La paradoja

La última encuesta CEP refleja lo que a estas alturas podríamos considerar una paradoja chilena. Por un lado nuestro país parece estar altamente politizado, con marchas en las calles cada semana y matinales de televisión que ya no hablan toda la mañana del último chisme, sino de política. Incluso en los almuerzos y las reuniones sociales pareciera ser que la política está presente. Muchos aluden este fenómeno a una “ideologización” y una polarización de la sociedad chilena. En parte hay eso. Y ahí están, claro, esa minoría radical como los estudiantes de la ACES y otros tantas que simplemente se dedican a los desmanes como deporte. Sin embargo, la encuesta CEP denota que un 72% de los encuestados no se identifica con ninguna tendencia política. Entonces, ¿de qué ideologización se habla al observar el contexto chileno actual?

Si nos remontamos a los años 90, cuando se iniciaba el retorno a la democracia en Chile, lo que pareció promoverse con ahínco fue una abierta política de despolitización entre la ciudadanía. Esta perspectiva, presumiblemente derivaba de la idea de que había que evitar las cargas ideológicas para evitar la polarización política y generar mayor cohesión social, se tradujo no solo en una especie de creciente anulación del debate político, sino también una noción más bien castrada de la ciudadanía. Lo técnico, por razones obvias, se impuso a lo dialógico y lo político. Los ciudadanos entonces tenían que ser agentes pasivos, cada vez más ignorantes y desligados del acontecer, que simplemente debían esperar que los expertos administraran de manera adecuada las cosas y las anunciaran de forma rimbombante en su favor.

“Mientras crecíamos económicamente y nuestro bienestar aumentaba, fueron desapareciendo los vínculos simbólicos entre los ciudadanos y las instituciones que cimientan cualquier orden político”.

La política chilena entonces se volvió cada vez más un espacio de intercambio de intereses, de mercadeo entre diversos actores. En un escenario así, no se siembran convicciones sino conveniencias. Al mismo tiempo nos hacíamos más ricos, crecíamos como nunca lo habíamos hecho en toda nuestra historia y derrotábamos la pobreza estructural que en otros países del continente es endémica. Pero hay cosas que no se compran con tarjetas de crédito, como las legitimidades. Así, en paralelo, mientras crecíamos y nuestro bienestar aumentaba, fueron desapareciendo los vínculos simbólicos entre los ciudadanos y las instituciones que cimientan cualquier orden político. Que no tienen que ver con que los ciudadanos dependan de los políticos apunta de asistencialismo, sino con aquello que se visualiza como un horizonte común. No es raro que las personas no conozcan el contenido de una Constitución que desean cambiar con ahínco, o que no conozcan cómo funciona el sistema de pensiones que los rige o que desconozcan cuáles son las reales funciones de los diputados. Tampoco que no sepan qué es la presunción de inocencia o qué significa la inflación en términos estrictos. Ahí hay un vacío no menor en relación con las fuentes de legitimidad de las instituciones que nos rigen.

En cierto modo, la política de los intereses surgida de la política de despolitización fue configurando el escenario actual chileno, a punta de servicio ofrecidos con parafernalia, en paralelo al uso de subterfugios descarados, impunidades, cuestiones reñidas con la probidad y una creciente laxitud en muchos aspectos, que hoy nos sorprende pero que no debería hacerlo en términos estrictos. Y ahí está la enorme desconfianza en las instituciones vigentes que la misma encuesta CEP expresa de forma clara. Muchos olvidaron que el orden y por ende la libertad, no solo se conforman factualmente sino simbólicamente.

En otras palabras, la política de despolitización dio paso a un vacío simbólico en términos políticos e institucionales que ha sido llenado mediante un proceso derivado del acceso a bienes, a internet y redes sociales. Por eso, en todo lo que ocurre hoy en Chile no hay líderes visibles ni tampoco hay propuestas más allá de reclamaciones parcializadas o esa ambigüedad de cambiar el modelo por otro que, sin embargo, parece no conocerse. Es tal la incomprensión en ese sentido, de los elementos subterráneos de índole cultural y social que están detrás de lo que ocurre en Chile, que las posturas se entrampan en una superficialidad, entre el apoyo o rechazo a la constitución. Pero esa disputa tiene una fuerte pretensión de índole simbólica, que en parte responde o se explica por ese vacío respecto a lo que para muchos tiene el carácter de algo más bien mitológico, donde la carta constitucional sería la causa de todos los dramas y la respuesta a los mismos.

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