La excepción

Alberto Fernández tiene dos tareas trascendentales al frente si quiere honrar la deuda, ahuyentando el fantasma del 2001 y el peligro inminente del default. Por un lado, deberá superar la crisis económica. Por otro lado, el reto consistirá en saber mantener a raya a su vicepresidenta: Cristina Fernández (…) El tiempo se agota y puede ser que en Casa Rosada resuene La Excepción de Gustavo Cerati: ‘Hoy hagamos la excepción, de estirar la cuerda y que durar sea mejor que arder, mejor que arder’.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha vuelto a aparecer en el horizonte argentino. Los 44 mil millones de dólares adeudados al Fondo, son un verdadero dolor de cabeza para el gobierno trasandino, considerando que el plazo para comenzar a pagar la deuda vence en 2021 y no hay con qué pagarla. El factor sorpresa fue que se produjo una sintonía entre los emisarios del Fondo en Buenos Aires y la Casa Rosada. El informe consigna una sustracción relevante a los acreedores privados del país, al considerar que la deuda pública no es sostenible. Además, se le exigió al peronismo reducir la inflación con esfuerzos adicionales.
Ante la deuda, el desafío consiste en reducir el aparataje y el gasto que realiza el Estado. Conjuntamente a implementar reformas que permitan generar trabajo, riqueza y crecimiento económico.
Alberto Fernández tiene dos tareas trascendentales al frente si quiere honrar la deuda, ahuyentando el fantasma del 2001 y el peligro inminente del default. Por un lado, deberá superar la crisis económica por la cual atraviesa Argentina, en razón de un alto gasto público, que es primordialmente financiado con una deuda que representa el 90% del PIB, y por una de las presiones o cargas tributarias más grandes del mundo. En consecuencia, el desafío consiste en reducir el aparataje y el gasto que realiza el Estado. Conjuntamente a implementar reformas que permitan generar trabajo, riqueza y crecimiento económico, a un país que el último año aumentó su pobreza a un tercio de la población, un desempleo de 10% y una inflación de 53.8%.

Será muy difícil que el peronismo enriele el camino. A contrapelo de lo dicho por el presidente trasandino en campaña, el precedente de 2003 –en el que Argentina comenzó a crecer y pagar una deuda contraída con el mismo organismo- es muy distinto al actual y no se presentan reales garantías para salir a flote. En aquella oportunidad, el crecimiento económico se dio principalmente por el alza de los commodities y la gran demanda de éstos proveniente de Asia, en particular China. Sin ese as bajo la manga, la implementación de reformas se vuelve una condición sine qua non para volver a crecer.

Por otro lado, el reto consistirá en saber mantener a raya a su vicepresidenta: Cristina Fernández. Esta última cruzó al FMI, señalando desde Cuba, la ilegalidad del préstamo y la aplicación parcial de su estatuto. Si bien Alberto la respaldó, utilizó un lenguaje más técnico y dialogante con el cual acercó posiciones con la directora del FMI, Kristalina Georgieva. Esto responde a una estrategia premeditada. Franco Lindner en su libro ‘Fernández y Fernández. Historia secreta de una relación peligrosa’ afirma con razón que ‘la elección de Alberto, en definitiva, pretende darle cierta previsibilidad a un gobierno K, como si se tratase de una garantía de republicanismo y buena conducta. Kirchnerismo herbívoro, al menos en teoría’. Mantenerse como la pieza que enlace el kirchnerismo y el peronismo, cuidando las señales lanzadas y evitando el fuego amigo, será una compleja labor tanto interna como externa.

Probablemente las negociaciones entre ambos actores continúen, en aras de establecer definiciones concretas de los pasos a seguir. El tiempo se agota y puede ser que en Casa Rosada resuene La Excepción de Gustavo Cerati: ‘Hoy hagamos la excepción, de estirar la cuerda y que durar sea mejor que arder, mejor que arder’.

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