La noche de las corbatas tristes

Era el jueves a las 19:30, bajaba por la Alameda hacia La Moneda, a la cena que el -ahora- expresidente Piñera daba a los dignatarios presentes. No podía dejar de reflexionar sobre estos cuatro años. Hoy un ciudadano más, entonces un recién nombrado ministro. En 2018 íbamos al cambio de mando con la esperanza y optimismo de trabajar por un Chile mejor que finalmente alcanzara el desarrollo, el jueves todo el equipo de gobierno se alejó de La Moneda con más fatiga que orgullo, pero con la tranquilidad de no haberse rendido nunca. Mientras se apagaba la música; se multiplicaban las despedidas y se intercambiaban miradas tristes. Había resignación de que la promesa de tiempos mejores quedó en un simple: ‘Evitamos que fueran peores’. Así no pude dejar de recordar la canción de Serrat:

Se acabó/ El sol nos dice que llegó el final/ Por una noche se olvidó/ Que cada uno es cada cual.

Mientras, en la comida -a pesar de la presencia de representantes del Caribe, sonaban los acordes de Violeta Parra y su Casamiento de Negros- la sensación de los presentes era una mezcla de satisfacción del deber cumplido, de alivio por entregar el poder civilizadamente y la desazón de que lo que viene para Chile oscilará entre lo malo o lo muy malo.

El tránsito a La Moneda es un símbolo de lo que vivimos: la solemne Plaza Italia transformada en un basural; el invicto general Baquedano ahora derrotado. Lo que no hicieron las balas enemigas lo hicieron los encapuchados. Como escribió Victor Hugo del Mariscal Ney: ‘¡Ah, desdichado Ney! Tantas veces expuesto a balas enemigas, estabas destinado a balas francesas’. El Parque Forestal transformado en letrina y la Alameda de las Delicias, un basural, desolado, rayado y poblado de jóvenes de negro que con aire intimidante han suprimido toda convivencia civilizada.

Los partidarios de una sociedad libre tenemos mucho que trabajar. Si solo fuera un gobierno iliberal que combina arrogancia con diletancia, pasaría, pero todas las alertas vienen de una Convención Constituyente que, siguiendo un guion macabro, se propone más que construir el país del futuro, dinamitar el Chile del pasado.

No la tuvo fácil el Presidente Piñera, sequía, estallido social y pandemia. Estoy seguro que la historia lo juzgará con más benevolencia que lo que muestran las encuestas. No tuvo muchas alternativas frente a una oposición tan irreductible como irresponsable y una juventud si no partidaria, al menos ambivalente con la violencia, que parece no apreciar la libertad y democracia de que disfruta. A pesar de ello, el Presidente logró conducir institucionalmente una revolución. El tramposo sistema electoral y la coyuntura en que se produjo la elección de convencionales, hicieron el resto. Los chilenos nos metimos en esto y será nuestra responsabilidad corregirlo.

El cambio de mando del viernes tuvo los símbolos del país que se despide. Piñera, canoso y taciturno vistiendo una corbata elegante, le entrega la banda a Boric, entusiasta y optimista que la recibe a cuello descubierto. El jueves se jubilaron las corbatas, ojalá no se jubile la democracia ni el desarrollo.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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