La dimensión biológica del castrismo

Cuando nació el Presidente Barack Obama, en 1961, el dictador cubano Raúl Castro llevaba ya dos años en el poder como segundón de su hermano Fidel. Cuando se desploma la Europa comunista, en 1989, el estadounidense no cumplía 40, y Raúl sabía que se jugaba la vida y la supervivencia de su régimen en esa debacle. Tal vez por esto y la escasa densidad histórica de muchos presidentes de EEUU, que Obama no haya reparado que su acercamiento a (y salvataje de último minuto de) los Castro no es una estrategia propia, sino una que los europeos occidentales emplearon a partir de 1975 para liquidar al comunismo: lograr el cambio mediante el acercamiento.

Es una estrategia válida, que en 1989 arrojó sus frutos. A partir de la Conferencia de Helsinki para la cooperación y la paz, de 1975, las democracias occidentales lograron infiltrar a las blindadas sociedades comunistas mediante la economía, el turismo, la cultura, la moda y la música juvenil, los derechos individuales, sus valores e ideas y el concepto y la práctica de la libertad. Cuando llegó el momento de defender el socialismo empleando las armas contra la ciudadanía en las calles, ni el ejército, la policía común ni la policía política se atrevieron a hacerlo bajo el grito de “socialismo o muerte”. Europa es Europa, después de todo.

La mirada de Obama sobre el futuro de Cuba se nutre de un optimismo histórico, de que la isla en algún momento volverá a girar en el primer círculo de hegemonía cultural, económica y política de Estados Unidos, y de que los Castro ya no tienen otra alternativa. Hay, no obstante, dos aspectos que revisten de una especificidad particular a la relación de Cuba con EEUU, que no tuvo la de Europa comunista con la Europa libre.

El primer aspecto estriba en que durante decenios EEUU se alió, respaldó y promocionó a los cubanos anti castristas en la isla y el exilio, y que incluso millares de estos últimos se volvieron sus ciudadanos. La jugada “europea” de Obama deja, por lo tanto, a muchos cubanos frustrados y desencantados de la paciencia del presidente estadounidense frente a una Cuba ya sin apoyo venezolano. Hay incluso muchos que se consideran traicionados.

El segundo aspecto, nada menor, es que Obama negocia hoy (sin conseguir nada significativo a través de sus concesiones) con los inspiradores, fundadores, representantes y responsables máximos de una dictadura de 57 años, cuyo inventario comprende millares de muertos, torturados, detenidos y exiliados. He allí una diferencia sustancial, que dificulta la transición. No es lo mismo conseguir la cancelación del modelo comunista de un Castro, un Lenin, un Mao Tse Tung o un Ho Chi Minh que de sus hijos o nietos políticos.

A estas alturas, y tras tiranizar a la isla durante casi la mitad de su vida de nación independiente, los Castro no arrojarán su fracasado sistema adonde corresponde, al papelero de la historia, sino que, mientras vivan, lo seguirán justificando, defendiendo y protegiendo mediante una conducta en el fondo numantina.

Para los hermanos Castro lo esencial a estas alturas es ser sepultados con los honores máximos de la Cuba castrista, y después que venga el diluvio. Si bien Raúl Castro mira con interés el modelo vietnamita de transición a una “economía de mercado socialista”, le produce urticaria tener que perder su poder frente a la emergencia de emprendedores que al poco tiempo se vuelven independientes del Estado y el partido comunista. Tampoco debe olvidarse que la experiencia final de Pinochet, y las más dramáticas de Hussein y Gadaffi impactaron fuertemente a los hermanos, por ello su defensa de la revolución deviene hoy defensa de sus destinos individuales, sin importar los nuevos tormentos que deban sufrir los cubanos.

Y tal vez en este sentido puede existir una mínima esperanza de éxito para Obama: los Castro a estas alturas buscan no sólo para ellos una salida decorosa de la historia, sino también para sus hijos y nietos, miembros de la elite económica de la isla. Para ellos precisan dejar una salida acordada y garantizada por parte de EEUU, una salida libre de las acusaciones de que el régimen perteneció al “eje del mal”, propició el narcotráfico y apoyó acciones violentas en otros países. Esto es algo que los Castro están logrando hoy de Obama: pese a su larga y controvertida historia, su destino personal fuera del poder político se ve de mucho mejor color que el de Nicolás Maduro.

Obama realizó una visita histórica para él, los Castro y las relaciones bilaterales, mas no necesariamente una visita histórica para el pueblo cubano y su deseo de escoger, después de más de 64 años de dictaduras (siete de Batista, el resto de los Castro), el tipo de sistema en que quieren vivir. Para Obama la visita constituye un primer paso de un proceso que brindará gradualmente libertad a los cubanos, y para los Castro se trata de un calendario con un reloj que avanza lo suficientemente lento como para que ellos no sean testigos del desplome del último socialismo en Occidente.

Obama parece aportar la paciencia del estadista joven, que tiene decenios por delante, y los Castro parecen recibir de esa visita el justo tiempo humano para retirarse de la historia y la vida sin abandonar antes los hilos del verdadero poder en la isla. Al final, el resultado histórico deseado por el pueblo cubano de esta visita, no lo verán ni Obama como presidente de Estados Unidos ni los Castro como líderes máximos de la dictadura.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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