La silenciosa ciencia

“¿Algún reporte de un picaflor extraño por Zapallar?” Así decía el aviso que un gringo publicaba en uno de los primeros Boletines Ornitológicos, en 1969. El aviso era en inglés, ya que ese boletín lo editaba el Instituto Chileno-Norteamericano de Cultura ⸻la riqueza, conocimiento y civilización del imperio nos azotaba⸻. Y esa pregunta era porque Alfred W. Johnson había publicado años antes que, en enero de 1961, el Dr. Johow había pillado diez Picaflores de Juan Fernández con redes para cazar mariposas y los había soltado en Zapallar. Desaparecieron tres meses después, pero algunos habían regresado en diciembre, según decían “personas bastante confiables”. Eso lo publicó Johnson en su versión renovada y en inglés del que fue uno primeros libros sobre pájaros chilenos: Las aves de Chile, su conocimiento y sus costumbres publicado por él, Jack D. Goodall y Rodulfo A. Phillipi, de 1946 y 1951, que condensada información nueva y la dispersa en diferentes publicaciones de R. Barros, G. Millie, C.E. Hellmayr y otros.

El Boletín Ornitológico pasó a llamarse Boletín Informativo para luego llamarse Boletín Chileno de Ornitología, y quedar a cargo de la UNORCH. Ahí se publicaba tanto ciencia como escritos más libres a los que no se les exigía formatos académicos. Hace unos años, el Boletín había dado un salto hacia lo científico siendo rebautizado como Revista Chilena de Ornitología a cargo de Daniel González, quien murió la semana pasada prematuramente. Yo seguía su silencioso trabajo en la Revista, a la que le había dado este nuevo impulso luego de ser sostenida heroicamente por Alejandro Simeone y cía. Era el camino natural de la publicación, ya que la “ciencia ciudadana” se había tomado otras plataformas como eBird o La Chiricoca ⸻de la ROC⸻. Daniel fue un prolífico investigador, publicando incluso sobre zoonosis, por lo que en la última edición de junio hizo un detallado análisis de los coronavirus que arremetían contra nosotros y otros animales. Llamó además a entender la naturaleza. Otro ornitólogo escribió ahí mismo, y a propósito de la pandemia, sobre la importancia de la observación de pájaros en la salud y la conciencia.

De los Picaflores de Juan Fernandez en el continente nunca más se supo, pero, al menos en Santiago, el Picaflor Chico fue un protagonista pandémico. Muchos pensaron que se habían asomado por primera vez en la ciudad, como los pumas, pero no, los picaflores nos visitan todos los inviernos. Quienes creyeron eso lo hicieron solo porque era primera vez que se detenían en ellos. Esperemos que pumas y picaflores nos concienticen acerca nuestra ignorancia y de la importancia de oír y respetar humildemente a nuestro planeta y a los científicos, ya que como nunca dependeremos de las personas que, como Daniel, dedican su vida silenciosamente a descubrir nuestra naturaleza.

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