La ira de los dioses

En la llíada de Homero, Aquiles pide a un hombre explicar la cólera de Apolo, el dios que hiere de lejos. El hombre, amedrentado ante la solicitud de hablar en el ágora, le pide al héroe ser defendido en el libre ejercicio de la palabra, pues aquello podría significar el irritar a un varón que goza de gran poder. La lección que entrega dicha historia indica que el expresar opiniones incluye incluso el poner en duda la cólera de un dios, sus justificaciones, sus magnitudes.

Irónicamente, hoy en tiempos donde se presumen a cada instante y momento razones científicas, parece estar vetado cuestionar aquellas cosas que se estiman como cuestiones sacrosantas fuera del marco del debate racional y razonable.

Irónicamente, hoy en tiempos donde se presumen a cada instante y momento razones científicas, parece estar vetado cuestionar aquellas cosas que se estiman como cuestiones sacrosantas fuera del marco del debate racional y razonable.

Parecen existir cosas que solo son posibles de abordar de las emociones. Así, los cinco minutos de odio orwelliano se han vuelto permanentes en las redes sociales y esconden una beatería extraña que parece considerar que ciertos asuntos simplemente no pueden ser discutidos ni puestos en duda más allá de tomar posiciones a favor o en contra. Ahí está la verborrea purulenta, tan manifiesta en ciertas redes sociales, contra el rector Carlos Peña por osar cuestionar los modos detrás de Greta Thunberg y decir que su discurso, en forma, llevaba la semilla del fanatismo.

En contextos que se perciben como tiempos de crisis surgen, casi de forma simultánea, los profetas que anuncian vaticinios terribles e inevitables y los redentores que anuncian la forma en que aquello se puede zanjar definitivamente. Muchos, quizás conscientes de nuestra propia pequeñez humana, fácilmente se petrifican ante los anuncios fatídicos de los vaticinadores, que prácticamente se arrogan el conocimiento total del mundo. No es raro que bajo el temor a la idea de un apocalipsis inminente, muchos también se dejen obnubilar por quienes prometen la salvación definitiva de sus pequeñas almas ante un desenlace de ese tipo. Esto que parece más bien propio de tiempos pasados donde el oscurantismo reinaba, es visible actualmente a través de claros productos del desarrollo tecnológico y científico como las redes sociales.

Como una extraña paradoja, no es extraño que hoy nos enfrentemos a hordas de ramplones fanáticos y de cabeza rutinaria, que están embriagados con nuevas quimeras basadas en la conjunción entre un venidero apocalipsis y la redención definitiva a través de simples decisiones voluntaristas, que presuntamente nos liberarán del mal total, de la codicia, la ambición, el egoísmo. Son los típicos nostálgicos del rebaño pero con acceso a Internet y cuyo narcicismo se ha visto exacerbado hasta convertirlos en los nuevos sacristanes de la fe de moda, que no dudan en arrasar con cualquier matiz y atisbo de duda que cuestione el credo del momento al cual adhieren. Sus escarnios saturan las redes sociales, donde presumen su altura ética y moral respecto a diversos temas. Lo irónico es que lo hacen expeliendo odio a diestra y siniestra. El problema es que eso no se restringe al ámbito virtual, sino que también se extiende a las universidades, el Congreso y la prensa.

Es esa moral, que no es otra que la de las pandillas como nos advertía Camus, la que aniquila todo lo individual, todo lo distinto y con ello toda pluralidad genuina que una democracia necesita para sobrevivir. Un ejemplo claro de la moral de la pandilla es el linchamiento virtual del diputado Pepe Auth, propiciado por honorables legisladores que consideraron como una herejía su voto respecto a una interpelación, es decir, a un tema estrictamente político. De esa cepa, es decir, de los beatos fanáticos que ven deslealtades a cada momento, provienen los poseedores del peor mal banal que, como diría Octavio Paz, pueden saltar fácilmente desde la Santa Inquisición al Comité de Salud Pública. Y podemos agregar, que pueden pasar de la persecución de los herejes o los antirrevolucionarios, al saneamiento de la sociedad, o ahora del planeta mejor dicho, mediante lógicas eugenésicas. ¿No hay acaso algunos orates que incluso dicen odiar a la humanidad?

Las masas de beatos fanáticos e irracionales son el soporte de los vanidosos y narcisos que buscan alzarse sobre el rebaño como sus nuevos pastores. Así degeneran las democracias y se aniquilan las libertades. Quienes se obnubilan con estos personajes olvidan que detrás de la imagen del mártir, del héroe o del altruista, también se pueden esconder las peores extravagancias o el más perverso de los despotismos. Quienes se obnubilan con nuevos redentores olvidan que, tal como advertía Ortega y Gasset: “Si una sociedad va hacia la muerte no la detendrá en su derrotero un gobierno de arcángeles”.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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