La otra pandemia

Los antiguos griegos consideraban que uno de los peores males que podría afectar a la Polis era el reinado de la desmesura. La Hybris era el estado deplorable del alma, tanto personal como de la ciudad, donde imperaban las pasiones y excesos, no la recta razón. Al parecer, y así indica la historia de Atenas, que degeneró en el 430 A.C, junto al contagio de la peste siempre va la expansión de la desmesura. Increíblemente, en el caso de la ciudad de Pericles, lo primero que llegó no fue la enfermedad sino la demagogia de los aduladores del pueblo, la discordia y con ello las pasiones iracundas, la destrucción y la barbarie. En Chile y en el mundo, en estos días complejos donde el COVID-19 arrecia, hemos visto una serie de ejemplos de desmesura por parte de personas que incurren en acciones irresponsables, desconsideradas e indisciplinadas.

En estos días complejos donde el COVID-19 arrecia, hemos visto una serie de ejemplos de desmesura por parte de personas que incurren en acciones irresponsables, desconsideradas e indisciplinadas.

Algunas no han respetado las medidas sanitarias, otras han decidido abordar aviones a sabiendas que están enfermos, otras se han dedicado a viajar a balnearios como si todo se tratara de una vacaciones. La jactancia, por los bienes o la propia salud, es otra forma de desmesura. Frente a esto, algunos han lanzado sus dardos contra lo que consideran una expresión de individualismo. Yerran al confundir el individualismo con la falta de prudencia. Olvidan estos críticos ad hoc que la responsabilidad y el autogobierno son expresión de una individualidad bien entendida, porque entre otras cosas no es necesaria la tutela de un tercero a la hora de elegir actuar de forma prudente, inhibiendo el propio egoísmo. En ese sentido, la falta de auto gobierno entre las personas se viene observado desde hace meses en Chile. Ahí están todos esos iracundos, y por tanto desmesurados, que escondidos tras la masa y una capucha, se dedicaban prácticamente a diario a destruir, saquear y armar barricadas con propiedad pública y privada, sin asumir responsabilidad alguna por tales actos y sin considerar los efectos de aquello sobre la vida de otras personas. Ahí no importaba el empleo ni los sueldos de quienes veían sus fuentes laborales arrasadas. Increíblemente, algunos pretenden hacernos creer que, como ante la pandemia estos sujetos han parado sus desmanes, serían un ejemplo de consideración y cooperación. En realidad solo están salvando sus propios pellejos frente aun riesgo mayor del cual no saben escapar. Nuestra polis está enferma de desmesura mucho antes que llegara el COVID-19. Meses atrás vimos a una legisladora, vanidosa por lo demás, irrumpir en el Congreso con una colorida capucha, validando con ello a los coléricos que han destruido el espacio público. Ahora, hemos visto a una alcaldesa aprovechando la muerte producto del COVID-19 para satisfacer su propio narcisismo. El presidente, en ese sentido, con su selfie en plena cuarentena es la guinda de la torta. Porque el narcisismo exacerbado es una forma de hybris, predominante en el ámbito de la política. La prudencia en política es un virtud escasa en estos tiempos, hay que decirlo. Se sabe que esperar virtud de quienes gobiernan o de los ciudadanos es más bien algo iluso. Por eso, la importancia de las reglas y las instituciones como método para evitar que la desmesura, no solo de los gobernantes y legisladores sino también de los propios ciudadanos, haga mucho daño a la ciudad, a la polis. Al final del día, como nadie nos garantiza que los desmesurados se extiendan como la peste, la prudencia siempre es la base del autocuidado en todos los frentes.

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