La bancada juvenil y Julio Iglesias

El otro día la hija de un amigo comiendo en la mesa familiar, se despachaba una preguntita de antología: “papá, ¿tú cachabai que el papá de Enrique Iglesias cantaba?

Cuando nos contaba, junto con reírnos, chocamos de frente con nuestra vejez. ¿Cómo alguien podía, con cara de novedad, pretender informarnos de algo tan obvio? Julio Iglesias fue parte de nuestra infancia y es el cantante más vendido en español. El papá de Enrique, con traje oscuro, camisa blanca y corbata negra, sin saber bailar, cantaba en Viña y todas las chilenas suspiraban. Era medio siútico y el tostado de solárium con la sonrisa de dentífrico eran de caricatura, pero igual era un grande.

Esta pregunta nos evoca a la Bancada Juvenil. Uno espera de los jóvenes candor y humildad para preguntar lo que no saben; genio e innovación para desafiar el statu quo, y alegría y optimismo para enfrentar el futuro. Pero nada de eso veo en ellos. Los cuatro de la fama más el flamante edil resultan arrogantes en sus opiniones y pueriles en sus propuestas.

Me aburre escucharlos hablar de política con cara de novedad sobre temas antiguos, proponer ideas obvias y fracasadas; escuchar ese odioso discurso político que tanto daño le hizo a Chile. Me agota su falta de humor y la cara de enojo permanente. Nuestra bancada juvenil sufre el efecto que la psicología denomina “Dunning-Krugger”, que es la incapacidad de una persona de reconocer su propia ignorancia por desconocimiento. Me parece un desperdicio de talento ver cómo malgastan su juventud, repiten eslóganes en un Congreso que los mira con algo de conmiseración, por su fundamentalismo y soberbia.

Es encomiable su compromiso y energía, pero podría ser mejor utilizado si no se hacen políticos profesionales a tan temprana edad. Chile aprovecharía mejor su inteligencia si se van a la calle y buscan trabajo. Aprenden lo que es ser empleado, tener un jefe jodido y trabajar en equipo. Después se independizan, discurren una idea novedosa, le piden plata al banco y se arriesgan creando una empresa, para que sepan lo difícil que es emprender con éxito. Así, en vez de transpirar arrancando del guanaco, lo hacen juntando plata para pagar el IVA y los sueldos a fines de mes y enfrentan a la burocracia estatal que ahoga al más entusiasta emprendedor. Ojalá viajen a Cuba para que vean el “paraíso” del que hablan; estudien la historia de Europa Oriental para que aprendan lo que el comunismo puede hacer al alma de sus pueblos y miran lo que están haciendo Suecia u Holanda, en educación subvencionada o Estados Unidos en innovación mediante la alianza Estado-universidades-empresas.

Darwin a los 31 años discurrió la mejor idea jamás pensada: “la Teoría de la Evolución”, pero le tomó una vida validar su idea mediante la observación empírica, publicándola más de 20 años después. Alguna vez leí que la mayoría de los premios Nobel se entregan a gente en su vejez por ideas que habían pensado en su juventud. Esto porque la juventud es inspiradora, creativa y desafiante. Por eso Bob Dylan gana ahora el premio Nobel por sus poemas de juventud. El problema es que por cada idea genial que se nos ocurre cuando jóvenes hacemos o pensamos cientos de idioteces. Por cada genio como Dylan producimos millones de seres normales como el resto. Y solo la experiencia y la ciencia permiten distinguir entre unos y otros.

Por eso el lema revolucionario del 68 “seamos realistas pidamos lo imposible” es un oxímoron ingenioso, pero insensato como programa político. Por algo Erik el Rojo no figura en ningún manual de contribución al progreso del mundo.

Nuestra bancada juvenil debe evitar lo de Erik, que pasó de joven promesa a vieja gloria, sin transitar por el éxito. Para ello ojalá sigan mi consejo y salgan a buscar en el trabajo o en el mundo su idea genial, porque por ahora están al debe.

Así, por el bien de nuestro país y por respeto a nuestra paciencia e inteligencia, nunca más tendremos que verlos en el Congreso o en la TV contándonos con cara de ¿miren que soy genial?, ¡que el papá de Enrique Iglesias cantaba!

 

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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