La paradoja animal.

Hay una cuestión muy rara, pero común, en todos los grupos de bondadosos que abundan hoy por el mundo: las soluciones que proponen a los problemas. Los escándalos destapados en los últimos años nos mostraron cómo Sergio Jadue había caído rendido al poder y la plata del fútbol —y los dirigentes de la FIFA para qué decir—; cómo los curas cayeron, y llevaban siglos cayendo, ante la tentación de manipular las conciencias en sus comunidades —tanto para dirigir vidas como para abusar sexualmente de personas—; cómo los políticos„ por más santones que decían que eran, caían lánguidamente rendidos ante la plata y se coludían con empresarios. Y un largo etcétera.

“estas crisis destapadas han comprobado algo muy simple: el hombre, expuesto al poder, se corrompe.”

Todas estas crisis destapadas han comprobado algo muy simple: el hombre, expuesto al poder, se corrompe. Son muy pocos los virtuosos y es, por lo tanto, mejor controlarnos —lo que ha venido advirtiendo el liberalismo hace años—. Sin embargo, a pesar de toda esta evidencia, estos bondadosos proponen siempre la misma, extraña y contraria solución: más poder y, especialmente, más poder para los políticos. Que ellos sean los que decidan qué y cómo educar; qué y dónde invertir, y así. Creen que siempre llegará un visionario incorruptible: es decir, piensan siempre en el mejor caso posible. Olvidan los posibles errores, fracasos, o simplemente la naturaleza humana. Entusiastas exacerbados, y para peor, en la política, donde las responsabilidades se evaporan. ¿O se nos olvida que Javiera Blanco, después de los escándalos del Registro Civil, de las millonarias pensiones en Gendarmería y de las muertes en el Sename, terminó nombrada a dedo, por la misma Presidenta, en uno de los más codiciados —y supuestamente serios— cargos públicos de nuestro país?

Olvidar nuestra naturaleza con ese optimismo desmesurado es similar a la actitud de quienes buscan líderes fuertes, como los rusos en Putin, los gringos en Trump y los turcos en Erdoğan. Son resabios de nuestros instintos más animales, aquellos de los cuales aún no nos libramos por los millones de años en que los hemos acarreado, como dice el best seller Harari. Seguir a un líder fuerte, creer a ciegas en todo lo que dice y ser un optimista demencial, negando la lógica y evidencia más básica, era algo bueno, pero en el pasado: era la única manera de obtener comida, ganar las guerras y derrotar a las tribus rivales, diría el filósofo Roger Scruton. Irracional hoy, pero racional ayer. De ahí el nombre del reciente libro de Mario Vargas Liosa, “La llamada de la tribu“, una llamada de la cual él relata cómo escapó. Y cuestión que, a su vez, hace tan de moda criticarlo hoy.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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