La muerte de la democracia es posible

¿Se está acabando la era de la democracia? Pese a que suena improbable, instituciones como Freedom House, han alertado reiteradamente que el mundo retrocede hacia sistemas más autocráticos e iliberales. Así ha sido por los últimos 14 años, y 2020 nos golpea con una crisis internacional en el que la discusión sobre los límites del poder del Estado queda en segundo plano frente a la necesidad de enfrentar la emergencia sanitaria.

Es precisamente en estos tiempos que se hace necesario ponerle atención al sistema de gobernanza, y cuando uno revisa la historia de disidentes de regímenes autoritarios o iliberales como Leyla Yunus, Joshua Wong, Rayma Suprani o Andreas Ngombet, es difícil ignorar el hecho de que un mundo sin democracia es posible, si no se cultiva en las sociedades o si se entiende simplemente como el gobierno de las mayorías. Más allá de eso, quienes defienden la democracia, también abogan por un medio de gobernanza donde está permitido criticar a las autoridades, y donde son las instituciones y no la violencia, el motor de los cambios.

Instituciones como Freedom House, han alertado reiteradamente que el mundo retrocede hacia sistemas más autocráticos e iliberales.

Yunus por ejemplo, es una científica y activista de derechos humanos azerbaiyaní, que fue perseguida por años debido a su trabajo documentando las vulneraciones del gobierno y por “soplona a occidente” durante el régimen soviético. Como si el acoso no fuera suficiente, su oficina fue destruida literalmente por una retroexcavadora, y tras casi perder a su hija en manos de secuestradores, decidió enviarla a Holanda, donde ella también escapó tiempo después. Mientras, Joshua Wong, joven que se hizo conocido el año pasado por su interacción con el embajador Chino en Chile, Xu Bu, ha visto el sistema de representatividad Hongkonés ser asfixiado durante los últimos años por la política de “una sola China”, a través de la cual el régimen de Beijing quiere empujar su sistema autoritario en la zona de administración especial. Su rebeldía le ha costado la cárcel, el arraigo nacional, y hoy, el acoso continuo de ciudadanos pro-beijing y el gobierno.

Como ellos, todos los nombrados –y muchos más– han sido disidentes en espacios donde la democracia ha perecido, mutado al iliberalismo o simplemente nunca existió, y anhelan la democracia como la posibilidad de ser escépticos de su sociedad o quienes los gobiernan. Son rebeldes responsables, que entienden la fragilidad que conlleva un sistema que depende de la libertad para crear, de la tolerancia, el encuentro de ideas y el empuje de la razón.

El dicho de “uno no sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”, suena anticuado, pero sigue teniendo relevancia. Especialmente porque damos por sentado que lo que hemos construido, está arraigado histórica e institucionalmente. Sin embargo, la vulnerabilidad se hizo palpable durante la crisis del pasado octubre, donde el país se polarizó a una escala sin precedentes en este siglo. No solo debido al choque de varias percepciones de democracia, sino por la explícita justificación de la violencia para conseguir fines políticos.

Finalmente, es en estos tiempos donde el rol supervigilante del estado está en debate debido a la pandemia, y aún más con un proceso eleccionario decisivo en octubre, hay que preocuparnos de qué es lo que está pasando a nivel global. En ese contexto, las historias de los disidentes, muchas veces nos pueden guiar, y advertir que un mundo sin democracia es posible.

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