La paradoja de Tocqueville

Hace 160 años falleció Alexis de Tocqueville, quizás uno de los principales pensadores liberales de todos los tiempos, pero también uno de los más importantes intelectuales políticos del mundo moderno. Su agudeza, sus reflexiones y análisis acerca de la, en ese entonces, naciente democracia estadounidense y los efectos del progreso en las sociedades industriales, siguen teniendo una vigencia enorme en el pensamiento político contemporáneo. El noble francés supo observar la tensión entre libertades y despotismo que se incubaba en torno al progreso y la irrupción de la igualdad como fundamento del orden político democrático.

“Para Tocqueville, la democracia no consistía solo en un régimen distinto a los antes conocidos, sino que era esencialmente un orden social nuevo donde primaba la individualidad.”

Tocqueville pareció advertir una paradoja que sigue presente en la actualidad, el bienestar podría llevar a un debilitamiento del ejercicio de las libertades, a medida que las comodidades satisfechas dan paso al desdén de los ciudadanos en cuanto a ser vigilantes del orden político democrático. Para Tocqueville, la democracia no consistía solo en un régimen distinto a los antes conocidos, sino que era esencialmente un orden social nuevo donde primaba la individualidad. El detalle a veces olvidado, sobre todo cuando se pretende criticar el individualismo sin pensar, es que la primacía del individuo en la democracia se sustentaba en la supremacía de la igualdad. Es decir, lo que ve Tocqueville es que, a diferencia del antiguo régimen, en la democracia todos se presumen iguales y todos suponen poder llegar a serlo. Y en eso, juegan un rol clave las mejoras sustantivas de las condiciones de vida a partir de la revolución industrial. Sin embargo, aquello propicia otro fenómeno que Alexis de Tocqueville visualiza en otro libro suyo, menos conocido, llamado Memoria del Pauperismo: «El movimiento progresivo de la civilización moderna gradualmente incrementará el número y la proporción de quienes se ven obligados a recurrir a la caridad».

Para Tocqueville existía un riesgo latente de que la ayuda legalizada termine conformando lo que, en La Democracia en América, él denominó despotismo blando o suave, que no es otra cosa que ese poder inmenso y tutelar que pretende encargarse de asegurar nuestros goces, vigilar nuestra suerte y que no trata sino de fijarnos «irrevocablemente en la infancia y quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar>. Alexis de Tocqueville pareciera advertir, en su tiempo, que ese proceso conjunto entre la igualdad promovida por la democracia y el pauperismo propiciado por el creciente progreso industrial puede llevar a las peores tiranías. Y si miramos el totalitarismo del siglo XX, con el nazismo y el comunismo a la cabeza, vemos que ese temor no era para nada infundado. Por algo el francés decía que «la igualdad prepara a los hombres para todas estas cosas, los dispone a sufridas y aun frecuentemente a mirarlas como un beneficio». Este impulso es el que también está detrás de lo que vemos hoy cuando aparecen los nuevos fenómenos populistas, sean de derecha o izquierda.

Tocqueville tenía claro que el no abordar el problema del pauperismo podría poner en riesgo las libertades y por eso no necesariamente rechazaba las ayudas frente al problema del pauperismo. Se preguntaba ¿Puede ayudarse a las clases trabajadoras para que acumulen ahorros que les permitan soportar, sin morir de hambre, un vuelco de la fortuna en tiempos de calamidad industrial?

Esa pregunta hoy se vuelve muy relevante frente a la llamada Cuarta Revolución Industrial, la automatización y la robotización de los empleos. Reflexiones como las de Tocqueville se hacen indispensables.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: