La responsabilidad social empresarial

‘…sospecho que los ejecutivos generosos con la plata de los accionistas son como los intelectuales, están llenos de ideas respecto de lo que los demás deben hacer con su dinero, pero cuando se trata del propio, lo invierten en empresas rentables…’. En su columna del pasado martes, don Eugenio Tironi, criticando a Milton Friedman y su idea de que las empresas deben dedicarse a generar utilidades cumpliendo con la ley, nos llama a superar ese concepto y a revisar el capitalismo y la forma en que las empresas enfrentan su responsabilidad social.

Tironi plantea una discusión crucial, que está en el centro del quehacer empresarial, y donde muchas veces se confunde responsabilidad social con caridad, se tergiversa a Friedman y se desnaturaliza el rol de la empresa, pretendiendo que se dedique a ejercer funciones que corresponden a otras entidades como ONGs, fundaciones o las propias personas naturales.

Cuando dos personas con ideas, capacidad de trabajo y capital forman una empresa tienen un propósito a la vista: hacer un negocio, realizar un sueño del cual vivir y prosperar. No tienen en la cabeza hacer caridad, educar al prójimo o salvar el planeta. Para eso existen otras instituciones mucho más idóneas, como las iglesias, ONGs o fundaciones. De hecho, muchos empresarios participan en ambas: tienen empresas donde generan riqueza y participan en organizaciones sociales donde usan esa riqueza para satisfacer fines altruistas.

Las empresas deben comportarse como buenos ciudadanos corporativos, deben cumplir con las leyes; capacitar, integrar y desarrollar el potencial de sus trabajadores; hacerse responsables de las externalidades negativas de su actividad y servir a sus clientes y consumidores. Solo sirviéndolos con buenos productos y servicios que esas personas valoren y estén dispuestas a pagar por ellas, sirven a la comunidad. Esta es la moralidad intrínseca del capitalismo. Lo dijo Adam Smith y lo confirmó Friedman: solo sirviendo al prójimo las empresas tendrán éxito.

Es fácil confundirse cuando se manejan compañías grandes y empezar a hacer filantropía con dinero de los accionistas. Friedman denunciaba esto diciendo que las personas cuando gastan dinero propio en solucionar un problema propio se preocupan de la relación precio-calidad, pero cuando gastan dinero ajeno en solucionar un problema ajeno, les interesa el aplauso. Cuando las empresas hacen trabajo social —que muchas lo hacen— deben buscar una relación de gana/gana, teniendo un retorno para ellas. Si aportan en campañas políticas es porque una buena política genera un mejor país y un ecosistema económico virtuoso para la empresa, no porque simplemente el gerente quiere ayudar con plata de los accionistas al partido de su preferencia.

Una persona con su dinero puede ahorrarlo o gastarlo. Cuando gasta, lo hace en necesidades personales o filantropía. Cuando invierte, busca rentabilidad. Por la misma razón que la gente no invierte en el Hogar de Cristo buscando rentabilidad económica, tampoco lo hará en acciones de sociedades buscando un retorno social. Muchas personas quieren invertir en negocios compatibles con sus valores, y es muy respetable, pero distinto es exigirles a las empresas que sacrifiquen rentabilidad para adaptarse a los valores de uno o más accionistas.

Cuando las administraciones de empresas hacen filantropía o gastan el dinero de los accionistas en causas distintas de aquellas que definen su objeto social, las normas legales aplicables, o donde no obtienen algún retorno para ellas, no están poniendo ‘su dinero’ donde ponen su boca, sino que el dinero ajeno. Sospecho que los ejecutivos generosos con la plata de los accionistas son como los intelectuales, están llenos de ideas respecto de lo que los demás deben hacer con su dinero, pero cuando se trata del propio, lo invierten en empresas rentables.

No existe un único capitalismo; de hecho, este adquiere muchas formas, de manera que proponer cambiarlo supone definir cuál de todos se quiere cambiar y a cuál se quiere transitar. Unos dieron por muerto a Dios, otros al comunismo, y algunos al capitalismo. Esas profecías no se han cumplido; de hecho, las amenazas que enfrenta la civilización provienen del islamismo radical para la paz, del comunismo para la democracia y del socialismo intelectual para el capitalismo. Ojalá ninguno tenga éxito.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: