La muerte de la responsabilidad individual

Cuando se comete un homicidio ¿cómo responden las sociedades liberales modernas? Lo hacen a través de una sentencia dictada por jueces letrados como colofón de un proceso penal donde se le garantizan una serie de derechos al imputado, incluso si resulta declarado culpable. Lo que acabo de comentar parece una perogrullada, pero no lo es. No lo ha sido durante siglos pretéritos y los últimos eventos nos advierten que pronto podría ser una cosa del pasado.

A raíz del homicidio de George Floyd nos damos cuenta de que la esperable respuesta de las sociedades liberales modernas no es suficiente o, incluso, ya no es relevante. En lugar de una respuesta social institucionalizada, este lamentable evento provocó millones de reacciones atomizadas que van desde una historia en Instagram hasta la destrucción de ciudades enteras; se hizo de todo para “condenar” —atención a la palabra— este agravio. No quiero quedarme en lo ridículas que fueron muchas de estas manifestaciones, lo que más me llama la atención es que muchos pensaron que la muerte de Floyd les permitió —o exigió— quemar edificios, derribar estatuas o realizar sendos actos de contrición por el solo hecho de haber nacido de una raza distinta a la de la víctima.

¿Por qué pedir disculpas cuando no se ha agraviado? ¿Qué culpa tienen los habitantes de Minneapolis en la muerte de George Floyd para padecer la destrucción de su ciudad? Se trata de un asunto muy grave que relativiza una categoría elemental de las sociedades libres: la responsabilidad individual y bien nos advirtió Hayek que esta siempre decae al mismo tiempo que se viene abajo la estima de la libertad. En buena parte de estas reacciones atomizadas se esconden dos premisas profundamente liberticidas.

La primera de ellas podría formularse como sigue: “todos (de alguna forma) somos responsables del mal”. A primera vista, podría ser digno de elogio que una persona se involucre con el mal del prójimo al punto de asumir las culpas de los demás, pero esto es mero postureo cuando no trae consigo represalia alguna. Diluir la responsabilidad en el colectivo no hace otra cosa que favorecer a los verdaderos culpables. ¿Quién mató a George Floyd, el racismo o Derek Chauvin? ¿Cuál de las dos opciones le conviene al asesino? Si hace años no podíamos separar del pequeño Víctor Zamorano Jones el nombre de su asesino —Cupertino Andaur— y hoy no sabemos quiénes son los responsables de la muerte de Lissette Villa en un centro del SENAME es quizás porque el deseo de exhibir “lo buenos que somos” se está metiendo hasta en la foto de la ficha policial tapando al verdadero culpable ¡y qué mejor para él! Qué mejor para el Sicario de Concón que un sacerdote jesuita diga en el principal diario del país que el asesinato de Alejandro Correa es “culpa de la sociedad”.

La segunda es todavía más amplia que la primera: “todo (de alguna forma) es causa del mal”. Solo a través de esta premisa se puede explicar que la muerte de George Floyd haya provocado la vandalización de estatuas o el retiro de una película como Lo que el viento se llevó de una conocida plataforma de transmisión en línea. No creo que haya nadie con dos dedos de frente capaz de pensar que este letal abuso policial haya sido causado remotamente por el actuar de Winston Churchill o por los cuidados de Mammy —interpretada por Hattie McDaniel que le valió el primer Óscar ganado por una persona de raza negra, no lo olvidemos— a Scarlett O’Hara en el ya mencionado clásico de Hollywood, pero sí abundan los necios que se desquitan con el pasado por los males del presente. Nuevamente se regocijan los culpables al ver que no solo su responsabilidad se diluye en la sociedad de los vivos, sino que también en la de los muertos. También se benefician aquellos que viven en una sorprendente paz con su pasado y no se avergüenzan de su legado —aunque incluya centenares de millones de muertos—. No debemos olvidar que mientras caen las estatuas de Jefferson y de Cervantes, siguen en pie las de Lenin y las de Marx.

Destruir el concepto de responsabilidad individual no impedirá que “lo que está mal en el mundo” se siga causando a través de acciones individuales o individualizables. No hay sociedad capaz de abolir el mal, pero hay algunas que logran que la injusticia no se salga siempre con la suya. No perdamos lo segundo por perseguir lo primero.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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