La Internacional Boric

Los chilenos siempre hemos tenido una fascinación por saber qué piensan afuera de nosotros, de nuestros deportistas, de nuestros líderes o del barrio Meiggs; por eso no llamó la atención la emoción que generó la gira internacional de nuestro Presidente en la Cumbre de las Américas. No vamos a especular sobre las razones geográficas y culturales de este fenómeno; sin embargo, deberíamos preocuparnos cuando vemos al Presidente Boric alinearse con su admirado —y demagógico— Presidente AMLO, al criticar que no se haya invitado a Venezuela, Nicaragua y Cuba —AMLO no fue en protesta—. Más allá de la geopolítica, algo para mí indescifrable, me interesan las reacciones luego de que intelectuales extranjeros escribiesen sobre Boric, haciendo del Presidente un ícono pop y legitimándolo estéticamente —y no por sus ideas y políticas reales—. Me voy a concentrar en el hecho de que el premio Nobel Joseph Stiglitz escribiese sobre él para la revista TIME, luego de haberlo apoyado en su elección, más que en el perfil que hizo John Lee Anderson para el New Yorker. A este último se le puede criticar por dibujar un país socioculturalmente mucho peor al real y por haber hecho tanto énfasis alrededor del origen inmigrante de un personaje alemán, pero muy poco alrededor del origen inmigrante del otro personaje, yugoslavo —y la influencia de esa inmigración acá, no en otro lado—. Más aún dado el contexto ridículamente indigenista y de revisionismo descontextualizado en que se mueve hoy la discusión y en el que se inscribe ese amistoso artículo.

“Más allá de la geopolítica, algo para mí indescifrable, me interesan las reacciones luego de que intelectuales extranjeros escribiesen sobre Boric, haciendo del Presidente un ícono pop y legitimándolo estéticamente —y no por sus ideas y políticas reales—”

El filósofo Roger Scruton decía que las ideas de los jóvenes de Mayo del 68 en París solo habían quedado en libros y universidades. Así, para Scruton, de esas ideas ininteligibles se rescató lo poco que había que rescatar. Sin embargo, creo que se equivocaba: por más que el ambiente universitario esté hoy en decadencia, las ideas que ahí se fraguan, como las del 68 y tantos otros nuevos delirios —como lo dejó claro el escándalo Sokal en los años 90 y su nueva versión hecha por Lindsay, Boghossian y Pluckrose en 2018— sí han llegado a tierra firme, y principalmente a Latinoamérica y Asia —sin haberse aplicado obviamente en ningún país desarrollado—. A esto se refería el filósofo francés Raymond Aron en su libro “El opio de los intelectuales”, de 1955, al describir el efecto que tuvieron estas ideas en las revoluciones sanguinarias que se esparcieron por Asia, al igual que Carlos Rangel en “Del buen salvaje al buen revolucionario”, de 1977, sobre el mismo efecto en Latinoamérica.

Esta tendencia, desgraciadamente, no termina. Fue justamente por esto que Frederic von Hayek criticó el Nobel en su discurso de recepción. Dijo que tenía una aprensión muy grande, ya que ese “premio le entrega a una persona la autoridad intelectual que en la disciplina económica nadie debería tener. Esto no ocurre en Ciencias Naturales, donde la influencia ejercida por un Nobel solo afecta a sus colegas, quienes inmediatamente lo bajan de su pedestal cuando se ponen a opinar sobre materias que no son de su competencia. Sin embargo, en el caso de un economista, la influencia que más importa es la que él ejerce sobre los periodistas, políticos, funcionarios públicos y el público en general. Sin embargo, no hay razón alguna para que quien haya hecho una contribución importante en la ciencia económica —la información asimétrica en los mercados, por ejemplo, agrego yo—, sea omnicompetente en todos los problemas de la sociedad, como la prensa tiende a tratarlo constantemente, a tal nivel que hasta él se lo cree —y menos aún onmicompetente en política latinoamericana, agrego yo—”. Eso Hayek lo escribió en 1974.

Esperemos que Gabriel Boric no termine con la misma suerte de quienes Stiglitz ha alabado en la región, ya que hizo lo mismo cuando fue elegido Evo Morales, en 2006, a quien luego asesoró; con Rafael Correa, en 2007, a quien luego también aconsejó; y con Chávez en 2006, cuando dijo en uno de sus libros que finalmente se estaba logrando llevar educación y salud de calidad a los barrios de Caracas, además de no dejar de alabarlo en esa misma ciudad en 2007. Hace poco calificó de “milagro” la política sanitario-económica del Presidente argentino Fernández —y fue contestado por Andrés Velasco—, y, además, asesoró a los Kirchner durante años, a quienes apoyó y legitimó públicamente, obvio. Es decir, se ha dedicado a legitimar y asesorar a los más desastrosos líderes de nuestra región. Un intelectual visionario, que unge a promesas. Es por eso que deberíamos ser más cautelosos y sobrios en celebrar paseos, alabanzas y cervezas internacionales.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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