La pandemia y lo público

La amenaza biológica del coronavirus es un fenómeno que tendrá repercusiones no solo económicas, sino también culturales e ideológicas. Esta amenaza, al afectar nuestras vidas y nuestras comunidades, también nos interpela como sociedad. La pandemia pone en cuestión nuestro paradigma del rol del Estado en la sociedad y nos hace reflexionar también respecto a nuestra concepción de lo público. Shocks biológicos cuestionan el rol de los mercados, de la sociedad civil y del Estado en relación con dichas amenazas. Así, debemos reconocer la naturaleza y complejidad de estos problemas y cómo estos evidencian la real flexibilidad del paradigma de lo común.

La magnitud del shock hace que la escala del nuevo problema público sea de una dimensión y complejidad superior a la que las instituciones privadas y gubernamentales estaban originalmente diseñadas. Ante esto, el Estado ha pasado a cumplir un rol relevante, pero transitorio, de catalizador de las actividades que componen lo público. No obstante, intelectuales han hecho una lectura maniquea de la realidad, argumentando que esta crisis es evidencia clara de que el sistema liberal y plural de producción de servicios públicos ha fallado rotundamente, y que, por lo tanto, el Estado debería expandir su rol protagónico y hegemónico en la producción de servicios públicos claves como la salud. Con todo, esto es utilizado para promover visiones dogmáticas de lo público y del aparente rol monopolizador del Estado.

Debemos reconocer que el Estado no es la única fuente responsable del concepto de lo público, ni tampoco la única respuesta plausible y suficiente a nuestros problemas comunes.

Estas visiones estáticas de lo público y del rol del Estado son erradas en cuanto no consideran la naturaleza compleja y dinámica de los desafíos colectivos que enfrentan las sociedades. Tampoco atienden el hecho de que lo público pueda estar compuesto de un sinnúmero de relaciones y redes maleables entre privados, sociedad civil, cooperación de los ciudadanos y también de distintas entidades gubernamentales locales.

Habría que reconocer que un problema social tan complejo y de una escala tan grande, no es algo que el Estado —como un posible monopolizador de lo público— pueda solucionar por sí solo a través de un mero paquete de medidas. Corea del Sur, por ejemplo, es uno de los países que mejor ha sabido lidiar con la pandemia sin hacer colapsar los servicios de salud. No obstante, según la OCDE, Corea del Sur recaudó el 35,3% de su PIB como ingresos públicos en el 2017. Esta cifra es inferior a la de España (37,9%) y muy por debajo de Italia (46,5%) y Francia (53,7%). Además, Corea dedica menos recursos a la protección social y a la salud pública que el resto de la OCDE. El hecho de que Corea haya sido capaz de responder a esta pandemia de forma eficaz —a prescindir del pequeño tamaño relativo de su Estado— es un indicio de que hay algo más substancioso que el mero Estado dentro de la noción de lo público.

Lo anterior sugiere que el Estado —contrario a lo que la ficción soberanista presupone—, es incapaz por sí solo, de abarcar y subsumir en su totalidad el concepto de lo público. Debemos reconocer que el Estado no es la única fuente responsable del concepto de lo público, ni tampoco la única respuesta plausible y suficiente a nuestros problemas comunes. La amenaza del COVID-19 nos lleva a reconocer que el concepto de lo público es, en definitiva, maleable y heterogéneo, compuesto por un sinnúmero de entidades no gubernamentales y de relaciones entre privados, cuerpos intermedios y gobiernos locales.

Muchas organizaciones que creíamos ‘privadas’ manifiestan también tener un rol social y público transcendental.

La pandemia revela que, en ciertos contextos en donde hay una amenaza colectiva enorme, muchas organizaciones que creíamos ‘privadas’ manifiestan también tener un rol social y público transcendental, demostrando así que estos también pueden formar una parte vital del concepto de lo público. Debemos abandonar concepciones maniqueas del Estado y de lo común y reconocer que el tamaño y composición de lo público debe cambiar y corresponder con el tamaño y complejidad de la externalidad que se está tratando de resolver. La cultura, la sociedad civil, las comunidades y los privados cumplen un rol público fundamental: ayudar a responder —de forma pluralista— a una amenaza que pareciera desbordar nuestra concepción estática de lo público.

Lamentablemente, ideólogos usufructúan de esta tragedia para desgarrar vestiduras y vilipendiar aquellas partes de la realidad que no coinciden con sus visiones dogmáticas de lo común. Al igual que con la palabra ‘neoliberalismo’, esta pandemia se ha convertido en otro hombre de paja en la cual todos los sesgos intelectuales pueden verse confirmados. Es de esperar que una beneficiosa pandemia de sentido común limpie la cabeza de muchos intelectuales de viejos dogmas estatistas y de peligrosas interpretaciones de lo público.

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