La resaca

Más allá de cualquier balance en torno a la elección presidencial, queda la sensación de que este último proceso debilitó profundamente la figura del Presidente como una institución republicana.

“la figura del estadista debe lidiar con formas adversas porque gobierna para todos y no solo para algunos”

Si hay algo que en las tres últimas elecciones presidenciales parece haber sido olvidado de manera creciente, es que los presidentes gobiernan países y no ficciones de estos. Sin embargo, la dinámica de quienes han aspirado a La Moneda en los últimos años ha sido enarbolar demandas sectoriales según las tendencias y no según proyectos país mirados en perspectiva y con responsabilidad. Bajo esos criterios, la figura del estadista que debe lidiar con formas adversas porque gobierna para todos y no solo para algunos, ha tendido a ser reemplazada (¿nuevamente?) por la figura del paladín que promete mucho a aquellos que considera sus adeptos. en desmedro de los que cree sus adversarios irreconciliables. En ello hay un leve atisbo del populismo que permea incluso en democracias de alta factura.

Gobernar como presidente no implica satisfacer todos los afanes de los partidarios. sino que significa esencialmente orientar el ejercicio del poder político, dentro del marco democrático, hacia cauces adecuados entre fuerzas diversas. El Presidente es un poder del estado más, que ejerce un contrapeso frente a otros poderes. No es un rey con banda que debe hacer feliz a su pueblo ni una especie de caudillo en una supuesta de lucha de clases. Eso, se ha olvidado en torno al rol que juegan los presidentes en una democracia pluralista.

La resaca electoral dará paso a la necesidad de comprender cuán debilitada está la figura presidencial en ese sentido en nuestro sistema político y cuan fútil y reduccionista es la discusión en torno a un giro hacia un gobierno de derecha o izquierda sin considerar el carácter institucional del propio presidencialismo. En ese sentido, la configuración del propio Congreso será un factor determinante que hará que el próximo gobierno de Sebastián Piñera adquiera un cariz incierto, pues éste último tendrá la misión, ahora con la banda tricolor puesta, de reimpulsar el rol del presidente como elemento de balance entre fuerzas diversas en un escenario político chileno complejo y desafiante. Esa ha sido el rol presidencial desde el retorno a la democracia cuando Patricio Aylwin asumió el poder ejecutivo en Chile y es la óptica que poco a poco se ha ido perdiendo respecto a quienes llegan a la primera magistratura.

Lo que se ha olvidado, en parte por la propia dinámica estable de nuestra democracia, es que cuando elegimos presidentes, no elegimos sólo una persona a la que se le pone una banda tricolor por cuatro años para favorecer determinadas posiciones políticas, sino que elegimos a alguien que asuma el carácter institucional de la presidencia dentro de una República democrática. Para ello, se requiere más destreza política que simpatía y sonrisas, pero sobre todo responsabilidad.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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