La república del chamullo

Entre las muchas palabras del lunfardo -ese dialecto que hablan los bonaerenses- y del cual importamos varias como “piola”, “chanta” o “atorrante”, a mí la que más me gusta es “chamullo”. Esta palabra viene del gallego y significa “hablar bajito”, pero para nosotros significa, “engrupir”, “cantinflear”, lograr a través del verbo engatusar al prójimo, hablando mucho y diciendo poco cuando se ignora o se quiere ocultar la verdad. Personajes inolvidables como Cantinflas, Canitrot y El Chavo del 8 destacan en la disciplina.

De ahí viene la palabra “chamullero” que es quien ha hecho del cantinfleo un arte. Me acordé de esta palabra porque si este Gobierno quiso pasar a la historia lo logró, será recordado como chamullero.

Este gobierno ha brillado en el arte del chamullo. El “programa”, que fue enarbolado como una obra maestra de políticas públicas no es sino un refrito de lugares comunes de la izquierda setentera que son una gran chapuza utópica. Prometer lo que no se puede cumplir, en todos los países termina con crisis económica, destrucción de instituciones y problemas de convivencia social. Por supuesto los chamulleros le echan la culpa a la prensa, a la élite y a la economía internacional.

La reforma tributaria, por ejemplo, iba a gravar a los más ricos sin afectar inversión ni crecimiento. Puro chamullo, cayó como piano la inversión, el crecimiento se detuvo y todos los chilenos pagarán la cuenta. Los chamulleros por supuesto le echan la culpa al cobre y a conspiraciones intergalácticas.

En materia educacional el chamullo ha sido de antología. Ningún peso estatal podía ir a entidades privadas con fines de lucro. ¿Ha visto frase más absurda? Los privados si no lucran no pagan impuestos y el fisco se muere de hambre. El Estado todos los días compra remedios, comida y servicios públicos a empresas privadas lucrativas y eso es moralmente correcto. Íbamos a tener educación gratuita, pública y de calidad y solo lograron lo impensable: deteriorar el Instituto Nacional. La única verdad -pero que irónicamente parecía chamullo- era que querían bajar de los patines a los aventajados y lo lograron. Algunos iluminados del Mineduc dinamitaron la educación subvencionada en Chile y ahora no saben como salir del galimatías regulatorio que armaron. El lucro, el sexo, el poder, la gloria, el amor son impulsos humanos que no se pueden suprimir, salvo en el delirio de algunos que quieren crear al hombre nuevo. Yo soy de los hombres viejos y ningún chamullo me va a quitar mi humanidad.

Pero como Cantinflas no descansa, y siempre está el riesgo que lo desnuden, querían suprimir la enseñanza de la filosofía (desmentido tras el clamor popular). Obvio, cualquiera que estudie lógica distinguirá entre el chamullo y el razonamiento lógico, entre causalidad y correlación. Por eso había que eliminar el arte de pensar. Para qué leer a Aristóteles, Kant o Hayek si tenemos “el programa”; para qué pensar si basta con escuchar la voz de la calle.

En materia constitucional, donde nunca debiera caber el chamullo, nos embarcaron -o embaucaron- en una aventura que parece y se comporta como un chamullo, luego nada bueno puede salir de ahí. Los cabildos son inútiles y poco representativos y las consultas son intelectualmente pueriles y jurídicamente prosaicas. Regalar bienes y servicios (“derechos sociales” los llamarán los chamulleros), carísimos de proveer en un país pobre, es un chamullo de justicia criminal más que de derecho constitucional.

Y como el arte de gobernar se ha transformado así en el arte de chamullar, yo me sumo al cambio de gabinete y propongo a algunos eximios de la disciplina: Negro Piñera en Trabajo; Profesor Tutu Tutu en el Mineduc; Che Copete en ¡Salud! y Arenas de vocero, para que nos explique de nuevo eso de que las reformas no afectaban la economía.

Pero el Gobierno es incansable en seguir chamullando. Qué me dice de la ministra del Trabajo deslumbrándonos con sus teorías estadísticas, o el canciller justificando recibir al canciller de un gobierno femicida y las explicaciones para no publicar la encuesta Casen 2015; o el arte de transformar el afano de Myriam en un juicio a las AFP. Finalmente, lo que me parece más risible de este Gobierno es esa moda de hablar con los 2 géneros: “chamullentos y chamullentas”, a mí me basta con uno -sea el masculino o el femenino- porque como hemos visto, el chamullo no reconoce edad, sexo ni condición.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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