La mentalidad anticapitalista

En un libro de 1956 titulado como esta columna, el economista austríaco Ludwig von Mises advirtió que la subsistencia de las instituciones de mercado, responsables del progreso de las masas, dependía de la disposición mental que cada cultura desarrollara hacia el capitalismo. Más de medio siglo después, la correlación —causalidad— señalada por Mises entre libre mercado y progreso general sigue siendo cuestionada, a pesar de la irrefutable evidencia que la respalda.

En efecto, el índice de libertad económica publicado por el Instituto Fraser de Canadá (2019) muestra que los países con mayor libertad económica tienen un ingreso per cápita promedio de 37.770 dólares, contra 6.140 dólares en aquellos con menor libertad económica. El ingreso del 10% más pobre en el primer grupo, en tanto, alcanza 10.646 dólares, contra 1.503 dólares en el grupo menos capitalista.

Muchos otros indicadores avalan la correlación entre libertad económica y progreso. Así, por ejemplo, la mortalidad infantil es de 6,7 por cada mil nacidos vivos en el grupo de alta libertad económica y de 40,5 en el grupo de baja libertad económica, mientras las expectativas de vida alcanzan 79,4 años y 65,2, respectivamente. Los niveles de felicidad, igualdad de género y respeto por derechos civiles y políticos muestran ser también sustancialmente mayores en los países más cercanos a la filosofía liberal de Mises.

“La tendencia populista actual solo podrá revertirse con un cambio de mentalidad en torno al sistema de libertad económica. Se deben hacer grandes esfuerzos por transformar el discurso público imperante en Chile, cuya hostilidad hacia los valores de mercado es evidente. De no producirse el giro discursivo, la mentalidad anticapitalista podría terminar causando un daño institucional y económico irreparable”.

En América Latina, Chile, en el puesto 13 del ranking, y Venezuela, en el puesto 162, se encuentran en los extremos opuestos, siendo nuestro país el con mayor libertad económica y Venezuela el menos libre de la región y del mundo. Como consecuencia, el ingreso per cápita chileno es seis veces más alto que el venezolano, y la pobreza, que en el país caribeño alcanza el 90%, en Chile es menor a 10%.

Ni Venezuela ni Chile se han encontrado siempre en la misma posición. En 1975, Chile ocupó el puesto 95 de un total de 106 países medidos por el mismo ranking, situándose en los niveles de Bangladesh, Nigeria y el Congo. El mismo año, Venezuela alcanzó el puesto 14 —el más alto de la región después de Costa Rica—, ubicándose en el vecindario de Austria, Singapur y Finlandia. No es extraño que en esa época el ingreso per cápita venezolano haya sido el triple del chileno, acercándose al de Portugal.

Diversos factores explican la inversión de posiciones entre Chile y Venezuela. Uno decisivo parecen ser las creencias que predominan en torno al sistema de libre empresa, el que se vio progresivamente desprestigiado antes de la llegada del chavismo en Venezuela. Nuestro país debe tomar en serio este antecedente.

El Global Index of Economic Mentality (GIEM), publicado por Atlas Network en Estados Unidos este año y que mide las actitudes mentales de la población frente al mercado, confirma una correlación entre estas y el nivel de libertad económica imperante. Los países con mayor puntaje en este índice son Nueva Zelandia, Suecia, República Checa, Estados Unidos y Dinamarca. Chile, por el contrario, ocupó el puesto número 64 entre 74 países analizados, lo que lo sitúa en el grupo de aquellos con la mentalidad más anticapitalista de la muestra.

Este fuerte sesgo cultural en contra de valores estructurantes de la economía libre explicaría parte de la debacle que experimenta nuestra institucionalidad económica, la que no encuentra suficiente respaldo ciudadano.

Si el análisis precedente es correcto, la tendencia populista actual solo podrá revertirse con un cambio de mentalidad en torno al sistema de libertad económica. Esto significa que se deben hacer grandes esfuerzos por transformar el discurso público imperante en Chile, cuya hostilidad hacia los valores de mercado es evidente, por ejemplo, en la obsesión redistributiva y el ataque y desprestigio sistemático del rol de los empresarios. De no producirse el giro discursivo mencionado, la mentalidad anticapitalista sobre la que Mises alertó podría terminar causando un daño institucional y económico irreparable.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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