Publicado el 05.12.2014

La argumentación como base de una ética de la libertad

Ignacio Cid plantea que la idea de autoposesión como base de la ética liberal no se sostiene y tiene una serie de inconvenientes por tres razones fundamentales; eventualmente convertiría al ser humano en un objeto; desconoce la influencia de factores externos o no-conscientes; y que el dominio natural está orientado al bien común, por lo que no seríamos dueños de nuestras vidas.

A partir de esas tres premisas, plantea que no existe ámbito alguno dentro de una comunidad política ni en la vida de los ciudadanos que no comprometa a la autoridad o donde la autoridad no pueda intervenir. Que todos los bienes en tanto comunicables deben estar orientados al bien común y por lo tanto son de interés de la autoridad. Y que aquellos espacios que están protegidos de la mano de la autoridad, no lo están por su naturaleza o carácter (conciencia, fe) sino porque la naturaleza del acto de intervención seria intrínsecamente injusto.

Antes de responder a lo planteado quisiera hacer una salvedad. Un punto esencial a entender es que los seres humanos en tanto sujetos morales somos capaces de argumentar e intercambiar ideas con otros. Eso es lo que hace Ignacio Cid. Para ello, se debe presuponer que él ejerce el control de su cuerpo. Es decir, para argumentar se debe reconocer a priori que él es un sujeto con razón y voluntad sobre su cuerpo. De lo contrario, no podría argumentar o plantear ninguna proposición como lo ha hecho, pues o debería solicitar permiso, o podríamos dudar de lo que plantea, pues podrían ser producto de factores externos o no conscientes. En otras palabras, la argumentación presupone control sobre el propio cuerpo, la autoposesión.

La primera dificultad planteada por Ignacio Cid en su columna, con respecto al principio de autoposesión, es probable a nivel filosófico, pero no a nivel práctico. Nadie puede desprenderse ni alienar su voluntad y el control de ésta sobre el cuerpo, ni siquiera aquel que eventualmente optará por su propia esclavitud. No podemos ser sujeto y objeto por separado. Nuestro carácter de individuos no se constituye en tanto entes metafísicos que toman posesión de un cuerpo, sino en base a nuestro carácter como unidades indivisibles entre voluntad y cuerpo. No somos sujetos que poseen un objeto. De lo contrario podríamos prescindir del objeto –el cuerpo- y seguir siendo o existiendo. Pero eso es empíricamente imposible. Si Ignacio Cid considera que sí lo es, la carga de la prueba queda en sus manos.

En cuanto a lo planteado desde el punto de vista psicoanalítico, efectivamente estamos expuestos a influencia exógena y heterónoma, pero ello no implica que nuestra voluntad está anulada frente al mundo o sometida a ello. No somos seres determinados ni esclavos de voluntades ajenas, sino al contrario, con la capacidad de elegir medios y fines, porque tenemos razón y voluntad. En ello radica el fundamento de que somos fines en sí mismos y no medios.

En cuanto a la distinción entre la propiedad sobre el cuerpo y el dominus, sigue siendo una distinción a nivel filosófico que no se condice con la práctica. Es más, sin el ejercicio de la autoposesión nadie podría sobrevivir, puesto que nadie podría apropiarse de los bienes y recursos necesarios para ello. De hecho, la noción del bien común pierde validez si no se puede ejercer la autoposesión para la preservación de la propia vida. La especie humana habría perecido. Somos dueños de nuestra voluntad, nuestros cuerpos y nuestras vidas. El mejor ejemplo de aquello, un suicida.

En lo que respecta a la autoridad, Ignacio Cid no logra explicar por qué el hecho supuesto de no ser dueños de nuestras vidas como él plantea, se liga con que “no existe ámbito alguno dentro comunidad política ni la vida de los ciudadanos que no comprometa a la autoridad o donde la autoridad no pueda intervenir”. Ni menos aún explica por qué en ciertos casos la intervención sería intrínsecamente injusta y tampoco aclara de dónde derivaría la legitimidad de la autoridad que interviene, considerando que no somos dueños de nuestras vidas o que somos víctimas de influencia externa o decisiones no-conscientes.

Tampoco aclara a qué se refiere con bienes cuando dice “Todos los bienes en tanto comunicables deben estar orientados al bien común y por lo tanto son de interés de la autoridad”. ¿Nuestros cuerpos, nuestras voluntades, serían bienes orientados al bien común? ¿Serían bienes de la autoridad? ¿Seríamos entonces medios orientados al bien común según los dictados de la autoridad? ¿No es eso acaso, concebir a los seres humanos como objetos en función de un bien superior? Peor aún, si no somos dueños de nuestros cuerpos y además somos influenciados por elementos externos o no conscientes ¿Quién se constituye como autoridad en ese caso? ¿Con qué facultad, o con qué derecho?

Finalmente, tampoco explica de dónde deriva la primacía de lo público en cuanto polis, tomando en cuenta que según él no seriamos sujetos autónomos para constituirnos como agentes políticos en tal espacio, pues al negar la autoposesión sobre el cuerpo, nos niega la capacidad de argumentar, elemento clave de lo político y que permite la existencia de una polis.

Fuente: El Puclítico

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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