La democracia morbosa

El estagirita decía que en la democracia las revoluciones nacen principalmente del carácter turbulento de los demagogos. Ahí donde las leyes no son soberanas, surge el demagogo que azuza la discordia adulando a las muchedumbres, las cuales terminan actuando despóticamente hasta que se disuelven las magistraturas. Lo ocurrido en Estados Unidos muestra claramente lo que ocurre cuando los procedimientos de la democracia, es decir sus reglas, son confundidos con el simple juicio de una multitud o la masa. Una confusión que en Chile replica el Partido Comunista al plantear que se debe rodear la Convención constitucional para evitar las cocinas y el tecnicismo legal de parte de los constituyentes electos. Mucho se ha escrito respecto a la muerte de las democracias, el auge del populismo de derecha e izquierda, de la política identitaria y su lógica intolerante, de la corrección política y su lógica inquisidora. Pero poco se habla del carácter de las masas del siglo XXI. En distintos países, la democracia se ha vuelto morbosa en ese sentido. Ortega y Gasset distinguía entre la democracia, como forma jurídica del orden político a través del cual se establecen límites y contrapesos, y el plebeyismo que sería la extensión extravagante de la democracia a cada ámbito de la vida social donde, por ejemplo, un vegetariano en frenesí mira el mundo desde lo alto de su vegetarianismo. Ahí están los que presumen juzgar mejor que los jueces, los que creen saber más que los epidemiólogos, los que ofician de expertos en historia, economía, arte, cine, psicología, fútbol, ciencia política, moral, vacunas, etc. Como bien decía Jorge Millas, estas masas aspiran a tener razón en todo. Nada de raro si han sido profundamente malcriadas como diría Jonathan Haidt. No es raro que sean profundamente maleducados e ignorantes en muchos sentidos, aunque tengan mayor escolaridad que cualquier generación anterior. El conflicto que enfrentan las democracias como Estados Unidos o la chilena, es entre ciudadanos razonables conscientes de sus propias responsabilidades y masas de caprichosos convencidos de su supuesta superioridad moral, dispuestos a cumplir sus deseos a como dé lugar. Son los que presumen que para obtener un fin cualquiera es legítimo pisotear las reglas jurídicas y democráticas, y por tanto que es válido asaltar edificios públicos, tomarse municipalidades, amedrentar jueces o políticos, boicotear pruebas de selección universitaria, quemar buses, el Metro, etc. Al plebeyismo descrito por Ortega y Gasset deberíamos agregar el carácter narcisista e infantil de las actuales masas, incluidas las supuestamente revolucionarias. La selfie en el lugar de la destrucción o mostrando armas, la alta moral justiciera publicitada en las redes sociales junto con los llamados a la funa violenta, son características de estos tiempos de masas de narcisos. Así, al mismo tiempo que se cuestiona el sistema y su opulencia se consumen sus productos más superfluos, de marca, viajes, ropa, y se le da mamadera al perro porque es más fácil que criar un hijo. Estas masas, guiadas por el capricho, las pasiones, son profundamente infantiles, carecen de disposición política, aunque lo presuman. Carecen de vocación democrática, aunque se crean demócratas. Son los que quieren espacios seguros y cancelar todo lo que nos les gusta, hasta a Platón. Eso explica, en parte, las peleas en el Frente Amplio, por ejemplo. Son disputas por figurar, por mostrar pureza. Eso explica también que una diputada que corre como un personaje animado, sea la que más figura y la que más apoyo tenga entre estas masas infantiles. Eso explica también su incapacidad de hacer acuerdos y cumplirlos. Los hacen con los dedos cruzados detrás de la espalda. Es tiempo de demagogos, sin duda. Y la democracia corre peligro. Las masas están dispuestas para un demagogo, un adulador. Hoy el plebeyismo, con un moralismo extraño, es triunfante en todo el mundo, y como decía el filósofo español, es insufrible y puede llegar a ser el más insufrible de los tiranos.

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