La distinción amigo-enemigo

Después del concepto presidencial de “realismo sin renuncia”, que tolera diversas interpretaciones, uno sigue preguntándose cuál es la auténtica Nueva Mayoría que nos gobierna. ¿La intolerante que, tras el triunfo, amenazó con usar retroexcavadoras, o la conciliadora que hoy rescata, en forma retórica al menos, la necesidad de lograr acuerdos que no sacrifiquen el programa? ¿Cuál es en verdad la Nueva Mayoría? ¿Esa que, con la copa del triunfo electoral en alto, anunció que barrería con las bases del modelo, o esta que, afectada por los upper cuts de la economía y las encuestas, extiende desde la lona su mano al adversario, pidiendo parar el combate y dialogar?

Si la izquierda dura se doblega ahora ante la moderación “concertacionista”, perdería lo único que justifica su existencia e identidad.

Si es la segunda, el país tal vez podrá respirar tranquilo en la misma medida en que entre los jacobinos del conglomerado se apoderará la sensación de haber sido defraudados. Si en cambio es la primera, la coyuntura actual sería una táctica para controlar daños, reordenar fuerzas y preparar una ofensiva que apacigüe a los jacobinos. Llegan señales mixtas de La Moneda. No puede ser de otro modo: las visiones antagónicas que palpitan en el oficialismo impiden estibar la carga, por ello nuevos cónclaves serán imprescindibles.

Para entender el alma fracturada y el rumbo errático de la Nueva Mayoría conviene echar una mirada a ciertos conceptos que inspiran a su ala dura, que goza del poder de veto por estar en La Moneda y la Alameda. Sugiero por ello leer a la politóloga belga Chantal Mouffe, de gran influencia en la izquierda dura latinoamericana y los movimientos Podemos, de España, y Syriza, de Grecia. En especial recomiendo su libro “En torno a lo político”, de 2007. Basándose allí en la distinción amigo-enemigo como categoría crucial de lo político, elaboración del nazi y furioso antiliberal Carl Schmitt, la intelectual posmarxista advierte que la izquierda seguirá perdiendo identidad y convocatoria mientras persista en su política de consensos. A su juicio, la izquierda debe superar su complejo ante el conflicto político, y en lugar de proponerse destruir la sociedad democrática y liberal, como en la etapa marxista, debe conquistar desde dentro, en sentido gramsciano, el Estado, para impulsar las transformaciones profundas.

En su opinión, el avance del liberalismo en lo económico y político, y el desplome del comunismo en 1989, facilitaron la hegemonía liberal mundial, la extinción de los partidos comunistas y la “capitulación” socialdemócrata. Mouffe cree que gran parte de la izquierda se obnubiló con el pluralismo, abandonó la lucha revolucionaria y aceptó el statu quo , convencida de que la democracia se reduce a competir por un Estado que, ávido de consensos, no tolera transformar las relaciones de poder. La belga estima que la izquierda debe apartarse de la idea de la “clase obrera” como la fuerza revolucionaria, y articular las demandas de diversos “sujetos colectivos” (organizaciones sociales) que no teman romper los consensos ni asumir el conflicto político como algo normal en democracia.

Leyendo a Mouffe, uno entiende que, por su secuela de derrotas, la izquierda jacobina no puede seguir transando en la Nueva Mayoría: el fracaso de la UP y, en los ochenta, de la “rebelión popular” contra Pinochet, el fin del comunismo, el eclecticismo de China y Vietnam, el fracaso bolivariano, y el viraje de Cuba constituyen derrotas delicadas. Pese a su retórica agresiva, la izquierda dura está debilitada por los golpes. Hoy despliega una crítica feroz al “modelo liberal”, pero es incapaz de postular algo propio y viable. Si se doblega ahora ante la moderación “concertacionista”, perdería lo único que justifica su existencia e identidad.

Los textos de Mouffe permiten entender las fuerzas centrípetas que tensan a la Nueva Mayoría, y suponer que, tras la notable tarea democratizadora cumplida por la Concertación, para la Nueva Mayoría ya escasean -más allá del apego al poder- misiones de largo plazo que sus integrantes puedan emprender en forma armónica y consensuada.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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