Jorge Millas y los apologistas del odio

Parece ser que el proceso de desintegración social en el que estamos inmersos desde hace ya varios años ha avanzado de fase, convirtiéndose en uno de degradación. El hilo causal, y nuestro mayor problema, es que nuestro país se impregnó de uno de los vicios políticos más difíciles de extirpar en cualquier comunidad política, debido a su efectividad a corto plazo: la violencia.

“Cuando no se repudia la violencia desde el principio, se deja abierto un espacio por donde ella se empieza a introducir lentamente en cada uno de los rincones de la sociedad”

Pese a todo, en la misma semana en que Fernando Atria realizaba una oportunista justificación de la violencia —la que le regaló el sueño de su vida al permitirle redactar una nueva Constitución—, la Fundación para el Progreso publicó una interesante reedición de un escrito del filósofo chileno Jorge Millas, titulado La filosofía de la violencia. La declaración de Atria se entiende. Era de esperarse que, al no obtener el protagonismo que pensaba en la Convención, se intentara legitimar y acercar a los que impulsaron el cambio constitucional. Es por eso que Maquiavelo sostenía que la fundación del Estado descansa en la “acción benefactora” de hombres movidos por sus ansias de gloria. Seamos sinceros: acá, sin violencia, no había cambio de Constitución.

En relación a eso, Millas se preguntaba: “¿Cómo se integra la violencia en la estructura del mundo racionalmente concebido y valorado por el hombre? ¿Cómo enriquece o perturba al sistema de valores humanos que una cultura acepta, por ejemplo, a la racionalidad o espiritualidad de la vida? ¿Cómo se fundamenta ella misma o qué cosas fundamenta, si fundamenta alguna?”. Sería interesante plantearle este tipo de preguntas a Atria —y a cualquier persona que justifique la violencia—. ¿Se fundamentará?

El problema es que cuando no se repudia la violencia desde el principio, se deja abierto un espacio por donde ella se empieza a introducir lentamente en cada uno de los rincones de la sociedad. Y una vez que ingresa, no tarda en dominar todo tipo de grupos, estructuras y relaciones; sean públicas o privadas, de confianza o no, formales o informales. La sociedad así, se va transformando en una composición deteriorada, impregnada de lógicas de odio, de miedo, de miradas recelosas que esperan la oportunidad para vengarse del abuso que alguien les cometió en algún momento.

La violencia entra en nuestras conversaciones, en el trato hacia nuestros amigos, familiares, colegas. De pronto, las relaciones más inesperadas y cercanas se vuelven de sospecha. La política, en tanto, se vuelve reiterativa, vacía y común; de un momento a otro, todos parecen interesarse por ella y todos opinan con autoridad sobre cualquier tema. El diálogo y la persuasión quedan como herramientas obsoletas, olvidadas, y son reemplazados por el chantaje, la presión y la humillación al rival. Esta decadencia, sin embargo, sólo es visible para los más cautelosos; el resto del vulgo no se da cuenta de que la democracia es un ideal frágil y delicado hasta el momento de pagar las culpas.

“La sociedad así, se va transformando en una composición deteriorada, impregnada de lógicas de odio, de miedo, de miradas recelosas que esperan la oportunidad para vengarse del abuso que alguien les cometió en algún momento”

Aprovechando esta situación de forma cobarde y oportunista, los apologistas del odio —como el mismo constituyente Baradit— se aprovechan de personas que les son útiles, es decir, de chivos expiatorios que pagan con sus cuerpos y vidas las penas y sanciones correspondientes por su propia violencia irracional. Estos últimos siguen instrucciones ciegos de resentimiento, introduciendo en su acto violento todas sus frustraciones. En pleno frenesí, pierden toda capacidad de raciocinio y entendimiento. 

Mientras tanto, los apologistas, desde arriba, protegidos ellos, sus familias y sus niños, se frotan las manos aprovechándose del caos y la desesperación para llegar al poder y legislar para los intereses que los guíen. Y es cómo explica Hannah Arendt: poder y violencia no son lo mismo. El “poder” —o quien detenta el “mando” en palabras de Ortega— es empleado por los apologistas que alimentan la acción de violentos. La violencia, en cambio, es empleada por aquel que sea capaz de humillarse a sí mismo, transformándose en un medio para un fin. Millas explica la lógica del violento haciendo uso de un concepto hegeliano-marxista; diciendo que este individuo se “aliena” tras la lógica de la violencia. Y en efecto, se alienan tras sus insultos, tras su puño en el aire, tras la piedra arrojada, o tras el calor de la bomba molotov, creyendo, mientras tanto, que el “enemigo” merece tanto daño como injusticia se recibió alguna vez. Se pierde así la noción de la humanidad en el espacio público. El “paco” no tiene familia, no tiene padres, ni hijos, ni pareja, sólo dueños. El “vándalo” tampoco. Lo que ignora este último es cuando actúa de esta manera, también responde a dueños, y si no los conoce ahora, ya lo hará después.

En esa dinámica, los intelectuales, embriagados y aturdidos con lo que sucede, se vuelven meros amplificadores de la violencia. Caen en la consigna fácil, en el análisis poco sofisticado. Aquella “mentira noble” de la “ciudad justa” —realidad imposible por ser contraria a la naturaleza humana—, se convierte en un espejismo que engaña a casi todos, y en el cual los líderes de opinión hacen caer a las mayorías debido a su estado de alienación y poca cultura. El intelectual deja de cumplir su rol: en vez de analizar de forma fría la situación, se involucra sentimentalmente con ella para escuchar aplausos, para sentirse parte. Grave error.

“Mientras tanto, los apologistas, desde arriba, protegidos ellos, sus familias y sus niños, se frotan las manos aprovechándose del caos y la desesperación para llegar al poder y legislar para los intereses que los guíen”

La anomía y la falta de orientación. Mientras tanto, rebalsa las calles, y la autoridad termina de perderse. Es ante esa falta de orden y ante aquella carencia de ideas que la coerción aparece como la única forma de intentar componer algo que ya no existe. Y, obviamente, al ser aplicada, deja víctimas a su paso, aumentando más el recelo y los deseos de venganza. El mando y las instrucciones se hacen más difíciles de seguir. Y la solución de los problemas sociales se encargan a la violencia, que en el futuro sólo traerá más violencia.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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