Joseph Stiglitz debería dejar de promover a los demagogos de América Latina

En una visita reciente a Chile, el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz afirmó que Milton Friedman «no tuvo ningún problema» en trabajar con el dictador Augusto Pinochet para imponer sus ideas «tóxicas» sobre el pueblo chileno. Friedman, según Stiglitz, no era solo un economista sino un «ideólogo de derecha» desinteresado en los hechos. 

La verdad es algo diferente. Friedman nunca «trabajó» con Pinochet y criticó explícitamente la falta de libertad política durante su régimen. Stiglitz, por otro lado, ha sido un partidario activo de algunos de los peores demagogos y dictadores socialistas de América Latina. 

El presidente chileno, Gabriel Boric, es un buen ejemplo. Boric, de 36 años, se describe a sí mismo como marxista y ha declarado que su objetivo es «enterrar el neoliberalismo». Ha encontrado en Stiglitz un aliado extraordinario para darle a su programa radical un aura de credibilidad. En su visita a Santiago el mes pasado, Stiglitz afirmó estar «emocionado» de «estar en el funeral del neoliberalismo». 

«Friedman nunca trabajó con Pinochet y criticó explícitamente la falta de libertad política durante su régimen. Stiglitz, por otro lado, ha sido un partidario activo de algunos de los peores demagogos y dictadores socialistas de América Latina».

Según Stiglitz, al acabar con el «fallido» modelo de libre mercado —el introducido por Friedman y la Escuela de Economía de Chicago, que convirtió a Chile en la envidia de América del Sur— Boric traerá justicia social y progreso para el pueblo chileno. Con la inflación en su punto más alto en 30 años, la fuga masiva de capitales, una economía cayendo en recesión y el crimen en los niveles más altos desde 1990, la prometida prosperidad posneoliberal de Boric no se encuentra por ningún lado. Como resultado, desde que asumió el cargo en marzo, su popularidad se ha desplomado a niveles inferiores al 30%. 

Stiglitz también ha desarrollado una relación duradera con la corrupta dinastía Kirchner en Argentina. En 2005, el profesor de la Universidad de Columbia se reunió con el presidente Néstor Kirchner en Buenos Aires para apoyar la agenda «antineoliberal» del mandatario. Como era de esperar, Stiglitz se convirtió en el economista internacional favorito de los kirchneristas. Durante años, ha respaldado su narrativa de que otras entidades, especialmente el Fondo Monetario Internacional, tienen la culpa del interminable caos económico de Argentina. 

En enero pasado, Stiglitz llegó a proclamar que las políticas económicas de la era COVID del actual régimen de Fernández-Kirchner eran un «milagro». Este es el mismo gobierno que terminará el 2022 con una tasa de inflación de más del 100% y una tasa de pobreza cercana al 40%. 

En 2006, cuando el entonces presidente boliviano Evo Morales necesitaba un destacado economista internacional para dar credibilidad a sus planes de nacionalizar los campos de gas y petróleo, Stiglitz estuvo más que feliz de complacerlo. Después de la visita de Stiglitz a Bolivia ese año, el propio Morales celebró el apoyo entusiasta de Stiglitz a sus políticas populistas. Los programas de nacionalización de Morales destruyeron cualquier incentivo para la inversión privada adicional dirigida a explorar y desarrollar nuevas reservas de petróleo y gas. Si no se realizan cambios en el modelo de Morales en los próximos 10 años, Bolivia podría verse obligada a importar gas para satisfacer las necesidades de su población. 

El exdictador socialista venezolano, Hugo Chávez, también fue elogiado por Stiglitz. En 2007, durante una visita a Caracas, Stiglitz elogió la redistribución populista de los ingresos petroleros de Chávez, afirmando que «no era un objetivo revolucionario, sino innovador». Stiglitz dijo que Chávez parecía haber tenido «éxito en llevar salud y educación a la gente de los barrios pobres de Caracas». No hace falta decir que las políticas populistas de Chávez resultaron catastróficas para la democracia y el progreso económico en Venezuela. 

Pero en ninguna parte se ha demostrado más claramente el desprecio de Stiglitz por la verdad y la democracia liberal que en sus visitas a Cuba. Durante una estancia en Cuba en 2016, reflexionó sobre su visita de 2002 y dijo que sintió «fascinación» al encontrarse con el dictador Fidel Castro. Stiglitz también elogió los «éxitos» de Cuba en salud y educación. En lugar de confiar en la propaganda oficial del régimen totalitario, Stiglitz debería haber visitado las escuelas y hospitales que usan los cubanos comunes para ver por sí mismo que las políticas que elogió, en realidad, no funcionan para el pueblo cubano. 

Aun así, preocuparse por los hechos no debe parecer necesario para un activista ideológico cuyo radicalismo pudo incluso impresionar a Fidel Castro. Con motivo de la visita de Stiglitz a Cuba en 2002, Castro le presentó a Stiglitz al periodista español Ignacio Ramonet, un comunista acérrimo, diciendo: «Es economista y estadounidense, pero es el mayor radical que he visto en mi vida. Junto a él, soy un moderado». 

Desafortunadamente para los latinoamericanos, el radicalismo de Stiglitz ha dado credibilidad a terribles políticas económicas y regímenes que han arruinado la vida de millones de personas. Si a Stiglitz realmente le importaran los hechos, como afirma, cesaría y desistiría de una vez por todas de su tóxico activismo ideológico en la región. 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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