La vertiente liberal-conservadora: una restauración para la derecha chilena

Las severas derrotas de la derecha chilena en las elecciones recientes han calentado los ánimos y el debate ideológico dentro del sector. Sin duda esta derrota puede ser considerada una de las derrotas electorales más grandes en el último medio siglo para la coalición de partidos de derecha.  De esta forma, tanto su parte política-programática como la intelectual se encuentran buscando posibles respuestas para analizar esta debacle y para encontrar explicaciones al debilitado arraigo de su proyecto político en la población chilena. En CIPER, por ejemplo, Hugo Herrera, ha argumentado que la debacle de la derecha se debe a sus fundamentos  intelectuales (o carencia de estos), ya que este sector político, según Herrera, ha sido profundamente economicista y supuestamente atado a Friedman y a la Escuela de Chicago. Esta estrechez economicista o “neoliberal”, según Herrera, habría reducido a la derecha a un mero defensor “recalcitrante” de intereses creados que impediría los esfuerzos de otros sectores de derecha “centristas y más dotados cultural e ideológicamente” para reconstruir un proyecto político con un “giro al centro”. Es decir, un nuevo giro, según Herrera, distanciándose de la “subsidiariedad eminentemente abstencionista, adhiriendo a la noción de una acción social y estatal solidaria”. 

De la misma forma, Claudio Alvarado, ha argumentado en CIPER, que la derecha chilena tiene por delante una “última oportunidad”, en el sentido en que debería convertirse no solo en “facciones dominantes” que buscan rechazar a priori cambios al status-quo económico-institucional, sino que más bien, debe re-articularse como una fuerza política pro-positiva que impulse transformaciones pero conducidas con sus propias ideas. En síntesis, “se menospreció la importancia de articular una narrativa consistente”, con “un marcado énfasis en lo social” y en donde la clase media fuera prioridad. Como bien reconoce Claudio Alvarado, el problema de la derecha, es “que pese a las múltiples señales que indican que la sociedad chilena aspira a grandes cambios en materia económica, política y social, el oficialismo jamás ha ofrecido un proyecto reformista anclado en su propia identidad y acorde a las circunstancias. 

Haciendo eco de dichas observaciones y de este debate entorno a como podemos reconstruir a la derecha chilena para las próximas décadas, nuestro objetivo en este ensayo, más que buscar hacer polémica gratuita y poco constructiva entre distintos sectores de la derecha nacional, y distribuir culpas a personas que no conocemos, es tratar de ofrecer ciertas luces en torno al cómo la derecha puede reconstruirse intelectualmente de manera que se convierta en un actor relevante en las transformaciones políticas, económicas y sociales que se vendrán en las próximas décadas. En virtud de esto, nuestro diagnóstico es el siguiente: si bien el fracaso fue electoral y político en estos últimos meses, este no se debe a una carencia o debilidad ideológica del sector, si no que más bien, se debe a que no ha sido capaz de hacer que estas ideas se articulen de forma clara y luego permeen de forma suficiente en la cultura, la ciudadanía—sobretodo los jóvenes post revolución  pingüina 2006— y en los territorios del país.   

De hecho, la derecha a nivel intelectual venía desde hace años en una especie de reconstrucción (Mansuy, 2016; Verbal, 2018), y es posible que así se mantendrá. Las riñas internas son consecuencias inherentes a ello y de tener diferentes visiones de mundo y del bien común. No obstante todas las disputas internas y las polémicas (muchas innecesarias) y los ataques ad hominem –sobre todo a empresarios nacionales y gente de algunos think tanks—  creemos importante afirmar que la derecha chilena, al menos aquella intelectual, sí vale la pena. Trataremos en las líneas que siguen de sostener dicha tesis. Estamos ante una crisis programática, eso es cierto, pero lo positivo es que una crisis siempre se puede interpretar como una invitación a colaborar, a replantearnos las cosas y, por consecuencia, nos exige respuestas, sean nuevas o viejas.   

¿Cómo podríamos explicar el cambio en la hegemonía política?

Esta es a todas luces una pregunta difícil, ya que responde a una multiplicidad de factores. En concreto, existen cuatro argumentos evidentes: problemas generacionales, desafíos económicos, desafíos socioeconómicos desatendidos, y profundos problemas culturales-intelectuales dentro del sector, que nos ayudarían a comprender mejor la debacle política de la derecha. Esta multiplicidad de factores terminó por provocar radicales cambios en el tablero político y con ello una transferencia de poder de facto, desde el viejo y desacoplado sistema de partidos hasta nuevos actores y pactos electorales antiestablishment. 

Primero, con respecto a la arista generacional, ya varios analistas habían advertido hace años que era necesario un recambio generacional al menos dentro de los partidos (Bellolio, 2019), y nunca se dio la prioridad en este tipo de cuestiones, claves para cualquier proyecto político, sobretodo desde la derecha. La izquierda, en ese sentido, y ya desde el 2011, supo leer el panorama y la necesidad de recambio generacional y de género con mayor agilidad, promoviendo un notorio rejuvenecimiento de sus bases y liderazgos —muchos de ellos ahora encarnados por mujeres profesionales—. Así las cosas, la derecha chilena y parte de la ex Concertación no hizo su tarea de un recambio serio de sus rostros políticos, motivo por los cuales se pude ver la gran cantidad de “hijos e hijas de” dentro de sus líneas políticas que fracasaron. Esto nos siguiere que no sería una crisis de las ideas o del “economicismo” como creen algunos, sino que más bien (en parte) una crisis generacional dada por la ausencia de recambio y de rostros que reflejen la actual diversidad de la nación, en donde los políticos de derecha se quedaron estancados con rostros de hombres santiaguinos del sector oriente de la capital y que tienen sobre los 50 años de edad.      

Segundo, para esbozar brevemente los problemas socioeconómicos, podría decirse que la causa económica es que Chile sin duda sufrió un fuerte estancamiento económico desde hace ya varios años (2013-2021). De hecho, la época de la bonanza, en la cual el país creció a grandes tasas (4,52% anual en PIB per cápita) ya pasó hace casi dos décadas. Llevamos largos años creciendo bastante poco (entre 2014-2018 solo tuvo un promedio de crecimiento del 0,88% del PIB) y la pandemia contribuyó a empeorar todo. Chile pasó desde crecer a más del triple que el promedio del mundo en el período 1985-2000, a crecer menos de la mitad de lo que crece todo el orbe. Una desaceleración enorme, digna de una atrofia económica. Todo esto evidencia que la última década (2010-2019) en materia económica, pareciera haber sido una década perdida. Lamentablemente, una parte de la derecha criolla ha olvidado este análisis esencial en el cual el crecimiento económico y la expansión de los mercados –como bien lo evidencia el Nobel Amartya Sen— es una condición necesaria, pero no suficiente, para el progreso de todos. Incluso algunos han tratado de desestimar esta atrofia económica tildando a aquellos que la evidencian como “neoliberales” que enarbolan argumentos “economicistas”. Sin embargo, si ser economicista tiene que ver con que la realidad material de las personas es uno de los puntos más importantes de la política y de su emancipación individual (Peña, 2017), y que por ello nos concentramos de forma obcecada en que las personas accedan a mejores bienes y servicios, entonces bienvenida sea dicha etiqueta. En suma, desentendernos de la economía y acusar a algunos de “economicistas”, en nada ayuda a que la derecha chilena se reorganice en torno a darle prioridad al bienestar de la clase media, a través de revigorizar nuestro hoy atrofiado crecimiento económico y poco competitivos mercados.   

Tercero, en cuanto a los aspectos sociológicos, podríamos decir que la sociedad civil en Chile no se ha fortalecido a un nivel que permita un regocijo del individuo en las asociaciones y en la diversidad institucional. La mayor parte de la teoría liberal y sociológica de la modernidad ha advertido los riesgos del cómo el desarrollo de una sociedad abierta tiende a erosionar inevitablemente aquellos lazos de las comunidades locales —eso que Durkheim (1987) llama “solidaridad mecánica”—. Lo que sucede, es que un número creciente de personas en una sociedad abierta y dinámica no cuenta con grupos particulares en los que pueda regocijarse o pedir ayuda en casos de desgracia (Hayek, 2014, p. 422). En ese sentido, es un dato de la causa afirmar que estructuras como la familia se han debilitado —entidad, dicho sea de paso, que los liberales consideraron fundamental e irremplazable por cualquier artificio humano— (Smith, 2019, p. 390). La cuestión es que la derecha partidista ha sido lenta en defender políticas públicas concretas que ayuden a fortalecer a la sociedad civil y a paliar esta situación de la modernidad y promover alguna forma de “solidaridad” sustentable y con buenos incentivos para la formación de una sociedad civil robusta, pero no cazadora de rentas.  

Para amainar estos problemas —porque erradicarlos es imposible—, parece ser necesaria la aplicación de un impuesto negativo al ingreso entre otras políticas adecuadas (Sapelli, 2019), que asegure un estándar de vida mínimo a las personas en ciertas situaciones y cuando un país alcanza un cierto nivel de bienestar (Hayek, 2014, p. 422) —en vez de un Ingreso Básico Universal, que en palabras del célebre economista  Daron Acemoglu, “es un buen eslogan, pero una mala política pública”—. Además, como complemento, se necesita una modernización urgente del sistema de donaciones en un sistema único y simplificado, que permita el despliegue de la verdadera solidaridad, que es aquella que surge no de la coacción, sino del sentido personal de solidaridad y empatía. Fuera de lo material, y para permitir a las personas un sentido de lo trascendente, revitalizando nuestras virtudes públicas, se deben sin duda fortalecer a las asociaciones civiles desde la voluntariedad, pero a través de reglas claras, generales y abstractas (Hayek, 2014; Ostrom, 2000), de manera que no haya discriminación y no se habrán las puertas a las cazas de rentas que terminarían por politizar a la sociedad civil. Al final, la derecha no debe olvidar de que es en nuestra libre asociatividad y cooperación donde cada ser humano puede perseguir sus propias “utopías” y proyectos de trascendencia —siempre que estos sean de forma voluntaria y sin que se construyan a desmedro de los proyectos colectivos de otros— (Kukathas, 2019).  

Cuarto, están también las razones culturales, históricas y de tradición intelectual, ya que la derecha se olvidó por casi dos décadas de desarrollar su propia teoría política y un pensamiento teórico de peso, cosa que la izquierda hizo muy bien durante todo este tiempo. Mas allá de los válidos llamados de algunos por rescatar a pensadores conservadores y católicos nacionales, como Mario Góngora, Gonzalo Vial, y Pedro Morandé –pensadores, dicho sea de paso, que solo son relevantes a nivel local—, no ha existido un trabajo serio por tratar de re-articular a la derecha chilena, bajo una línea más fructífera y amplia, como lo podría ser rescatar lo mejor del pensamiento liberal y conservador tanto nacional como internacional (Mahoney, 2015; Gómez, et al., 2020), de manera que se pueda construir un proyecto intelectual de más largo aliento y que no se mire el ombligo. En otras palabras, un proyecto intelectual que convoque a ambos lados de la derecha (liberal y conservadora), en vez de alienarlos y polarizarlos en un debate estéril. En este sentido, tiene mucho más futuro una teoría política para la derecha chilena, basada en las ciencias sociales y en la filosofía política del siglo XX, orientada en el pensamiento de Raymond Aron, Michael Oakeshott, Alexis de Tocqueville, Hannah Arendt, James Buchanan y Elinor Ostrom, entre otros, que en otras propuestas excesivamente eclesiásticas-conservadoras, comunitaristas o derechamente populistas que solo se basan en conceptos indescifrables (como el presunto “republicanismo popular y telúrico”) de escasa utilidad conceptual y no en la ciencia social. 

Además, existe hoy un sector de la derecha conservadora anacrónico: que niega el rol cultural e histórico del liberalismo en Chile; desestimando los aportes nacionales al pensamiento liberal, que deberían ser fuente de riqueza intelectual para el sector pero que rara vez son reconocidos. Por ignorancia, o por desidia, la derecha pensante rara vez bebe de la fuente intelectual de Courcelle-Seneuil, Lastarria, Cifuentes y Rodríguez, entre otros (Gómez, et al., 2020). Así las cosas, parte del sector se ha dedicado a enarbolar, de manera errada, que el liberalismo pareciera ser un invento foráneo que fue importado por la dictadura con la llegada de los Chicago Boys, por lo que no tendría cabida cultural en nuestra tradición latinoamericana. Nada más alejado de la realidad, por siglos ha existido un liberalismo que tiene una profunda tradición y raíz latinoamericana, que definitivamente forma parte de nuestra tradición. Más aún, el liberalismo nacional se ha preocupado, a lo largo de su historia, no solo de avanzar la libertad económica, sino que –más importante aún— de avanzar la libertad humana contra la opresión, contra los privilegios, y contra las injusticias (Gómez, et al., 2020). Dicho programa cultural tuvo amplia difusión y sus ideas fueron defendidas por dirigentes políticos chilenos tanto dentro del Partido conservador, como dentro del Partido Liberal. 

En suma, mientras exista un sector intelectual de la derecha que, por extraños motivos, desconoce el rol cultural e histórico del liberalismo en Chile y dentro del sector, y además no se permea de la teoría política liberal-conservadora a nivel internacional y de las ciencias sociales contemporáneas señaladas anteriormente, creemos poco probable que surja una rearticulación intelectual robusta dentro de la derecha chilena que genere luego frutos políticos; por lo que seguiremos no solo perdidos sino que además riñendo per nimiedades. De esta forma, dado este desierto cultural y dado el desinterés de la mayoría de los sectores pensantes de derecha de construir un puente intelectual y robusto entre liberales y conservadores —más allá de las peleas superficiales—, poco a poco fueron permeando en el país otro tipo de filosofías de corte populistas y antiliberales, que a través de razonamientos basados en la división entre una “élite corrupta” y la fascinación por la “voluntad del pueblo” que supuestamente era suprimida por dicha elite (Ruiz, 2015, 2020), se crearon las condiciones culturales para que la mayoría de los jóvenes hoy no se sientan identificados con una visión cultural de la derecha. Entonces, podemos plantear que efectivamente el relato cultural e intelectual unificador importa en demasía; el éxito intelectual y cultural de la izquierda en Chile nos enrostra el fracaso de la derecha chilena por 30 años, al ser incapaces de crear una columna vertebral común que sirva para encauzar un relato coherente y revitalizar las corrientes conservadoras y liberales dentro del sector.  

¿Una derecha sociológica y otra economicista?

Está claro que la crisis electoral reciente de la derecha pertenece a ella misma, en ese sentido esta es una afirmación tautológica. Como lo ha demostrado Sofía Correa Sutil (2016), este sector político históricamente ha detentado una diversidad de corrientes que a veces conviven de buena forma por largos periodos, pero que en otros entran en tensión o disputa. Quizás, en este momento, la falta de un proyecto integral de sociedad formado por mínimos comunes definidos de buena forma entre liberales y conservadores pasó la cuenta, sumado a la profunda desconexión de la elite de derecha con ciertos sectores de la población y al descuido del ámbito cultural —letras, arte, música—, que permite el acercamiento con las personas.

Pese a todo, querer decir que la posición de Milton Friedman sigue siendo hegemónica dentro del sector es una afirmación cuestionable. Gran parte de los intelectuales de derecha hoy ya no comulga con los postulados de Milton Friedman, ni lo siguen al pie de la letra en materia económica. Se debe ser cuidadoso al momento de distribuir culpas. Asimismo, varias de las propuestas económicas del académico de la Universidad de Chicago nunca fueron aplicadas en el país —hubiera sido bueno darle una vuelta a su sistema amplio de vouchers en educación e impuestos negativos sobre la renta, entre otros—, y muchas de las que sí fueron aplicadas ya se reemplazaron. Así las cosas, interpretar de forma errónea la teoría de un pensador y hacerla pasar por una cita del mismo no contribuye a la discusión. Hugo Herrera, por ejemplo, en su ensayo de CIPER“resume” la teoría de Milton Friedman enarbolando “que el orden económico neoliberal es la base de un orden político adecuado”. Pero en realidad para el liberalismo —y para todos los economistas liberales serios— esto es totalmente al revés; ya que, como explica el Nobel Ronald Coase (1991), si no se poseen las instituciones adecuadas es imposible mantener un orden “neoliberal” o económico eficiente. Esta distorsión de Herrera, comete el error de olvidar que una base importante del pensamiento liberal se basa en los análisis de autores que dieron suma importancia al orden político, moral, social, e institucional, tanto formal como informal. Entre ellos se pueden encontrar a los Premios Nobel James Buchanan, Douglas North, Ronald Coase, Elinor Ostrom y al mismo Hayek, el presunto padre del “economicismo”. En suma, basta con hacer una lectura honesta de estos pensadores Premios Nobel de Economía, que son pilares fundamentales del pensamiento liberal contemporáneo, para darse cuenta de que tal “economicismo” o presunta “supremacía de lo económico por sobre lo político e institucional” es un mero hombre de paja que no tiene relación con el programa cultural liberal actual. 

Con todo, la tesis de que los sectores liberales “más radicales” de la derecha —como supuestamente seríamos nosotros dentro de la Fundación para el Progreso— carecen de base sociológica e histórica es una afirmación profundamente equivocada. Es más, el liberalismo se sustenta en diversos autores que pueden ser considerados como los primeros sociólogos y estudiosos de la sociedad (i.e., Tocqueville, Menger, Hume, Ferguson). Debe tenerse en cuenta también que esta no es una corriente estática o un dogma incuestionable como muchos parecieran creer; sino que ha ido mutado en el tiempo, pero esto no quiere decir, como bien lo reconocía Oakeshott (2017), que el proyecto liberal actual no tenga arraigos en la tradición cultural y que comulgue con, y respete a, la tradición conservadora al considerar relevantes el rol de la familia, la religión, las asociaciones civiles, los barrios, etcétera (Hayek, 2014).   

El liberalismo además, como hemos mencionado, tiene precedentes clave dentro de la historia nacional a través de ilustres personajes como Jean Gustave Courcelle-Seneuil (2019), José Victorino Lastarria (Gómez, et al., 2020), Zorobabel Rodríguez, o el mismo Andrés Bello —pese a ser de posición filosófica utilitarista—, quien, siguiendo la tesis de Iván Jaksic (2001), vino a poner orden en nuestras relaciones personales y privadas, consagrando uno de los elementos imprescindibles para esta doctrina: el derecho privado. 

Por otro lado, es correcto, y perfectamente compatible con la antropología humana, que damos una mirada importante (pero no única) al ámbito económico y a los intercambios mercantiles, ya que lo consideramos como una consecuencia inherente a la libertad individual del ser humano y a su propensión a la cooperación en sociedad (Smith, 2020, p. 54; véase también Sen, 2000). De hecho, muchos liberales hoy, para entender las relaciones cooperativas tanto en el mercado como dentro de lo político, utilizan elementos de las ciencias sociales que se derivan de los trabajos del institucionalismo, de los procesos de mercado y de las escuelas de economía política como Virginia y Bloomington, entre otras. Lo anterior no quiere decir que no poseamos fundamentos sociológicos y antropológicos para nuestra comprensión de la buena sociedad y de lo público. De hecho, resulta difícil concebir una teoría política liberal sin los análisis sociológicos y antropológicos de Adam Smith, Adam Ferguson, David Hume o de Montesquieu. 

No tendríamos tampoco una comprensión adecuada de la realidad y del pluralismo institucional, ni las categorías para intentar comprenderla si no utilizamos y releyéramos constantemente las enseñanzas de los grandes liberales del siglo XIX, como John Stuart Mill, Lord Acton o Alexis de Tocqueville —a quien Raymond Aron (1970) calificara como uno de los sociólogos más importantes—. En este sentido, tomarnos en serio a tales pensadores, en vez de obsesionarnos con lo que dijo, o no dijo, Milton Friedman, ayudaría a que parte de la derecha descarte de buena vez aquella absurda etiqueta de que el liberalismo busca “atomizar al individuo” y “subsumirlo al orden del mercado”; cuando en realidad lo que se busca es el despliegue absoluto del ser humano en todas sus expresiones sociales y cooperativas, tanto dentro de la sociedad civil, como dentro de una pluralidad institucional que incluya las relaciones mercantiles. Al final de cuentas, como bien lo advertía el filósofo escocés Adam Ferguson (2010), es sólo dentro de la sociedad civil y en el archipiélago de asociaciones cooperativas en donde el ser humano puede desarrollar sus más grandes talentos, desplegar su amor por el prójimo y preservar su conciencia (Kukathas, 2019). De esta forma, el liberalismo hoy sugiere que, dándole importancia a la libertad de asociación, expresada a través de mecanismos no estatales, fortaleciendo a la sociedad civil para que no sea desplazada ni por el Estado ni por el mercado, y manteniendo una apreciación por la diversidad institucional y por el crecimiento económico, podemos entonces proponer un sustrato intelectual que permita reconstruir a la derecha chilena. Esto ayudaría a proponer un cambio cultural que haga eco en una ciudadanía moderna que ya superó hace décadas las lógicas de la guerra fría. En suma, todos los pensadores mencionados y el foco en la pluralidad institucional y en una sociedad civil robusta, que complemente a mercados dinámicos, competitivos y regulados al favor de la ciudadanía, pueden ser el mínimo común aglutinador para la derecha en las próximas décadas. 

De esta forma, muchos de los autores ya mencionados pueden tender puentes positivos entre los centros de estudios de derecha. Pensadores como Tocqueville, Lord Acton, Amartya Sen, Elinor Ostrom o Michael Oakeshott pueden crear lazos entre la tradición liberal, conservadora e inclusos con otros sectores del liberalismo, como su corriente igualitaria. Sin embargo, pareciera ser que dichos puentes intelectuales no son posibles de extender hacia posiciones que promueven cuestionables proyectos de unidad “populares” monolíticas, en donde se exalta la idea de una presunta nación compacta o pueblo arraigado a un territorio, en donde dichas nociones se contraponen al individuo heterogéneo y a su conciencia. Es decir, la reconstrucción intelectual de la derecha debe dejar de lado aquellas tradiciones omniabarcantes, dominantes, y enemigas de la pluralidad y de la libertad de asociación, como son algunas posiciones de derecha que se construyen en base a autores brillantes pero con profundos sesgos monolíticos y autoritarios como los son: Carl Schmitt, Francisco Antonio Encina o Alberto Edwards. 

De hecho, estos pensadores monolíticos o anti-liberales parecen ser claves para analizar de forma adecuada las fuerzas políticas del momento y el profundo extravío de la derecha chilena. Ya que estos son contradictorios a un proyecto liberal-conservador debido a sus marcadas posiciones dominantes, antiliberales y por su apología a personajes redentores “virtuosos”, como Diego Portales, quien planteaba, por ejemplo, la necesidad de reconstruir “un poder muy fuerte custodio de todos los grandes intereses de la sociedad y que reposara en la sumisión y el respeto de esos mismos intereses que defendía”. Los tiempos actuales ya no necesitan este tipo de aspiraciones monolíticas y nacionalistas, con peligrosos sesgos autoritario-populistas, en donde un supuesto pueblo idealizado, compacto y homogéneo se integre con la tierra y su pastoral.  

Conclusiones para reconstruir la vertiente liberal-conservadora

En definitiva, si una parte de la derecha es acusada de carecer de un tronco histórico y sociológico, también podría acusarse a que la derecha nacional-popular tiene una carencia profunda de conocimientos sobre economía y teoría política, los procesos de gobernanza y de las instituciones cooperativas y del mercado. Esto es notorio en diferentes escritos, por ejemplo, de Hugo Herrera ente otros conservadores. Tomemos, como breve ejemplo, su compresión política del “pueblo” en clave hermenéutica. 

Para Herrera (2019, p. 23), el pueblo no es una cosa, sino algo etéreo parecido a “un acontecimiento”, esto hace difícil sostener un análisis institucional y científico del fenómeno. Sostiene además que “el pueblo, como un dios, aterroriza y redime. Su impulso no admite refutación. En el arrebato de su furia y el soplo de su espíritu, es capaz de transmutar la sociedad y la política. Es caos, es justicia” (ibíd., p. 24). Se puede apreciar en Herrera, su uso vago, pero lírico, de un lenguaje teológico-político como lo hacia, con mayor éxito, el poeta protofascista Gabriele D’Annunzio y la marcada influencia del jurista (y militante Nazi) Carl Schmitt —Y, quizás, ¿existirá algo de Miguel Serrano en su estilo?—. El problema de fondo, es que su “definición” de pueblo no es una definición, si no tan sólo un juego léxico de analogías y de otras figuras literarias. Es una idealización confusa que no aporta a la reconstrucción intelectual del sector. Los conceptos, rigurosamente hablando, tienen una unidad de significado y una pluralidad de realizaciones individuales y la definición intenta capturar esa unidad de significado. Así, para obtener la definición esencial de la cosa, se debería enunciar el género próximo y su diferencia específica (Orrego, 2016, p. 132), cosa que no está ni cerca de ocurrir acá.

Herrera, ante su falta de manejo de economía política e institucionalismo, y por tanto de la acción humana y de la pluralidad de formas mercantiles, sociales, y cooperativas que emergen bajo esta, termina por vilipendiar a la cooperación mercantil y al desarrollo económico, desestimando además a la pluralidad y la heterogeneidad de nuestras creencias y conciencia, para así peligrosamente idealizar un ente monolítico o, es más, por endiosar a lo “popular” como aquello etéreo que puede ser discernido solo por el poeta-político, a lo D’Annunzio o su pupilo más aventajado Mussolini (Scurati, 2020). No obstante, diversos pensadores ya han evidenciado a través de múltiples estudios científicos que la “voz del pueblo” no existe (véase nuestro ensayo en Revista Individuo al respecto), y que ni la democracia representativa ni ningún método democrático puede discernir la voz de aquella abstracción (Riker, 1982). En ese sentido, Herrera y otros conservadores populistas-nacionalistas, presa de su constructivismo y de su desconocimiento del funcionamiento de la realidad comunal de los sectores populares y rurales, peca por divinizar algo que es profundamente terrenal, imperfecto y falible. Sin duda esta mirada sobria y científica de la economía política se ve en clara desventaja, al no poder replicar a aquella lírica o conmovedora épica que brota, por ejemplo, del texto de Tancredo Pinochet —autor utilizado por Herrera—, Inquilinos en la hacienda de su Excelencia

Aun así, los liberales tenemos conciencia de que los movimientos sociales obedecen a diferentes causas reales, ya sean normativas, económicas, laborales, sociológicas, aunque tengamos una mirada más desencantada y terrenal del fenómeno. Y es que cuando se estudian los textos de grandes pensadores como: George Stigler (1971), quien explica como los grupos de presión luchan para obtener el poder de coerción del Estado, para obtener beneficios regulatorios sobre los demás y extraer rentas a desmedro de todos; o, cuando se aprecia la conducta humana en ciertas situaciones bajo el análisis de costo-beneficio como lo hacia Gary Becker (1998); o, cuando se utiliza la teoría de Elinor Ostrom (2000) quien constató como los seres humanos poseen intereses propios que los llevan a cooperar y a unirse con otros para buscar aquellos fines en común; o, cuando se tiene en nuestra “caja de herramientas” los mecanismos de la “lógica de la acción colectiva” de Mancur Olson (2005), —entonces, pareciera que la presunta divinidad pastoral del pueblo y las abstracciones rimbombantes utilizadas para definir a una comunidad organizada (con intereses específicos) se caen a pedazos. 

Lo que se deja ver entonces, es que bajo aquella ilusión de órgano (pueblo y su territorio arraigado), sólo existe una multiplicidad de personas de carne y hueso iguales a nosotros, que persiguen intereses personales, fines justos o injustos, privilegios de todo tipo, y otro sin fin de cosas mucho mas terrenales que los cantos de sirenas populares que enarbolan ciertos intelectuales nacionales. Como precisamente se percató que ocurría con la administración pública chilena Carlos Vicuña, en su libro La tiranía en Chile, y como notó respecto a la misma Enrique Mac-Iver en su Discurso sobre la crisis moral de la República. En síntesis, sí existe realmente una derecha chilena que no vale la pena y que merece ser descartada: aquella que no cultivó durante todos estos años un pensamiento rigurosos, científico, y político integral y que no buscó reconstruir los puentes intelectuales entre el liberalismo y los conservadores, ya que se dedicó a peleas nimias y a mirarse el ombligo obnubilados con hombres de paja y con la crítica fácil al “economicismo” y a, como olvidarlo, la supuesta causa de todos nuestros males ¡Milton Friedman! —más cómodo es la superficialidad de todo lo anterior, que darse la tarea de leer a fondo a los pensadores citados a lo largo de este ensayo para construir un proyecto de verdad. 

Es de esperarse que, dada la actual debacle en la derecha, aquellos grupos facciosos, populistas, y poco constructivos vayan quedando marginados en el debate intelectual con miras a construir algo positivo en vez de apuntarnos con el dedo. Creemos que solo construyendo una columna vertebral liberal-conservadora, rica en ideas, en ciencias sociales, y utilizando a los pensadores mencionados, la derecha puede reconstruirse y evitar caer en la irrelevancia por las próximas décadas. Como bien nos advertía el gran pensador liberal John Stuart Mill (2011), “el futuro de la humanidad correrá grave peligro si las grandes cuestiones son dejadas a merced de la lucha entre el cambio ignorante y la ignorante oposición al cambio”. Esta advertencia es particularmente atingente para la derecha chilena y su renovación liberal-conservadora. La tarea de reconstrucción es entonces inmensa y requiere de altura de miras, cooperación y despojarse de egos y pugnas personales; manos a la obra. 

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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