todo derecho tiene un costo, y que ese costo se llama deber, esfuerzo duro y cotidiano, responsabilidad personal y voluntad innovadora. Para ilustrar concretamente lo que este desarrollo ha significado en pérdida de capacidad para generar riqueza basten dos cifras: 26 son las empresas que se han creado en California desde el año 1975 y que están hoy en la lista de las 500 mayores del mundo.

Por su parte, toda la eurozona, con sus más de 300 millones de habitantes, solo ha sido capaz de aportar una compañía a la misma lista. He aquí el resultado condensado de unas estructuras y una cultura que no premian el esfuerzo ni el emprendimiento y hacen de la defensa del statu quo su principal afán. Hay muchos ejemplos similares, como el más de medio millón de científicos, técnicos y emprendedores europeos de primera línea que han buscado en Estados Unidos el lugar donde realizar sus sueños.

Este exilio de muchos de sus mejores talentos no solo le cuesta a Europa una pérdida significativa de prosperidad sino que, en gran medida, explica su creciente distanciamiento del liderazgo mundial. Este es el precio que Europa se ha autoimpuesto por seguir con su estúpida creencia de que puede mantener su bienestar evitando los riesgos y castigando al trabajo, el emprendimiento y el éxito. Ojalá que su triste ejemplo nos sirva de lección y que no nos dejemos embaucar por los vendedores de dulces sueños que terminan convirtiéndose en amargas pesadillas.

Fuente: Pulso

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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